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Se aproximaban las fiestas navideñas por el año de 2005: a veces olvidamos fechas exactas, pero los hechos reales, sean alegres o tristes, quedan tatuados en la mente y en el corazón.

Recuerdo la alegría con la que partimos, como de costumbre, entre las 4 am de la mañana de un domingo de diciembre, desde San Salvador hasta Jucuarán, en el departamento de Usulután, un lugar de misión y de formación. Pasamos por Puerto Caballo hasta Salamar (una localidad rústica de ensueño, tanto por el paisaje maritimo como por las bellas personas del lugar); éramos un grupo de alegres chicas de MISEVI, graduadas y estudiantes de la Escuela de Teología San Vicente de Paúl, intrépidas, arriesgadas, ¡soñadoras de un mundo mejor!

Cargamos la camioneta con piñatas, dulces, pasteles, refrescos, ropa, utensilios de cocina, regalos (juguetes donados por las Hijas de la Caridad de San Jacinto, si mal no recuerdo, por Sor Elba del Hogar de Niño y Sor Ana Rosa), y todo nuestro amor. Cantábamos en el camino, para que no nos diera sueño y que nuestra conductora, Rosita Cándida, maestra de profesión y misionera por vocación, no se sintiera soñolienta. Antes de salir, rezamos pidiendo bendición, que nuestro Señor Jesús nos guardara en el camino y que San Vicente se sintiera feliz de nuestro compromiso de compartir su carisma de solidaridad y acompañamiento a los pobres en lugares lejanos; debemos mencionar que, en los años al inicio de la guerra interna en nuestro país, hubo presencia misionera de seminaristas y sacerdotes de la Congregación de la Misión, así que muchas personas mayores de las que sobrevivieron al conflicto armado y el sacerdote de la localidad ya conocían a “San Vicente de Paul”.

Dejamos la carretera principal en el cruce que lleva a una de las playas más hermosas del país, El Tamarindo, acompañadas por el cielo azul celeste intenso, la brisa suave y fresca que caracteriza el mes de diciembre y ese aroma a la caña de azúcar.

Entramos a Puerto Caballo, pasamos la Bocana-Bocanita y luego la calle rústica, y empolvada para Salamar. De pronto, los gritos de alegría de los “cipotes”, como se les llama afectuosamente a los niños en mi país: “¡Mamá, mamá! ¡Las hermanas de las piñatas y regalos!” Nos agitaban sus manitas, sus rostros hermosos, ojos saltones y esa sonrisa franca e ingenua que solo los niños tienen. “¡Los esperamos a las 10!”

La parada obligatoria: avisarle a la Niña Lucía que fuera con todos sus hijos. Niña Lucía es una señora tan especial, amable, no puede leer pero conoce la biblia muy bien, tan enorme su corazón que nos recibía siempre llena de amor.

Y llegamos a Salamar, a una galera de viejas láminas por techo y sostenida por restos de árboles, predio de tierra pero sumamente limpio. Comenzamos a preparar las mesas, colocando los juguetes de niños y de niñas, a colgar las piñatas, a clasificar la ropa de pequeña, mediana y grande, y a preparar las bolsitas con dulces, las bebidas y la repostería (pastelitos de turrón y pan).

Cantamos y se realizaron dinámicas con los pequeños, y llego el momento de “reventar” (quebrar) las piñatas.

Se acercó al grupo un señor alto. Su ropa desgastada, con una “matata” (especie de morral de pita) al hombro, sombrero en sus manos para saludarnos con cortesía, esa humildad tan hermosa de los hombres de campo.

Y se dirigió a mí, no porque estuviera de jefa, sino porque estaba sentada en una silla con un bastón y parecía la mamá de las chicas de grupo (por aquellos días tenía fracturado un dedo de mi pie).

Me dijo ceremoniosamente: “Hermana, cuando yo era un niñito, mi papá me llevaba a asear los jardines de la gente adinerada de las ‘Escalones’ (histórica Colonia Escalón), en donde habitan gente muy adinerada —aclaró nuevamente—. Y yo miraba a los niños reventar las piñatas y tirarse a recoger los dulces, y desde esos años tuve ganas de hacerlo alguna vez en mi vida; yo le quiero pedir permiso para hacerlo ahora”. No sé cómo no me desplomé a llorar en ese momento; aún cuando lo cuento —más ahora, escribiéndolo— me pongo a llorar, un momento de sentimientos encontrados, inexplicables. “Sí, hermano, claro que sí” —le respondí. Le preguntamos su nombre y nos respondió «Juan» con una emoción de niño y una sonrisa tan tierna. Con sus ojitos “brillositos” y mucha emoción, le “dio duro a la piñata”, cinco veces. Luego, le entrego el  “palo” a una de las chicas y nos dijo: “¡Gracias, muchas gracias!”. Nosotras no sabíamos qué hacer de la emoción y se nos ocurrió compartirle la repostería, darle una bolsita de dulces, un refresco y un gorrito. Lo invitamos a que seleccionara su juguete; tomó un camión de la mesa y prosiguió su camino con el sombrero puesto, la “matata” al hombro y el camión bajo el brazo.

Fue uno de los momentos mágicos de la misión. El compartir con los humildes hizo tan feliz a Don Juan y sacó al niño que llevaba dentro.

Podrá parecer una sencilla actividad; pero lo grande que significó para Don Juan, inexplicable.

La enseñanza que nos dejó a nosotras ha sido una huella de amor aprendida del carisma vicentino. El de amar, el de procurar un mundo mejor, de llevar la buena nueva, llena de alegría, y un serio compromiso de seguir comprometidos desde donde nos depare el destino: Acompañar al pobre con amor, solidaridad, llorar sus tristezas, ser luz en la oscuridad, servir sin límites.

Autor: Rosa María Araujo.

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