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Los primeros miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl y las pandemias

por | Ago 31, 2020 | Formación, Javier F. Chento, Sociedad de San Vicente de Paúl | 0 comentarios

El mundo sufre en la actualidad una pandemia muy agresiva debido al COVID-19, un virus extremadamente contagioso. Las pandemias no son algo nuevo en la historia de la humanidad; de hecho, son desgraciadamente frecuentes: ya hemos sufrido varias durante el siglo XXI[1].

San Vicente y la peste

San Vicente de Paúl también tuvo que afrontar la pandemia de la peste que, a mediados del siglo XVII, asoló Francia, el norte de la península itálica y Polonia[2]: «Los misioneros afrontaron la guerra, la hambruna y la peste de 1630 a 1645; diez misioneros y muchas Hijas de la Caridad salieron para la Picardía y la Champaña; San Vicente él mismo visitó y comprobó los daños y los trabajos. […] Los pobres están en todas partes y Vicente y Luisa afrontan y organizan la ayuda y el alivio»[3].

Las epidemias durante el siglo XIX

En el siglo XIX hubo varias pandemias en Europa, provocadas principalmente por el cólera y la viruela. La segunda de cólera (de 1827 a 1835) afectó intensamente a Francia. Como vemos, coincide con la fecha de fundación de la primera Conferencia de caridad (1833), que poco después se conocería como la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP). No es descabellado pensar que esta situación de emergencia sanitaria influyó en la fundación de la SSVP: en una de las conferencias de historia, Ozanam se vio muy afectado por la acusación, dirigida hacia la Iglesia católica, de hacer poco o nada en favor de los necesitados: algunos jóvenes recriminaban  a la Iglesia de haber hecho grandes obras en el pasado, pero nada remarcable en la sociedad y tiempo de entonces; este episodio, germen de la iniciativa para fundar la primera conferencia de caridad, afectó profundamente a Federico Ozanam, que llegó a decir: «el reproche era bien merecido»[4]. Estando en plena pandemia de cólera, con toda seguridad este fue uno de los aspectos que definieron la iniciativa de hacer algo a favor de todos los que pasaban necesidades o penurias en París.

Federico Ozanam comienza a hablar de esta pandemia en una carta dirigida a su madre, el 8 de abril de 1832:

El cólera se ha extendido de manera horrorosa [en París]; en 14 días ha atacado a 3.075 personas, causando la muerte a 1.200. Ayer se declararon 717 nuevos enfermos, y se ven en las plazas carros cargados con cinco, diez o doce ataúdes. […] Es horrible. La conferencia[5] a la que pertenezco ha destinado una pequeña suma de 15 francos, tomada de las colectas…

En carta del 26 de mayo de 1832, continúa describiendo los esfuerzos que hacían los universitarios parisinos para auxiliar a los afectados por el cólera:

Se hacen colectas en todas partes por los enfermos de cólera, por los huérfanos, etc.… En conciencia, no se puede rehusar; se da incluso con entusiasmo, sin pensarlo, y así la bolsa disminuye, pero al menos ese dinero no es jamás dinero perdido; se volverá a encontrar un día.

Federico se alojaba entonces en una habitación de la casa del señor André-Marie Ampère, famoso matemático y físico francés. Como murieron muchos en pocos días, este le decía todas las tardes a Federico: «Ozanam, si el cólera me lleva esta noche, daré golpes con el bastón. No subas para asistirme, sino que vete rápidamente en busca de mi confesor»[6].

En París, en este tiempo, «el cólera sembraba la muerte y el terror. Hubo un momento en que se contaron hasta 1.300 muertos diarios. La epidemia. de­voró casi enteramente un lado de la calle de los Fossés-Saint-Victor, en tanto que el otro lado, el de la casa del señor Ampère, perma­necía, al parecer, a salvo. Ozanam lo escribe a su madre, tradu­ciendo un salmo del oficio de las Completas: “Mil caerán a vues­tra izquierda y diez mil a vuestra derecha. Mas la muerte no se acercará a vosotros, porque habéis dicho: Señor, sois mi esperan­za; y habéis elegido al Altísimo para refugio vuestro”[7]. Ya no tenemos esta carta, admirable de fe y de valor, que, según nos dicen, la señora Ozanam leía a todas sus amigas con lágrimas de indecible ternura»[8].

Sor Rosalía Rendu, hija de la caridad que tan importante papel jugó en los primeros tiempos de la SSVP, también auxilió a los afectados de cólera en París:

Los locales que tiene a su disposición son reducidos, pero se llevan a cabo en ellos múltiples obras: sala de consulta, farmacia, ropero, cocina económica, escuela. […] La epidemia de cólera (1832) dio a conocer el sentido excepcional de organización de la superiora. Esta se fue convirtiendo poco a poco en «el alma del barrio», un barrio en el que, en 1803, según su propio testimonio, era difícil «encontrar una mujer que recordara sus oraciones»[9].

