Discípulos hasta el fin amargo

por | Jun 22, 2016 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

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Jesús es el Maestro bueno.  Nos invita a ser sus discípulos.

Toma Jesús la decisión de ir con sus discípulos a Jerusalén.  Allí padecerá mucho y morirá en la cruz.  No retrocede él ante el espectro de una muerte violenta.

Ni mucho menos lo detiene la inhospitalidad de los samaritanos.  A diferencia de Santiago y Juan, Jesús no reacciona de manera exagerada.  Los hermanos sugieren la destrucción de los samaritanos.  Corrige a los dos, haciendo lo que todo maestro bueno.

El Maestro ejemplifica la manera de afrontar el rechazo.  Enseña al mismo tiempo que quienes quieran seguirle tendrán que trabajar por la paz como hijos e hijas del Padre común de todos.  Los auténticos discípulos superan las consideraciones étnicas, culturales o religiosas mezquinas.

También deja claro Jesús que seguirle quiere decir no confundir la verdadera seguridad con la comodidad  que proporcionan los bienes terrenos.  Los discípulos no pueden ser tan necios como aquel rico codicioso que se dice:  «Túmbate, come, bebe y date buena vida».

Para algo mucho más grande que la comodidad física los hizo Dios a los hombres.  Los hizo para sí mismo.  Los auténticos discípulos saben esto y confiesan que el corazón humano está inquieto e inseguro hasta que repose en Dios y goce de su paz y justicia.

Claro, todo discipulado depende de Jesús.  De él viene la invitación:  «Sígueme».  Él es quien los elige, no ellos a él, para que den fruto.  Sin el Maestro, los discípulos no pueden hacer nada.  Por su reconocimiento humilde de que «Dios es el único autor de todo lo bueno» (SV.ESVII:250) se disciernen, sí, los verdaderos discípulos de los falsos.

Lo bueno es que Jesús invita a todos, como lo enseña la Parábola de los obreros de la viña.  Él no se conforma  con los cálculos mezquinos de aquellos que «se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido» (José Antonio Pagola). No le importan a Jesús las horas trabajadas, muchas o pocas.  Todo se debe a su generosidad, y no a nuestras obras.

Los discípulos desconfían de sus propias obras.  Confían totalmente en la generosidad de Jesús.  La misma generosidad les apremia a seguirle hasta el fin.  Por eso, lo dejan todo para vivir con él en libertad.  Reconocen que él tiene el derecho de reclamar lealtad absoluta.  Colaboran resueltamente con él en la evangelización de los pobres, la promoción del reino de Dios y su justicia, la revelación del genuino rostro de Dios, lo propio del cual es la misericordia (SV.ES XI:253).

Señor Jesús, alimentános con tu palabra y tu pan, que el camino es superior a nuestras fuerzas.

26 de junio de 2016
13º Domingo de T.O. (C)
1 Re 19, 16b. 19-21; Gal 5, 1. 13-18; Lc 9, 51-62

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