Jesús volverá en su gloria para llevarlos a los suyos al cielo. Mientras no dejan de prever ellos su vuelta, aman al igual que él. Gustan así con anticipación el gozo del cielo.
Hay que prever la vuelta en gloria de nuestro Salvador Jesucristo. Esto nos lo recuerda la liturgia que se celebra hoy.
Y no pocos de los que no dejan de prever la vuelta del Salvador la toman por estar para suceder. Hasta unos pretenden saber más que los ángeles y el Hijo; señalan la fecha y la hora de su llegada.
Hay también los que pierden la cabeza y se alarman. Y no faltan esos que por creer que muy pronto vuelve el Señor, ya viven ociosos. En lugar de trabajar, se meten en todo.
Tales formas de prever la vuelta del Salvador forman parte de un extremo que, por supuesto, se ha de evitar. Mas hay que evitar también el otro extremo: el no prever del todo el día del Señor que llegará como un ladrón en la noche. Y la segunda lectura y el evangelio de hoy abordan ese problema.
No, no nos hemos de volver desinteresados o indiferentes con respecto a la vuelta del Señor. Si bien tarda él y quizá no vuelva hasta «después de mucho tiempo», pero no dejará de cumplir su palabra.
Prever, velar, vivir de modo sobrio
Sí, volverá nuestro Señor y hará cuentas con nosotros sus siervos. Pues él nos ha dejado al cargo de su propia misión. Nos dijo:
Tal comisión pide, claro, que seamos empredendores y emprededoras. No nos basta con conservar; más bien, hemos de ser creativos nos. Se espera de nosotros que no nos obsesionemos por estar seguros, sino que nos pongamos en riesgo por cambiar el mundo.
Es decir, nos toca negociar de formas creativas con el encargo de Cristo. Pues se han de multiplicar los cristianos que encarnen la Buena Nueva.
Sí, cambiar el mundo quiere decir procurar que la Buena Nueva y nuestra vida se fundan en uno. Y lo que hace que seamos de la Buena Nueva y de Jesús y se nos tome a nosotros por tales, es nuestro amor mutuo.
Y aprendemos a amar, pues nos ha amado primero Jesús, nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo (SV.ES V:511). Del mismo modo, sí, aprendemos a amar debido al amor que nos han tenido nuestros padres y nuestras madres. Pero nuestras madres más que nadie, cual la mujer hacendosa con su amor de obras. Es que, como dice el Papa Francisco, de las madres en general recibimos la fe. Son las mujeres las que saben esperar, se ponen en riesgo más allá del límite.
¡Vuélvete, Señor Jesús!, ¿hasta cuándo? Apiádate de tus siervos. Sácianos de tu compasión y déjanos prever y anticipar tu gozo, en especial al acordarnos de tu sacrificio de amor, del que haces un sacramento de modo inventivo (SV.ES XI:65).
19 Noviembre 2023
33º Domingo de T.O. (A)
Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31; 1 Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30
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