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Trampa es nada más, no cabe duda

por | Oct 15, 2020 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús penetra el corazón y sondea las entrañas.  Es por eso que los que lo buscan comprometer y le tienden una trampa caen ellos mismos en ella.

Los fariseos y sus seguidores están en contra del pago de impuesto al César.  Los herodianos, en cambio, están a favor.  Pero les basta con buscar todos tenderle a Jesús una trampa para que se hagan ellos aliados curiosos.

Así pues, ellos lo tratan de comprometer con una pregunta.  Y él, a su vez, sortea la trampa con una respuesta.  Les dice:  «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Resulta lógica esa conclusión, pues son del César la imagen y la inscripción en la moneda.  Y desenmascara esa respuesta lo insinceros que son los aliados curiosos (Dennis Hamm).  Caen ellos, pues, en su propia trampa.  Por supuesto, nunca se les ha ocurrido que Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2, 25).  Y que es por eso que él ha comprendido la mala voluntad de ellos.

Pero como nos lo aclaran D. Hamm y también J. A. Pagola, no pocos caen en una trampa.  Es decir, no son pocos los que dicen que el gobierno del estado es una cosa y el de Dios, otra.  Y que los dos poderes son separados y autónomos.

Pero esto no lo dice Jesús, si no sacamos lo que dice fuera de contexto.  Si lo vemos en la luz de sus obras en pro del reino de Dios y su justicia.

Jesús, fiel a las Escrituras, deja claro, sí, de palabra y de obra, que llevamos todos la imagen de Dios.  Y, por lo tanto, somos de Dios.  Dios es el Señor de todos y no hay otro.  Hay que resistir, pues, a toda autoridad que nos disfigure, nos esclavice y nos oprima.

A nadie que lleva la imagen de Dios se le ha de tender trampa alguna.

Ver a Dios en los demás.  Con esto me cuesta cumplir, con respecto especialmente a los que parecen ser el diablo mismo en la carne.  Pero ahí está la prueba por la que se aquilatan a los verdaderos discipulos.

Escribió Madeleine L’Engle (“Lion and Lamb,” The Irrational Season) de un pastor luterano que había conocido a Hitler.  Éste le había gustado a áquel.  Pero no encontraba el pastor acuerdo alguno entre la fe y el Tercer Reich que fingía proteger la religión.  Con tal que ella se conformara con Hitler y valiera para sus fines.

Y se les envió al pastor, a su esposa y a sus hijos a un campo de concentración.  Allí murieron ella y los hijos.  Al igual, pues, que el padre de Ana Frank, el pastor fue el único que quedó.

Y cuando había caído el reino megalómano de Hitler, se recordó que el pastor había visto a Hitler.  Alguien, luego, le preguntó, por curiosidad:  «¿Cómo era Hitler?».

Replicó el pastor con calma:  «Como Jesucristo».

Señor Jesús, ojalá amemos al prójimo hasta el extremo, en vez de tenderle una trampa.  Y haz que sea activa nuestra fe, esforzador nuestro amor y firme nuestra esperanza.  Concédenos también extender más tu reino que nuestras posesiones (SV.ES III:488-489).

18 Octubre 2020
29º Domingo de T. O. (A)
Is 45, 1. 4-6; 1 Tes 1, 1-5b; Mt 22, 15-21

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