Voz clamando justicia, misericordia y paz

por | Dic 3, 2016 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

La voz de Jesús es una invitación al reino de Dios.  Y la voz de los discípulos no deben ser sino un eco de la voz del Maestro.

El Precursor se toma por la voz que grita el mensaje que predicará también el que a quien precede:

Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».

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Con una voz, pues, nos invitan a la conversión Juan y Jesús.   Y hay que cambiar de camino, porque el reino celestial no es como un reino mundano.

Los monarcas mundanos tiranizan a sus súbditos.  Pero nada de eso en el reino que Jesús está para inaugurar.  Él mismo no viene para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.  De ahí que el reino, el poder y la gloria son de los servidores y los últimos.

Y al respecto, lo que dice San Vicente de Paúl corresponde ciertamente a lo que dice Jesús.  Exhorta el santo al Padre Durand a no tener la pasión de parecer superior ni de ser el maestro (SV.ES XI:238).  Le aclara además que un superior con tal pasión discrepa con la enseñanza de Jesús.

Resuena anticipadamente la voz de Jesús en los labios del Bautista.

Juan, sin pelos en la lengua, los llama «raza de víboras» a cuantos han venido de entre los líderes religiosos.  Les increpa sus pretensiones vacías.  Y más adelante hará lo mismo el que bautizará con el Espíritu Santo y fuego.  Jesús acusará a los escribas y los fariseos de descuido de la justicia, la misericordia y la fidelidad.  Se las echará en cara su ceguera y su hipocresía.

A diferencia de aquellos líderes, el Bautista hace lo que dice.  Ellos alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto.  Él se viste, sin embargo, de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura.  Cierto, su vestido indica que él es el Elías esperado que preparará al pueblo para la venida del rey mesiánico.  Pero el estilo de vida de Juan también señala al que viene detrás de él.  Más adelante dirá de sí mismo Jesús:

Las zorras tienen madriguera y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

Vivir así es decisivo para que los cristianos tengamos la voz idónea para la denuncia de toda codicia e indiferencia.  Creíble resultará también, desde luego, nuestra proclamación de la justicia y la misericordia.  Viviendo como Jesús y Juan, seremos capaces de ser la voz de los desamparados.  Nos acogeremos mutuamente.  Y solo se oirá entre nosotros la voz de inclusión, bendición y paz.

Y esto querrá decir que es nuestra vida ya, más que nuestra voz, la que canta en la Eucaristia, prenda del reinado glorioso de Dios.

Haznos escuchar tu voz, Señor Jesús, para que entremos en tu reino.

4 Diciembre 2016
Domingo 2º Adviento (A)
Is 11, 1-10; Rom 15, 4-9; Mt 3, 1-12

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