La Medalla de la Orden de Australia, establecida en 1976 por Isabel II, Reina de Australia, reconoce a los ciudadanos australianos por sus logros y méritos en el servicio a Australia o la humanidad. A continuación se presentan extractos de un artículo de Emilie Ng.

El Sr. Paul Finch, de 76 años, recibió la Medalla de la Orden de Australia por su excelente trabajo como voluntario en la Sociedad de San Vicente de Paúl durante más de 37 años. Para él fue una enorme sorpresa el saber que su hijo de 43 años, Michael, fue el responsable de nominarlo para el premio.

«Como hijo suyo, estoy profundamente orgulloso de su contribución prácticamente anónima a su comunidad», dijo Michael, quien ha pasado toda su vida viendo los esfuerzos voluntarios de su padre como trabajador de cuidados de crisis, administrador y recaudador de fondos.

Inspirado por el servicio de su padre, su hijo Michael se inscribió como voluntario de la Sociedad hace cuatro años, y luego decidió nominar a su padre para una Medalla de la Orden de Australia. Escribió una presentación a la secretaría del Gobernador General con el total apoyo de su madre Greta y de sus hermanos James, Elizabeth y Adam.

Al igual que muchos hombres de su generación, Paul resta importancia al hecho de recibir el premio. «Probablemente hay veinte personas, a las que yo podría nombrar, que hacen tanto o más que yo, pero nadie las nominó nunca», dijo Paul, un director ejecutivo jubilado.

Al escribir la petición de la Medalla de la Orden de Australia, Paul estimó que su padre había hecho 5.000 visitas de atención de crisis que proporcionaban comida y ropa, y apoyo financiero y emocional a los miembros más desvalidos de su comunidad local, personas que padecían violencia doméstica, enfermos mentales, y adictos a drogas o alcohol. Muchos de los que ayudó eran niños.

«Paul ha visitado a estas personas en sus hogares para proporcionar comida, ropa (mantas en invierno), ayudar a pagar facturas atrasadas, proporcionar apoyo emocional y abogar por ellos», dijo Michael. Los fondos usados ​​para asistir a estas personas se consiguen a través de la Iglesia Católica local.

«Como resultado directo del ejemplo que Paul ha establecido por su trabajo voluntario, me he animado e inspirado a unirme a la Sociedad San Vicente de Paúl», escribió Michael en su presentación. «¿A cuántas personas podré ayudar a través del ejemplo que Paul ha establecido? ¿Qué impacto tendré durante muchos años de servicio? Un hombre puede marcar la diferencia. Este hombre lo ha hecho. Me asombra considerar el efecto dominó que los esfuerzos de Paul tendrán en la humanidad».

Fueron las propias dificultades familiares de Paul las que le llevaron a ayudar a otros. Se unió a la Sociedad de San Vicente de Paúl poco después de la catastrófica inundación de 1974 que sufrió Ipswich. Su casa familiar en la calle Callaghan, Booval, quedó anegada durante la inundación. La familia perdió casi todas sus pertenencias, todas sus fotografías, ropa y muebles, incluso el vestido de novia de Greta.

Después de la limpieza y la generosidad y amabilidad hacia su familia, Paul decidió que quería devolver algo a la comunidad. Se unió a la Sociedad de San Vicente de Paúl en St Mary’s, Ipswich.

El incansable compromiso de Paul y el continuo servicio a su comunidad aún continúan. Dijo que la necesidad de apoyo a la atención de crisis era enorme y creciente, con a menudo seis llamadas al día.

Paul también utiliza sus amplias habilidades empresariales y de resolución de problemas para abogar por las familias necesitadas. En algunos casos, él va directamente a los diputados locales para exponer los casos de las familias necesitadas de asistencia especial o exenciones. «Es parte del estilo australiano. Quiero que se trate bien a la gente», dijo.

Paul dijo que su trabajo voluntario se vio fortalecido por su fe católica. «Lo que en la Sociedad intentamos hacer es ver el rostro de Cristo en todas aquellas personas con las que tratamos», dijo. «Probablemente no es diferente a lo que Cristo estuvo haciendo cuando caminó por la tierra. Él ayudó a los pobres y marginados y a los enfermos y las personas sin voz».

Fuente: The Catholic Leader
Autor: Emilie Ng

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