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Fuera de ciclo, de lo usual, lo acostumbrado

por | Dic 5, 2019 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

En la persona de Jesús se revela que el amor de Dios se impone en la última instancia (Adviento 2002). Los cristianos, pues, no pueden sino estar fuera del círculo de desesperanza.

Para quienes le atribuyen al tiempo un carácter cíclico, los sucesos solo se repiten. Nada nuevo ocurre. No puede haber, pues, cielos nuevos ni tierra nueva que nos infundan esperanza. En el círculo, se echa fuera toda esperanza.

Pero los cristianos somos descendencia de Abrahán y herederos de la promesa (Gal 3, 29). Y la promesa, que inicia y determina la historia, la lleva también a la plenitud que está fuera aún de nuestro alcance (J. Moltmann, Capítulo 2: Promesa e Historia). Pero esa promesa es motivo de esperanza para los que peregrinamos hacia la realización de la misma promesa.

Y albergamos la esperanza aun encontrándonos en un mundo, cada vez más deprimente, en el que reinan el partidismo, las mentiras, el abuso de poder, la violencia y la injusticia. Pues, primero que nada, Dios va concediéndonos la paciencia y el consuelo. Él saca lecciones de la historia para que no repitamos los pecados del pasado.

En segundo lugar, esperamos porque se nos hace posible cambiar nuestras vidas. La llamada a la conversión que nos dirigen Juan Bautista y Jesús nos abre el camino para salir fuera. Fuera del ciclo de la presunción y la desesperación y, peor todavía, de la conformidad con el presente que hay que cambiar (véase Moltmann, Introducción).

Tenemos esperanza, en tercer lugar, porque Dios nos guía de manera revolucionaria por el camino que lleva a la ciudad permanente. Es decir, Dios lo pone todo boca abajo. Rompiendo con lo usual y lo acostumbrado, Dios brinda esperanza a los que están fuera, en las periferias.

Más importante aún, por cambiar el orden de las cosas, poniendo fuera lo que está dentro, y dentro lo que está fuera, Dios nos indica lo que significa convertirnos.

La conversión, desde luego, quiere decir cambio de pensar y sentir, cambio de actitudes. Como lo expresa el Papa Francisco: «Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes». Pero prueba del arrepentimiento interior es el buen fruto que se espera del arrepentido.

Y dar el fruto que exige la conversión en un mundo puesto boca abajo significa ponerlos arriba a los pobres (véase J. Freund). Es cambiar nuestras vidas de modo que colaboremos humildemente con el Ungido de Dios. Él defiende con justicia a los humildes, pobres, indefensos. Se apiada de ellos, los ayuda y libra, y salva la vida de ellos.

Dar buen fruto es hacer lo que la Inmaculada, a saber, dejar que la contemplación de la Anunciación la impulse a la acción de la Visitación. Es ser una Iglesia pobre para los pobres (EG 198). Y acoger a los pobres, que son ellos nuestros señores y nuestros amos, aunque no somos dignos de servirles (SV.ES XI:273). Haciéndolo, imitamos el ejemplo que nos dio Jesús, a quien remembramos, haciéndole presente de nuevo en medio de nosotros.

Señor Jesús, por tu amor te entregaste en manos de pecadores y moriste en la cruz, fuera de Jerusalén. Pero resucitaste al tercer día. Danos valor y paz cuando nos parezca que el mal se está imponiendo.

8 Diciembre 2019
Domingo 2º de Adviento (A)
Is 11, 1-10; Rom 15, 4-9; Mt 3, 1-12

Inmaculada Concepción
Gén 3, 9-15. 20; Ef 3, 1-6. 11-12; Lc 1, 26-38

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