Como su Padre, Jesús es misericordioso.  No se complace en la muerte de los pecadores, sino en que cambien de conducta y vivan, llenos del fruto de justicia.

Cuentan a Jesús unos desconocidos la matanza de unos galileos.  ¿Son zelotes ellos quienes buscan convencerle?  ¿Están ellos en espera de una respuesta que denuncie a Roma?

Pero puede ser que sean simplemente personas en busca de una explicación.  ¿Sean tal vez personas de espera que quieren que Jesús les ayude a entender tal tragedia?

Sean quienes sean, sin embargo, o cuáles sean sus motivos, rechaza Jesús la creencia de que las desgracias son castigos divinos.  Deja claro que los galileos perecidos no eran más pecadores que los demás galileos.

Además, Jesús mismo les recuerda la muerte de dieciocho individuos en un accidente ocurrido en Jerusalén.  Asegura él que los muertos no eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén.  Quizás los de Judea crean que son mejores que los de Galilea.  Pero necesitan, al igual que los galileos, arrepentirse.

Así que todos tenemos necesidad de arrepentirnos, teniendo en cuenta especialmente que ningún hombre vivo es inocente frente a Dios (Sal 143, 2).  Realmente, nadie podrá resistir si el Señor lleva cuentas de los delitos (Sal 130, 3).  Solo espera uno, pues, que le tenga misericordia el que de quien procede el perdón.  El Señor espera con paciencia porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión (2 Pd 3, 9).

Y no hay tiempo que perder, que es limitado el tiempo que tenemos para nuestra vida.  Lo tenemos que aprovechar, pues, procurando hacernos lo que debemos ser.

Espera y espera y sigue esperando Jesús, deseando que seamos productivos, como nos lo enseña la parábola abierta de la higuera estéril.

No podemos perder tiempo juzgando a los demás, llevando cuentas de sus delitos, deleitándonos en las desgracias ajenas.  Perder tiempo así solo pone de manifiesto nuestra visión distorsionada de Dios.  De un Dios cruel y justiciero que se disfruta buscando a quiénes cazar y castigar.

Debemos juzgarnos más bien a nosotros mismos.  Hemos de preguntarnos si nuestro arrepentimiento queda demostrado en el fruto que damos nosotros.  Convertirnos de manera cristiana quiere decir concretamente seguir a Jesús.  Él es el viñador que siempre espera y nos da oportunidades.   Pero sin saber cuánto tiempo nos queda en la tierra, solo podemos esperar que no sea demasiado tarde.  Nos toca dar, —con la ayuda de la gracia de Dios—, un final feliz a la parábola abierta.

Y no necesitamos hacer una multiplicidad de cosas (SV.ES IX:932) ni hacer los «33 actos» (SV.ES I:149).  Pues lo que importa sobre todo es la confianza en la bondad y el amor de Dios.

Señor Jesús, concédenos seguirte hasta la entrega del cuerpo y el derramamiento de la sangre.  Tú esperas que pasemos también haciendo el bien.

24 Marzo 2019
3º Domingo de Cuaresma (C)
Éx 3, 1-8a. 13-15; 1 Cor 10, 1-6. 10-12; Lc 13, 1-9


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