Viuda que ofrece todo lo que tiene para vivir

por | Nov 4, 2021 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús se ofrece por completo para el perdón de los pecadores.  De este sacrificio participa la viuda que ofrece todo lo que tiene para vivir.

En la biblia, como se sabe, ser viuda, huérfano o forastero quiere decir, por lo general, ser pobre.  Es por eso que sorprende aún más la generosidad de la viuda de Sarepta.  Y lo mismo se puede decir de la generosidad de la viuda que contribuye todo lo que tiene para vivir.

Pero la sorpresa quizás les resulte escándalo más bien a unos. A los que, por ejemplo, acusan a la religión de robarles a tales viudas lo poco que tienen.  Lamentan ellos lo fácil que pueden aprovecharse de la credulidad de la gente sencilla los profetas.  También los sabios que se pasean con amplio ropaje.  Y frecuentan el templo, bello por la calidad de sus piedras.

Hay, sí, quienes «devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos».  Y esto lo dice Jesús mismo.  Con todo, elogia él a la viuda que contribuye solo dos moneditas de cobre.  La ve loable a esa viuda.  Pues da ella más que los ricos que dan de lo que les sobra; da ella todo lo que ella misma necesita.

Y no se ha de tener en menos su fe y reducirla a la mera incredulidad.  Esa fe es propia de los del grupo de los pobres de Yahveh.

A la viuda, por lo tanto, le importa Dios más que nada, más que nadie.  Fuera de él, nada quiere en la tierra (Sal 73, 25); la gracia de él vale más que la vida (Sal 63, 3).  Y mucho le importa a la viuda el templo; un día en él vale más que mil fuera de él (Sal 84, 11).  Pues ahí se hace presente Dios de forma singular.

Ama hasta el extremo la viuda pobre.

La que da dos reales, por supuesto, no se cuenta entre los sabios.  Pero quizás sepa de:  «Ha quedado como viuda la grande ante las naciones» (Lam 1, 1).  O de:  «Somos huérfanos de padre y son viudas nuestras madres» (Lam 5, 3).  ¿Se identifica ella con la que ha quedado viuda?  ¿Tiene clara conciencia ella de sus pecados, su pobreza, y de la misericordia de Dios?  ¿Es por eso que hace lo que equivale al gesto de una pecadora en Lc 7, 36-50?  ¿A la que se les perdona sus muchos pecados y, por eso, ama mucho?

La no sabia no lo dirá, no, como san Pablo, pero puede sentir ella también lo que él.  Es decir, que cuanto más se multiplica el pecado, tanto más abunda la gracia (Rom 5, 20; SV.ES II:243; SV.XI:64).

Pero lo mismo da si tiene ella o no los sentimientos de la pecadora anónima.  (Ésta no es María Magdalena; ella es toda mujer que se siente perdonada y amada.)  Pues igual ama la viuda hasta el extremo.  Su amor, por lo tanto, se parece al de Jesús.  Éste ofrece todo, —alma, mente, cuerpo, sangre, vida—, por nosotros.

Y tal amor abnegado es lo que nos salva, y nos marca por cristianos y humanos (SV.ES XI:561).  Es lo mejor de la Iglesia.  El egoísmo, en cambio, el de los escribas, por ejemplo, a los cuales denuncia Jesús, lleva a la perdición.  A que nos hagamos no cristianos ni humanos.

Señor Jesús, tú quisiste hacerte pobre y anonadarte.  Concédenos tu querer que nos impulse a ofrecer, cual la viuda pobre, todo lo que somos y tenemos.

7 Noviembre 2021
32º Domingo de T.O. (B)
1 Re 17, 10-16; Heb 9, 24-28; Mc 12, 38-44

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