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Reflexiones Vicentinas al Evangelio: Segundo Domingo de Pascua

por | Abr 25, 2014 | Reflexiones | 0 comentarios

«Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y haceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (SVdeP IX, 103)

La incredulidad de Santo Tomás - 1602 Caravaggio

La incredulidad de Santo Tomás – 1602
Caravaggio

Si la resurrección de Cristo no tuviera efecto alguno en la vida del discípulo, es decir, si la resurrección no tuviera como sentido final la re-creación del ser humano y por tanto la re-creación de un nuevo orden, entonces eso de la Resurrección de Jesús no habría pasado de constituir un asunto particular entre el Padre y su Hijo. Pero como la resurrección de Jesús es la base y fundamento de una comunidad y el horizonte hacia el cual tiende toda la creación, por eso tanto el Evangelio como la primera lectura de Hechos, tratan de iluminarnos sobre cuál es ese horizonte y cuáles, por lo tanto, son los efectos inmediatos, reales y concretos de la Resurrección.

Las fallas, los tropiezos y las caídas en el proceso de construcción de una comunidad igualitaria y justa no hay que verlos como la demostración de que no se puede logar su construcción; esos aspectos negativos se pueden percibir como el signo de que ciertamente no es fácil, pero en todo caso no es imposible, máxime si hay plena conciencia de que ése es el proyecto de Dios y que por ese proyecto Jesús hasta derramó su sangre y entregó su vida. Pero, también por ese proyecto, el Padre lo resucitó, para que quienes confesamos ser seguidores suyos veamos si nos comprometemos o no con ese “su” proyecto que Él quiere compartir con nosotros y que ciertamente Él respalda y acompaña en todo momento. Ese es el principal sentido de la Resurrección y eso es lo que los discípulos no entienden de manera inmediata.

Justamente el Evangelio nos da la pista para entender que el descubrimiento de los efectos y alcances de la Resurrección de Jesús nos comprenden rápidamente, de un momento a otro. Una vez que los dos discípulos han comprobado que Jesús “no está” en la tumba y una vez que María Magdalena les anuncia que Jesús está vivo y que ha hablado con Él (Juan 20,1-18), los discípulos siguen encerrados. Dos veces en el pasaje de la lectura de este domingo, se escuchan estas dos expresiones: “los discípulos estaban con las puertas bien cerradas”; y, “ocho días después los discípulos continuaban reunidos en su casa”, lo cual es signo de que esto es un proceso de maduración de la fe. No nos dice el Evangelista que los discípulos no creyeran en el Resucitado; con excepción de Tomás, todos lo habían visto y creían en Él; pero una cosa es creer y otra abrirse a las implicaciones que tiene la fe; y, ese es el proceso que le toma a la comunidad de discípulos un buen tiempo, tiempo por demás en el que Jesús, con toda paciencia y comprensión, está cercano, acompañando, animando y ayudando a madurar la fe de cada discípulo.

Tal vez nosotros, como creyentes de este tiempo, nos hace falta madurar aún mucho más en el aspecto de la fe; tal vez nuestros conceptos tradicionales aprendidos sobre Jesús y su Evangelio no nos permiten ver con claridad cuál es el horizonte de esa fe cristiana que confesamos folclóricamente y que, por tanto, no impacta a nadie. Valdría la pena hacer el ejercicio de desaprender; vaciar completamente nuestro ser, nuestro corazón, hacer lo de Tomás, viendo el caso de Tomás desde la óptica más positiva; es decir, si no lo juzgamos de entrada como “el incrédulo”, sino como el que quiere creer y poner en práctica su fe, pero que desde su vacío interior necesita ser llamado por la presencia de su Señor. Este es el camino que estamos llamados nosotros a recorrer.

«El alma que ama a Nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo» (SVdeP XI, 737) (SVdeP XI, 711)

Tomado de ssvp.es

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