San Vicente de Paúl: una perspectiva turca

por | Jul 9, 2016 | Formación, Reflexiones, YoSoyVicente | 0 comentarios

por Burak Özdoğan

Overtura: el Imán y el Anciano

¿Quién es ese hombre, Burak?” Marcela, la madre de Misa, me preguntó con un tono curioso en su voz… Una abuela de unos sesenta años, sentada en el sillón con una taza de café turco, entrecerrando los ojos, y señalando con  su dedo índice a mi refrigerador, «Ese hombre, Burak; con el birrete negro; ¿Quién es?»

«¡Oh! ¿Ese hombre?»

Tal vez levanté las cejas; y pudiera ser que apareciese una sonrisa en mi cara; una suave, cálida y profunda sonrisa. El sonido del tranvía que pasaba —pintado en color rojo brillante, típico de Praga— se oía venir de la ventana abierta. Contemplé el retrato del viejo hombre en el imán de la puerta del frigorífico —un anciano con una mirada humilde y sabia en su rostro, bajo la luz suave de una vela—, y sólo pude decir:

Ese hooooombre eeees….

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Estanbul

Mi mente se estaba teletransportado a 1500 kilómetros de distancia, a Estambul, y mis pensamientos viajaron atrás en el tiempo hasta una década atrás, a 2006… a un pequeño apartamento cerca del Bósforo, donde solía vivir con Misa, con la que recientemente me había casado…

«¡Vamos, Burak! No tiene que ponerte nervioso», dijo, casi riéndose de mí, «¡Relájate!»

«Realmente no sé… Realmente no sé, Misa; ¿qué voy a hablar con un sacerdote? ¡Un sacerdote!»

Nunca había estado con un sacerdote en toda mi vida, cara a cara. Cuando alguien dice la palabra «sacerdote» lo visualizaba en mi mente era una composición de piezas de un rompecabezas que obtuve principalmente de las películas de Hollywood y de los medios de comunicación turcos. Y no es sorprendente, ya que una persona que ha crecido en un país musulmán, en una —muy abierta de mente— familia musulmana, tener visitándonos a un cura en casa para tomar un café, ¡fue un gran hito para mí!

Y entonces sonó el timbre…

Permanecí de pie, detrás de Misa, mientras se abría la puerta. En mi imaginación, imágenes de películas pasaban una tras otra, como por ejemplo: Se abre la puerta y aparece un hombre con larga barba y grave rostro; vestido con un largo hábito negro, una pesada y enorme cruz de hierro colgando de su cuello, rodeado de humo que se eleva desde un quemador de incienso que balancea en sus manos, y que nos saluda muy formalmente…

Buongiooorno!” Buongiorno? Pero… ¡este tipo no se parezce en nada al sacerdote que tenía en mi mente! Vestido sencillo, pero muy bien; tiene una cara feliz, con una cálida y contagiosa sonrisa; los ojos llenos de luz que trasmiten tranquilidad… Y tampoco hay humo saliendo de un quemador de incienso, sino una amigable aura que rodea su persona. «Buongiorno!», respondió Misa en voz alta. «¡Vamos, C.! Entra…»

Sí… así es como conocí de primeras a C., un compañero de clase de mi esposa checa, de la escuela de turco en aquel momento, que se convertiría en uno de mis pocos mejores amigos en los años siguientes.

Ese día fue un punto de inflexión en muchos aspectos. Era un sacerdote… ¡pero cantaba canciones! Cada vez que oía una melodía agradable, no dudaba en acompañarla, ¡y lo hacía de memoria! Era un sacerdote, ¡pero contaba chistes en los momentos apropiados! Era un sacerdote, pero tenía un gran sentido del humor; cada vez que él se reía, lo hacía desde el fondo de su corazón…. ¡Como podía ser posible! ¿No era eso demasiado ‘cool’ para poder esperarse de un cura? Había sido enviado a Estambul para profundizar en el diálogo interreligioso con el Islam. Umm… tal vez… Tal vez fuera una de esas personas de las que escuchamos de los medios de comunicación, proselitista, que se aproxima a través del canal adecuado para convertirlos al cristianismo al final. ¡Todo era una estrategia! Incluso mi madre tuvo la necesidad de avisarme cuando le hablé sobre C.: «¡Cuidado, hijo mío!»

