“Somos simples sirvientes…”
Sab 2, 23-3, 9; Sal 33; Lc 17, 7-10.
A la vista del mundo, llegar con esta “carta de presentación” no abrirá muchas puertas. A los ojos del Reino, el servicio es un don porque somos hijos y no esclavos; el ser hijos nos da identidad de cristianos. Jesucristo el Señor, siendo el Hijo amado del Padre, vino a este mundo a servir y no a ser servido.
Disponernos a brindar un servicio puede ser con dos ópticas: Hacerlo desde lo profundo del corazón, con el deseo de compartir lo que somos, lo que sabemos, lo que tenemos, o hacerlo con la intención única de ser vistos, para ser reconocidos y aplaudidos por los demás.
Se nos invita a que, con actitud humilde, nos sirvamos unos a otros, y no unos de otros, reconociendo que todo lo que hemos recibido es regalo del Padre.
“Solamente hemos cumplido nuestro deber”. Con estas palabras termina el pasaje de hoy. ¿Y cuál es nuestro deber? Amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.
¿Estamos dispuestos a ofrecer nuestra vida para llegar a ser siervos por amor?
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: María Raquel Estrada Díaz, laica colaboradora de la parroquia de La Medalla Milagrosa de Puebla, México.
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