Un regalo infravalorado

por | Jun 5, 2022 | Formación, John Freund, Reflexiones | 0 comentarios

Permitidme compartir una imagen de mí mismo como un niño inocente en Navidad con un regalo infravalorado.

Dando por sentado tanto el regalo como el amor de quien lo da

Puede que no sorprenda, pero de pequeño el regalo de cumpleaños o de Navidad que definitivamente no apreciaba era la ropa. ¡Yo quería juguetes! Daba por sentado la ropa, un regalo que no apreciaba porque no era lo que yo quería.

Y lo que es más importante, a menudo echaba de menos el regalo más importante… el amor que se mostraba a través del regalo. Mis padres sólo pudieron permitirse una vida mejor más tarde. En una etapa previa de su vida, sacrificaron mucho para darnos a mi hermana y a mí los regalos que necesitábamos… y los que queríamos.

En resumen, a veces no apreciaba ni el regalo ni el amor que el regalo simbolizaba.

Pensé en esto cuando celebramos el «Día de la Tierra».

Tomar conciencia del regalo que damos por sentado

Por fin estoy tomando conciencia del regalo que he dado por sentado toda mi vida. El hogar que llamamos Planeta Tierra. Sospecho que no estoy solo en esto.

Nunca presté atención al Ártico. Sabía que había mucho hielo. Nunca pensé en la posibilidad de que el hielo se derritiera al ritmo cada vez mayor que se está documentando.

Mucho menos pensé en las implicaciones de la subida del nivel del mar en las zonas costeras bajas. Estamos empezando a experimentar el impacto de la subida del nivel del mar en nuestras zonas de recreo, como Florida. Se acerca el día en que los Everglades [humedal subtropical localizado en el sur de Florida, de gran importancia ecológica] estarán bajo el mar.

Ya ha llegado el día en que islas enteras del Pacífico están bajo el agua y los pueblos indígenas que las habitaban han tenido que abandonar sus hogares y su forma de vida.

Hemos dado por sentado que la vida tal y como la conocemos continuaría indefinidamente.

Ir más allá de una celebración secular del Día de la Tierra

El Papa Francisco ha escrito algunas cosas que me han detenido y me han hecho reflexionar más profundamente:

  • Significativamente, nuestra casa común es también la propia casa de Dios, impregnada por el Espíritu de Dios desde los albores de la creación, donde el Hijo de Dios levantó su tienda en el acontecimiento supremo de la encarnación.
  • En esta casa común, Dios cohabita con la humanidad y y nos ha confiado su administración, como leemos en el libro del Génesis [2,15].
  • La crisis ecológica contemporánea, de hecho, pone al descubierto precisamente nuestra incapacidad para percibir el mundo físico como impregnado de presencia divina.
  • Hemos cambiado la elevada visión del mundo físico como morada propia de Dios, santificada por la encarnación del Hijo de Dios, por la perspectiva mecanicista unidimensional de la modernidad.
  • En consecuencia, el mundo físico queda reducido a un mero almacén de recursos para el consumo humano, a un mero bien inmueble para la especulación del mercado… A causa de la contaminación de la tierra, el aire y las aguas del planeta, hemos degradado nuestra casa común, que es también la casa de Dios.
  • Hemos convertido esta morada sagrada en un mercado.

La última frase invita a reflexionar sobre la reacción de Jesús ante los cambistas del templo.

Vivimos en la casa de Dios como hijos de Dios. Pero como hijos aún no hemos madurado. No apreciamos el regalo en sí, ni el amor del que lo da.

Sobre la «Casa de mi Padre»…

  • ¿Es mi concepto de «la casa de mi padre» demasiado limitado?
  • ¿Veo nuestra casa global como un regalo de Dios?
  • Y luego la «Pregunta Vicentina»… ¿Qué hay que hacer?

Publicado originalmente en Vincentian Mindwalk

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