Nosotros, vicentinos, tenemos una enorme responsabilidad social, ya que conocemos, de primera mano, los problemas que afligen a miles de familias pobres. El polvo, el lodo, la lluvia, el viento, el calor, todo eso lo sentimos a su lado, cara a cara, cuando nos desplazamos a las visitas o cuando les acompañamos a algún trámine que requiere nuestro apoyo. Al actuar así, muy cerca de ellos, a cambio recibimos un mayor apoyo en la comunidad, abriendo puertas y sirviendo de ejemplo para mucha gente.

Estar cara a cara con los pobres no significa solo llevarles bienes materiales durante nuestras visitas domiciliarias semanales. Es también ser su voz. Significa ayudarlos en las tareas de denunciar las injusticias, de obtener un empleo, de luchar por una educación de calidad, de tener acceso a la salud y, también, de estimularlos a practicar la bella fe católica de una forma madura y comprometida. Somos mucho más que «repartidores de bolsas de alimentos»: somos abogados de los pobres.

Para estar cara a cara con los pobres no podemos «subcontratar» nuestra acción vicentina. Me siento triste cuando oigo que una Conferencia, en vez de distribuir discretamente sus cestas de alimentos en la casa de los socorridos, paga el pasaje de autobús a los asistidos para que vayan a buscar la bolsa de alimentos a la sede de la Conferencia en la parroquia.

Si el consocio no hace su parte, con espíritu misionero y desinteresadamente, yendo a los pobres con devoción y vocacionadamente, nunca será un vicentino de hecho, y nunca estará cara a cara con los excluidos. Practicarán un «vicentinismo artificial» o «meramente frío».

Solo cuando estamos cara a cara con los desamparados podemos sentir los sabores y los olores del pueblo sufriente, que lucha con tantas dificultades por sobrevivir, enfrentan problemas familiares, el abandono en temas sanitarios y tantas otras singularidades que solo nosotros conocemos.

Las personas que ayudan en campañas navideñas u otras acciones esporádicas, a lo largo del año, y también los políticos, difícilmente comprenden y perciben lo que ocurre en las periferias, en los barrios y comunidades pobres. No tienen el ADN[1] de la caridad en la sangre, ni el sello de la humildad en la frente.

Me vienen a la memoria algunos pasajes bíblicos que conducen a los escogidos de Dios al servicio de los pobres. En el Libro del Eclesiástico hay un hermoso pasaje bíblico que dice mucho a los corazones de nosotros, vicentinos: «El Señor […] escuchará la oración del oprimido […]. La oración del humilde atravesará las nubes, no se consolará hasta que no sea escuchado»[2]. Este pasaje nos dice que la oración del pobre llega a los oídos de Dios; que, quien sirve al Altísimo, será recibido en el cielo y que sus súplicas también serán oídas. ¿Existen mayores promesas divinas que estas?

Por lo tanto, queridos consocios y hermanos de la Familia Vicenciana, estamos en el camino correcto. Cuanto más cerca estemos de los pobres, más próximos estaremos de Cristo.

Dejo una pregunta para reflexionar en la Conferencia: «Para mí, ¿qué es estar cara a cara con los pobres?».

Notas:

[1]     ADN es la sigla para «ácido desoxirribonucleico», proteína compleja que se encuentra en el núcleo de las células y constituye el principal constituyente del material genético de los seres vivos. Al decir que ciertas personas «no tienen el ADN de la caridad», el autor está haciendo una alegoría: sin la «caridad en la sangre», cualquier gesto puede ser confundido con mera filantropía.

[2]     Sir 35, 15-22.

Renato Lima de Oliveira
16º Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paúl

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