Sin embargo, todas esas «teorías de la conspiración» colapsaron pronto y demostraron ser «basura», cuando me di cuenta de que mi amigo sacerdote nunca plantearía un tema relacionado con la religión, a menos que lo hiciese yo.

No recuerdo exactamente la primera pregunta que le hice; pero nunca se negó a responder minguna y nunca me desanimó a preguntar libremente. Yo preguntaba, él respondía. Y discutimos… Nuestros diálogos profundos a base de preguntas y respuestas me dieron la oportunidad de llenar mis vacíos de conocimiento sobre el cristianismo —y ampliar mis pensamientos sobre Dios—. Como persona que ha crecido en una cultura predominantemente islámica en una familia musulmana —pero con mente muy abierta— que terminó siendo deísta, tuve la motivación de volver a leer la Santa Biblia, una vez más. Y esta vez con una ventaja en cuanto al recurso: una gran amigo cura, siempre dispuesto a aceptar cualquier tipo de preguntas… (un amigo también que no me dejó otra opción que volver a definir la imagen del «sacerdote» que tenía en mi mente).

Los Paúles

Tengo que admitirlo: antes de conocer a C. no sabía que en realidad quién era san Vicente de Paúl; cuando C. habló sobre él, me quedé impresionado con la historia que había detrás. Del mismo modo, no tenía ni idea de por qué a Jesús se le llamaba el «Hijo», o lo que realmente significa el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo… Y muchos más aspectos del cristianismo como este que yo no sabía… no sabía casi nada sobre franciscanos o protestantes… lo mismo que sobre los paúles…

“Paú… ¿qué? Perdón, C., Paú… ¿qué es lo que dijiste?”

Paúles, Burak

Han pasado ya algunos años desde que nos conocimos. Con nuestras copas de vino en la mano, sentados en el soleado tejado mi piso (subí por la ventana con C.), desde donde se ve una gran vista de la hermosa Praga, oyendo a Misa perseguir a nuestro bebé Denis en el interior del piso, otra vez nos dedicamos a uno de nuestros típicos diálogos.

«Paú…» Por alguna razón era incluso difícil para mí pronunciar la palabra. «¿Qué es eso, C.?»

Me lo trató de explicar; sin embargo, era demasiada información de libro, probablemente, o sonaba demasiado abstracta para mí, así que mi mente la ignoró y almacenó su explicación; honestamente, yo no conseguir entender el asunto exacto sobre los Paúles.

No importa, me dije.

La curia de la Congregación de la Misión en Roma

Mi primer encuentro cercano con los Paúles —aparte de mi amigo C.— ocurrió años más tarde, en Roma, en la Curia General. C. nos había invitado (a Misa, a hijo Denis de una año de edad, que apenas sabía caminar, y a mí). Fue la primera vez que visitaba Roma; también, la primera vez en mi vida que me vi rodeado de tantos sacerdotes y monjas… Uno, dos, tres, cinco, ocho… cuando conté cuántos eran, mientras rezaban antes de empezar el desayuno, me di cuenta de que estaba rodeado de muchas personas religiosas reunidas en torno a una misma comida, reunidas de todas partes del mundo… Filipinas, Polonia, Estados Unidos, Italia, Líbano… Durante más de una semana, estuvimos con los Paúles. Comimos juntos, charlarmos, y vimos las noticias… Estaba profundamente impresionado por la hospitalidad y su amistoso acercamiento. Ver a un sacerdote jugando con nuestro pequeño niño era algo «lindo». Ver a las monjas tratándonos con casi la misma calidez de mis tías en Turquía era precioso; ver sus esfuerzos para comunicarse con el pequeño Denis…

El Hospital del Niño Jesús

Entre todos los Paúles que tuve la oportunidad de conocer esa semana, probablemente el gran ‘hit’ que golpeó mi corazón fue cuando me encontré con M., viejo amigo de C., que servía como capellán en el hospital del Niño Jesús. El hospital, cuya historia se remonta a 1869, está especializado en el tratamiento de niños, no solo de Roma o Italia, sino también de países europeos vecinos: era, por supuesto, conmovedor el caminar por el hospital… Justo después de que C. nos presentara a M. en su oficina, alguien llamó a la puerta y entró una pareja que no sabía hablar italiano; pero, por los gestos que hacían, la entonación callada que hacía eco en la sala, la expresión de los rostros… era obvio que el aire estaba dominado por una piedad profunda, alimentada por el agradecimiento espiritual que surge de los corazones.

