Escucha, el Señor nuestro Dios es el solo Señor

por | Oct 28, 2021 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús encarna el amor de Dios que hombres y mujeres nos creó a su imagen y semejanza.  Con razón dice Jesús, pues, que el que ama y escucha a Dios de verdad, ama y escucha también al prójimo.

Un escriba pregunta a Jesús:  «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».  Y contesta él que el primero es lo que dice la oración Shemá que comienza así:  «Escucha, Israel».

Repite, pues, Jesús la oración.  A continuación, añade:  «El segundo es éste:  “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Lv 19, 18).  Se le da al escriba más de lo que él desea.  Y así se pone de relieve la importancia del segundo mandamiento que es semejante al primero.

«Semejante», por supuesto, indica que el segundo no es lo mismo que el primero.   Pero «semejanza» no solo dice que se distingue el uno del otro.  También da a entender que no se puede prescindir del segundo mandamiento.  Así como no se puede prescindir tampoco de los que son imágenes de Dios y semejantes suyos.

Para Jesús, es decir, amar a Dios y amar al prójimo no son separables.  No se ama ni se escucha a nuestro Padre si no se ama y escucha a un hermano o hermana.

Y hace Jesús lo que dice.  Es por eso que se distingue él por su religión para con Dios y su amor para con el prójimo (SV.ES VI:370).

En primer lugar, sí, Jesús es judío observante.  Y por preocuparse por el culto verdadero, echa del templo a los comerciantes.  Por la misma razón, denuncia a los que honran a Dios solo con sus labios.  Y también a los que, ante las viudas, disfrazan de culto su codicia, y rehúsan ayudar a sus padres.  Se opone además a los que por guardar el sábado no hacen nada para salvar una vida.

Escucha Dios los gritos de los pobres; hemos de hacer lo mismo.

En segundo lugar, pues, Jesús busca el bien de los demás.  Y, ¿de qué modo ama él?  Y nos cuentan los evangelios las formas.  Pero se resume su modo de amar en Mt 4, 23 (véase también 9, 39; Mc 1, 39; Lc 4, 15. 44).  Recorre él pueblos y aldeas para enseñar en las sinagogas y proclamar el Evangelio del reino.  También cura las enfermedades y dolencias del pueblo.

Él, además, nos ama tanto que, de acuerdo con la providencia de Dios, se le ofrece a él por nosotros.  Y nunca será suficiente repetir esto por lo clave que es.

De tales formas, sí, ama Jesús.  De formas inventivas también, por supuesto (SV.ES XI:65).   Y así quiere él que los suyos amemos también.  Pero no solo nosotros los cristianos, sino también los no cristianos.  Es que, al final, dice Jesús al escriba:  «No estás lejos del reino».  De ese modo, se nos da a entender que amar al igual que él no es solo de los cristianos.

Todos los hijos e hijas de Dios, sí, somos capaces, por su gracia, de adorarle y escucharle en los santuarios.  Ésten éstos en Jerusalén o en Gerizín o en una de las siete colinas de Roma.  Y si le damos culto en Espíritu y verdad, descubriremos que tal culto entraña amor y escucha al prójimo.  En particular, al pobre (véase CIC 1397).  No cabe duda de que hay tal cosa como «dejar a Dios por Dios» (SV.ES IX:297).  Y como adorar a Cristo en los pobres (SV.ES XI:725)

Señor Jesús, haz que nuestro amor y nuestra escucha al Padre se perfecionen de tal modo que abarquen al prójimo.

31 Octubre 2021
31º Domingo de T.O. (B)
Dt 6 2-6; Heb 7, 2-28; Mc 12, 28b-34

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