También en 1832, el padre Lacordaire, gran amigo de Ozanam y defensor de la SSVP, «tuvo que vestirse de seglar para poder entrar en uno de los hospitales de París para poder confesar a uno o dos agonizantes»[10], debido a las restricciones de aislamiento.

Poco después, Ozanam vuelve a mencionar la situación de la pandemia a su amigo Joseph Arthaud, en una carta del 22 de agosto de 1835:

Estamos aquí bajo la amenaza permanente del cólera. Se preparan ya la abnegación y las huidas, la gente clama ya ante la epidemia. Si Nuestra Señora de Fourvière[11] no nos preserva de la epidemia seremos muy dignos de lástima.

El 21 de septiembre de 1835, Ozanam escribe a Henri Pessonneaux describiéndole la situación de aislamiento que vivía a causa del cólera, parecida a la nuestra actual a causa del COVID-19:

El temor del cólera había helado los ánimos cuando llegamos; uno se encuentra aislado y salvaje; nada de comidas con amigos, ni paseos al campo.

El cólera llega también a Lyon, donde Ozanam se encontraba el 23 de septiembre de 1835. Así le escribe a François Lailler:

El cólera, que ha castigado tan terriblemente las provincias del sur, parecía avanzar hacia nuestras puertas. Remontó el Ródano hasta quince leguas de nuestra ciudad, desplazando ante su paso multitud de fugitivos que nos traían relatos espantosos y un terror mayor que el mismo mal. Nuestra población, ardiente e impresionable, se conmovió profundamente. Mientras los espíritus groseros y embrutecidos empezaban a hablar de rumores de envenenamiento y se preparaban para responder a la invasión del flagelo con motines y violencias, una religiosa multitud se agolpó en Nuestra Señora de Fourviére y se arrodilló al aire libre, en el atrio de la Iglesia, para cantar cánticos de dolor; al mismo tiempo, numerosas personas abnegadas se presentaron para atender a los pobres cuando llegara la epidemia; más de mil quinientas de esas personas se inscribieron por anticipado.

Entre aquellos que se prestaron voluntarios para auxiliar a los pobres en las pandemias también estaban los consocios de la SSVP.

En el Boletín de la Sociedad de San Vicente de Paúl de 1849, Federico Ozanam describe el trabajo de los compañeros durante la epidemia. Durante un período de dos meses, algunos se pusieron bajo la dirección de sor Rosalía, «igual que los primeros fundadores de la Sociedad lo habían hecho quince años antes».[12]

Con el mismo motivo, Federico organizó un cuerpo de jóvenes, «el 22 de abril de 1849, junto con sus colegas del consejo general, una aso­ciación de cuarenta valientes»[13] para ayudar a aquellos que no era posible llevar a los hospitales. Y, en la siguiente asamblea general, que tuvo lugar el 19 de junio, esos primeros enfermeros de la Sociedad de San Vicente, «de cuarenta pasaron a ser ciento doce»[14].

El panorama de la ciudad era tétrico; así lo describe Ozanam en una carta:

Calles enteras despobladas en pocas noches, pero al mismo tiempo la gracia cosechaba por todas partes… Toda aquella gente quería morir con el sacerdote al lado… Era emocionante ver aquellos jóvenes que, impulsados únicamente por la gloria del Salvador, se habían desprendido de los brazos de sus padres para dirigirse a los barrios contaminados para socorrer a los enfermos y enterrar a los muertos…[15]

— – —

Una epidemia fue, también, el origen de la rama femenina de la SSVP en Italia[16]. En 1855, la ciudad de Bolonia se vio afectada por una grave epidemia de cólera. Los consocios hacían todo lo posible para ayudar a las familias afectadas por la enfermedad, en sus casas u hospitalizadas. Sin embargo, debido a una disposición de la Regla de la SSVP, no podían auxiliar a las mujeres solteras, especialmente si eran jóvenes. Algunas parientes y amigas de los consocios, dirigidas por Celestina Scarabelli y alentadas por Antonio Costa, presidente de las Conferencias en Italia, se ofrecieron a garantizar la asistencia a las mujeres enfermas.

El compromiso de estas damas fue muy apreciado; Antonio, que no quería frustrar su experiencia, les propuso crear una conferencia de mujeres, a ejemplo de las de los hombres. Así, el 10 de enero de 1856 se celebró la primera reunión de la conferencia femenina, cuyo número fue creciendo grandemente y extendiéndose no solo por toda Italia, sino también por Francia, Chile, Perú, Filipinas y en muchos otros países, con el reconocimiento del papa Pío IX que, en, un breve del 25 de febrero de 1875, otorgó a todas las conferencias femeninas, «tanto en la diócesis de Bolonia como en cualquier otra diócesis, legítimamente erigidas y para ser erigidas, las mismas indulgencias ya otorgadas a las conferencias masculinas, para que tal ejercicio produzca frutos sanos y copiosos»[17].