Cuando C. me dijo que M. proporciona apoyo espiritual, especialmente a los niños enfermos que están en condiciones extremadamente graves, y a sus familias, me quedé profundamente conmovido. No podía imaginar cómo este hombre, M., era capaz de enfrentarse a diario a tal dolor por el bien de la bondad… C. me explicó que lo que M. hacía era parte de lo que las obras a las que los Paúles se dedican. Me vi a mí mismo orar en silencio por los niños de todo el mundo…

El libro sobre San Vicente

«La vida de San Vicente de Paul. Guau, está en turco». Cuando C. me regaló el libro, en la casa de St George en Estambul, lo acepté con placer; me encanta leer. Sin embargo, cuando me puse a leerlo tiempo más tarde, me aburrí y no pude seguir. Probablemente no era el momento adecuado. El momento adecuado llegó unos años más tarde, en mi nuevo piso, donde vivía solo, ahora un hombre divorciado. Sin razón aparente, lo tomé de la estantería. Empecé a leerlo, pero no estaba contento con la traducción al turco. Me las arreglé para encontrar «La vida de San Vicente de Paúl» en amazon.com, la versión gratuita para Kindle. Empecé a leer, con el deseo de conocer mejor a este hombre. Página tras página, me encontré con una historia novelada… En la década de 1580… imaginando al pequeño Vicente de Paúl corriendo por los prados tras su oveja… Imaginando a los piratas turcos —¡sí, a nuestros chicos!— de aquel tiempo, capturando al joven Vicente de Paúl… siendo vendido como esclavo… obligado a probar sufuerza transportando cargas en el mercado de esclavos, frente a los clientes… comprado por un pescador que luego lo vende a un alquimista, y luego a otro amo… Su influencia en su último amo y su viaje de aventura a Francia… Cuando leí sobre su vida dedicado a los enfermos y postrados en cama, yo tenía una sonrisa en los labios. A continuación, las Damas de la Caridad… sus luchas con los políticos… sus habilidades de comunicación y su saber suavizar los corazones de piedra… su disciplina despertándose todos los días a las 4 de la madrugada para orar… y su última palabra en una noche de septiembre: «Confido! ¡Confío!»

Cuando terminé el libro, finalmente comprendí qué son los Paúles…. Todo está claro… Ahora veo a san Vicente de Paúl cuando pienso en mi amigo C., en su comprensión y tolerancia, en la forma en que anima a la gente a preguntar y la forma en que construye la «confianza». Ahora, veo a san Vicente de Paúl cuando pienso en M., cuando pienso en el duro e increíble trabajo que está haciendo en ese hospital por los niños y por sus padres —al igual que san Vicente de Paúl hizo hace más de 400 años… Ahora, veo a san Vicente de Paúl siempre que pienso en todas esas personas que conocí, esas maravillosas monjas, los cercanos y amables sacerdotes que tuve la oportunidad de conocer y con los que hablar en la Curia General… Para mí esas personas, sus acciones y comportamientos, de los que fui testigo, son la definición más clara de los Paúles; los Paúles se inspiran y se configuran de esta manera gracias a esta increíble persona: san Vicente.

Final: el Imán y el Anciano

«Ese anciano es san Vicente de Paúl», le dije. Tanto Marcela como mirábamos su retrato en el imán del frigorífico. «Él es el gran apóstol de la caridad; él es el padre de los Paúles».

«¿Páules?», respondió Marcela, «¿Quiénes son los Paúles?»

Y se lo expliqué lo mejor que pude: «Los Páules son…»

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