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La constancia lo alcanza todo (experiencia vivida en Tepecoyo, el Salvador)

por | Oct 26, 2020 | Noticias, Oficina de la Familia Vicenciana | 1 comentario

Sor Ana Rosa Moran HC comparte con todos su experiencia misionera en Tepecoyo (El Salvador), hace casi 40 años:

Con mucho gusto comparto una de mis experiencias misioneras. Después de haber vivido algunos años, muy felices, con poblaciones indígenas en Guatemala, me envían en 1982 a El Salvador a una comunidad en el área rural Tepecoyo. En esa comunidad las hermanas habían asumido la responsabilidad de la Parroquia, en ausencia de párroco; experiencia que introdujo en la arquidiócesis monseñor Luis Chávez y González: hermanas en Pastoral, supliendo la ausencia de sacerdotes.

Las hermanas allí realizaban la evangelización y servicio a los pobres, atendiendo un dispensario, visita a los cantones, formación de catequistas, Pastoral juvenil, preparación a los Sacramentos, la Celebración de la Palabra, y el rezo del Santo Rosario todos los días, donde los niños, jóvenes y adultos asistían todos los días. En síntesis, se trataba de un servicio de inserción y compromiso con la comunidad.

Ya se vivía el tiempo de la guerra civil. El servicio de las hermanas no era bien visto por las autoridades militares, ya que las hermanas apoyaban a los más pobres; y para ellos eso significaba tener compromiso con la guerrilla.

Les prohibieron ir a dar catequesis en las escuelas y restringieron visitas a las comunidades….

Cuando llego y descubro todo ese ambiente, le propuse a la hermanas sirviente ir al Instituto a probar si me aceptarían para dar formación cristiana. Ella me dice: pruebe, tal vez por ser nueva la acepten. Al pedirle permiso al director, se resistió un poco, y por fin me dijo: «venga el miércoles». Llegué con mucho entusiasmo y me presentó a los jóvenes de esta manera: «Aquí viene la hermana Ana Rosa. Ha pedido permiso para dar formación cristiana, y esta escuela es laica; de manera que, jóvenes, si no quieren quedarse a recibir esta clase, pueden salir de la clase». Yo me sentí triste y esperé a ver qué pasaba. No salió ninguno y todos se quedaron. Así varios miércoles, y al término de dos meses me preguntaron: «Usted, hermana, ¿qué ha estudiado?» Yo le respondí: «Además de ser Hija de la Caridad, soy maestra». Y entonces me dijo: «¿Le gustaría trabajar aquí dando clase?» Yo le respondí: «Me gustaría, pero no puedo; me han enviado a trabajar en la Pastoral, y somos solo tres Hermanas». Luego habló con la superiora, quien también le dijo lo mismo. Posteriormente llegó la visitadora de visita y le contamos la propuesta que nos hizo el director. Y ella nos dijo que sería una buena oportunidad de llegar a esa juventud… y así fue cómo acepté y me dieron el nombramiento. El director se iba trasformando, siendo cada vez más cercano y colaborador con las actividades que se le proponían en la formación de los jóvenes; hasta que empezó a apoyarnos en la parroquia.

Pero lo más terrible es que que, como era el tiempo de la guerra, con frecuencia llegaban a reclutar a los jóvenes a la puerta del Instituto, no importando la edad. Cuando nos dábamos cuenta, ya estaban en la comandancia; y cuando llegábamos ya les habían cortado el pelo y los llevaban a los destacamentos. Las mamás llegaban a la comunidad llorando a suplicarme que les acompañara a traerlos, pues si ellas iban solas no se los daban. Esa fue una experiencia muy dura para mí: entrar a los destacamentos y sentir la mirada de odio de los militares al ver a una hermana allí, pues tenían un mal concepto. Pensaban que ser servidoras de los pobres era equivalente a ser guerrillera. Después de gestiones los devolvían no sin antes darles una golpiza por cobardes. Yo me decía: ¡Yo no volveré aquí,! ¡Dios mío! ¿Qué hago en este lugar? ¡Sólo por Ti Señor! Y… estos muchachos.

Al otro mes, la misma historia; y las mamás me suplicaban, y me decían: «si usted no va, nos lo van a matar». Ya a algunos los habían matado pues los ponían delante de los escuadrones sin tener nada de experiencia. Y era por ello que otra vez volvía a hacerlo. Solo Dios me daba la fortaleza de acompañar a esas madres, pues yo tenía entonces claro que Dios para eso me había llevado a ese lugar, en medio de esos momentos de incertidumbre para la juventud y la familias.

Pero también había momentos felices con esos jóvenes. A pesar de la situación de incertidumbre y vigilancia, formamos Grupos Juveniles Marianos Vicentinos, donde aprendieron a amar a Jesús y a la Virgen, a san Vicente y a comprometerse a servir a los pobres. Los grupos eran de formación y apostolado: visitamos enfermos, ayudábamos a dar catequesis a los niños, en la liturgia; y así fue como fueron descubriendo también su vocación. De esos jóvenes salieron 5 hijas de la caridad, que hoy son grandes servidoras de Cristo en el pobre, y 4 sacerdotes. Los demás formaron familias: algunos son miembros de la Asociación de la Medalla Milagrosa, siguen siendo muy comprometidos en las pastorales de la parroquia y con los pobres.

Ahora, por escasez de vocaciones, ya no hay Hijas de la caridad en este lugar, pero se sigue viviendo ahí el carisma y espíritu vicentino.

El amor, la constancia, la cercanía a las personas, las transforma y acerca a Jesucristo. Todo esto es obra de la Gracia de Dios, la gloria sea para Dios.

Sigamos siendo muy cercanos a las personas, y Cristo hará su obra. San Vicente y santa Luisa nos siguen impulsando a hacer crecer el Reino de Dios entre los pobres.

Sor Ana Rosa Moran,
hija de la caridad.

Etiquetas: vocación

1 comentario

  1. Sor Julia Cutter

    Mil gracias, Sor Ana Rosa, por este reflexion sobre la creatividad de su trabajo pastoral! Dios es grande con el pueblo de Dios y con usted.

    Responder

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