La SSVP y la epidemia actual

La Sociedad de San Vicente de Paúl, en su Regla, indica: «La vocación de los miembros de la Sociedad, es seguir a Cristo, a través del servicio a los que lo necesitan. […] Ningún trabajo caritativo es ajeno a la Sociedad. […] Incluye cualquier forma de ayuda destinada a aliviar el sufrimiento o la privación y a fomentar la dignidad y la integridad humana, en todas sus dimensiones»[18].

En nuestros días sufrimos el asedio de una pandemia global que nos invita a redoblar nuestros esfuerzos a favor de los que más directamente se ven afectados por la enfermedad. Mas no solo los enfermos, a los que hay que acompañar y auxiliar material y espiritualmente (siguiendo siempre las normas de higiene y seguridad indicadas por los expertos), sino también a todas las personas que se ven ya afectadas por las consecuencias de la pandemia: desempleo, falta de recursos económicos, pobreza en incremento que, sin duda, se verá agravada por la crisis económica mundial que ya se comienza a entrever.

San Vicente de Paúl, nuestros hermanos vicentinos de los primeros tiempos y otros ilustres creyentes nos invitan a afrontar estos extraordinarios retos con fortaleza y creatividad. Sin duda hay mucho que los miembros de la SSVP pueden hacer por aliviar las necesidades de los millones de seres humanos que caerán en la pobreza debido a esta pandemia.

Hay muchas iniciativas que ya se están poniendo en marcha, dentro de la SSVP y de la Familia Vicenciana, para mejorar la vida de todos los afectados.

Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen Inmaculada y san Vicente de Paúl, a quienes desde nuestros orígenes hemos pedido que protejan a la Sociedad de San Vicente de Paúl y la obra que realiza, nos acompañan en este camino de caridad, que es el corazón de la fe y la esperanza cristiana.

Notas:

[1] En el siglo XXI el mundo ha sufrido varias pandemias, o epidemias que se han extendido a varios países; mencionemos la del SARS (síndrome respiratorio agudo severo, en 2002); la del HeN1 (gripe aviar), que se propagó mundialmente entre 2004 y 2006; y la epidemia del ébola, de 2014 a 2016, que se extendió por una considerable área del continente africano, parte de Europa y Estados Unidos.

[2] La peste causó estragos «en el Bovesinado en 1625, en Digne y Montpellier en 1629, en Moulins en 1630, en París en 1631-1633. No hay, por decirlo así, una ciudad, una región de Francia que no haya tenido que padecer, particularmente bajo Luis XIII, terribles epidemias. Las medidas más draconianas eran aplicadas por la policía y miraban tanto a calmar los ánimos como a detener el contagio. Se colocaba una cruz delante de las casas que albergaban apestados para advertir que no se entrara; el viático no podía administrarse más que de noche y sin toque de campanilla. A los nobles del lugar les estaba prohibido huir, las campanas no podían sonar, las pilas del agua bendita tenían que estar vacías. […] El señor Vicente desafiaba todas estas consignas» (André Dodin, «San Vicente y los enfermos», en Anales de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, tomo de 1974).

[3] Jean-Pierre Renouard, CM, «La peste en los tiempos de San Vicente», en https://cmglobal.org/

[4] Cfr. Federico Ozanam, discurso a la conferencia de Florencia, año 1853.

[5] Ozanam participaba en varios grupos de debate para universitarios, denominadas conferencias (de derecho, de historia).

[6] Raphaëlle Chevalier-Montariol (ed), « Notes biographiques sur Frédéric Ozanam, par Amélie Ozanam-Soulacroix », en Frédéric Ozanam : actes du colloque des 4 et 5 décembre 1998, p. 313..

[7] Cfr. Sal 91,7-10.

[8] Mons Baunard, Federico Ozanam en su correspondencia, capítulo 3.

[9] Gérard Cholvy, Frédéric Ozanam : L’engagement d’un intellectuel catholique au XIXe siècle. París: Fayard, 2003, capítulo 5.

[10] Ibidem.

[11] La Basílica de Nuestra Señora de Fourvière está ubicada en lo alto de la colina homónima de Lyon. La devoción a la Virgen María, bajo la advocación de Fourviére o la Inmaculada de la Medalla Milagrosa entre otras, se incrementó enormemente a causa de la pandemia: «la epidemia de cólera que acababa de tener lugar contribuyó mucho al crecimiento de la piedad mariana» (Cholvy, ibidem).

[12] Bulletin de la Société de Saint Vincent de Paul, vol. 1 (1849), 250-252.

[13] Mons Baunard, o. c., capítulo 21.

[14] Ibidem.

[15] Cfr. Carta a la señora Soulacroix, del 6 de junio de 1849.

[16] En su origen, la SSVP era una asociación solo de hombres.

[17] Cfr. Anónimo, “La Società Femminile di San Vincenzo de Paoli”, disponible en http://www.sanvincenzoitalia.it/chi-siamo/origini/societa-femminile/

[18] Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl (2003), nos 1.2 y 1.3.

Javier F. Chento
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Etiquetas: coronavirus

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