Apartar de nosotros toda autosuficiencia

por | Sep 22, 2022 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús es «Dios-con-nosotros».  Y es por eso que sus discípulos no se han de apartar ni de Dios ni del prójimo.

Es muy rico el que lleva una vida de lujo y ostentación:  ropas elegantes, banquetes suntuosos.  Él no se puede sino apartar del mendigo; hay contraste marcado entre los dos.

Pues el que está echado a la puerta del rico se cubre de llagas.  Y de ellas parecen deliciarse los perros.  Quizá ellos las limpian y así le proporcionan alivio al mendigo.  Ansían ellos también apagar el hambre con las migajas que caen de la mesa del banquete.  Desgracia compartida, sí, menos sentida.

Pero otro contraste hay por el que resulta fácil apartar a los dos.  Uno se llama Lázaro, que quiere decir «Dios ayuda».  Pero el otro no tiene identidad.

Es decir, la riqueza no puede darle nombre a nadie.  No por tenerla queda el rico saciado, seguro, sólido o digno de respeto.  Aunque rico, Herodes se turba al enterarse del nacimiento del rey de los judíos.  Se ve que el que se presenta héroe no es digno de su nombre.

Pedro, en cambio, que se admite no tener plata ni oro, se gana el respeto de la gente.  De él y de sus pobres compañeros se hace lenguas el pueblo.

Pero se deja claro también que lo tremendo y fascinante se debe a Dios.  Y esto da a entender que los hombres dependemos de Dios del todo.  Es por eso que tratarnos de apartar de Dios es arruinarnos a nosotros mismos.

La riqueza nos puede apartar de Dios y del prójimo

En Dios vivimos, nos movemos y existimos.  Somos sólidos y valiosos debido a que él nos comparte su solidez, su gloria.

Y el rico no es nadie, pues se cree autosuficiente, se basta a sí mismo.  No necesita de cocineros, de camareros; no hay quienes le freguen los platos.  Rehúsa él, en efecto, toda ayuda.  Por consiguiente, no le ayuda el que ayuda a Lázaro.

Al lujoso, pues, se le deja a sus obsesiones y antojos.  Y siguiendo con lo suyo acá, se prefiere apartar de Dios y del prójimo.  No, no es de sorprender que allá no se pueda él sino apartar de Dios y del prójimo.  Se cosecha, sí, lo que se siembra.

Y no se nos dice que el rico que sufre tormento es de los malvados.  No peca él de palabra u obra, sino de omisión.

Es decir, él se halla atormentado solo por falta de compasión.  Él demuestra que es acertado el dicho:  «No podéis servir a Dios y al dinero».  La riqueza es maldita en tanto que no les deja de apartar de Dios y del prójimo a los ricos.  Esto mismo se ve en la denuncia de Amós.

Lázaro, a su vez, no es modelo de resignación a una vida miserable ni de esperanza de una recompensa en el cielo.  Él es, más bien, una protesta contra los ricos sin entrañas.  Endurecen ellos sus corazones; no escuchan a Dios, a Moisés o a los profetas.

Señor Jesús, concédenos verte, con el amor del cual nada nos podrá apartar, en todo Lázaro de hoy día, y cumplir lo que nos enseñas.  Crucificado, sí, nos urges a ser compasivos para que seamos humanos de verdad (SV.ES XI:561).  Nos proclamas también desde la cruz que el cristiano no puede guardar silencio frente a a injusticia, sino estar pronto a sufrir por la justicia, la religión, la fe.  Hasta entregar el cuerpo y derramar la sangre.

25 Septiembre 2022
26º Domingo de T.O. (C)
Am 6, 1a. 4-7; 1 Tim 6, 11-16; Lc 16, 19-31

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