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Entramos en el tiempo litúrgico más importante para los creyentes: celebramos la pasión de Jesucristo, muerte que engendra vida y que confirma el compromiso de Dios Padre con su Hijo Jesucristo y con la Humanidad entera, a través de Él.

La Iglesia, en el triduo pascual, rememora la victoria de Cristo, la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal. Todos los creyentes, desde nuestros diferentes ámbitos culturales, nos preparamos ahora para renovar nuestras vidas a través del recuerdo del sacrificio de Jesucristo. La cruz no tendría significado alguno sin la resurrección. San Pablo lo afirma así: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1 Co 15, 14.19).

Nuestro sentir es el mismo que el de la Iglesia Universal: para nosotros, Vicencianos, y para muchos otros en nuestra Iglesia universal, los pobres siguen sufriendo una cruz de la que han de ser liberados, para que el Reino de Dios se siga construyendo, en justicia y verdad, en nuestra tierra. La iglesia se compromete en el servicio a la humanidad, pero concretamente de esta humanidad real que divide a los hombres a nivel mundial, generando «ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres». Ante esta cruda realidad la Iglesia no debe permanecer indiferente, sino dar soluciones desde el Evangelio, haciendo una clara «opción por los pobres», poniéndose de parte de los perdedores, excluidos y marginados, convirtiéndose en Iglesia al servicio de la «no humanidad». Creer en la resurrección de Jesús es creer que el mal no es omnipotente.

En el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, los Vicencianos encontramos la esencia de nuestro ser y actuar. Porque Cristo resucitó, nosotros nos mantenemos firmes en la esperanza de un mañana donde impere la justicia y la equidad, el amor y la fraternidad:

El vicenciano vive su vocación y misión en la Iglesia y como Iglesia. Ciudadanos del Pueblo de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo y piedras vivas del templo del Espíritu, nos sentimos una fuerza dinámica dentro de la Iglesia, valorando la vida fraterna y el trabajo en equipo. Vive atento a la Doctrina Social de la Iglesia, para conocer críticamente la realidad del mundo y tener criterios y principios de acción para su labor social y caritativa. (Folleto “El carisma vicenciano en la Iglesia”)

La Semana Santa es, pues, un tiempo privilegiado para renovar nuestro compromiso a favor de los empobrecidos, sabiendo que la fuerza del Espíritu está entre nosotros y que la resurrección de Jesucristo es la garantía de que esta labor llegará a buen fin.

Y también es un reto: el reto de hacer realidad en nuestra parroquia, barrio, ciudad… que el Reino se haga presente, que las semillas del evangelio crezcan en plantas fuertes que florecen y dan frutos.

La colaboración dentro de la Familia Vicenciana, entre sus ramas y miembros, es un signo claro de comunión. Si somos capaces de vivir en unión y colaboración, entre nosotros y con la Iglesia universal, estaremos dando signos de que la resurrección sigue siendo un hecho actual y un reto que se ha de concretar en acciones a favor de los que siguen viviendo crucificados por el odio, la ambición y el egoísmo.

Para la reflexión y el diálogo:

  • ¿Cómo voy a vivir esta Pascua de Resurrección? ¿Quiero que este memorial transforme mi vida?
  • ¿Vivo con esperanza mi compromiso a favor de los pobres?
  • ¿Qué zonas oscuras de la Familia Vicenciana aún necesitan ser iluminadas por la resurrección?

Javier F. Chento
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