En ocasiones, alguien importante para nosotros nos dice algo que nunca olvidamos: un padre o miembro de la familia, un amigo, un maestro. En diversos momentos y lugares, las palabras que nos dijeron vuelven a nosotros y nos brindan comprensión, confianza o calma, cuando estamos en una situación particular. Quizás, especialmente, las palabras que recordamos de nuestros padres tienen este peso especial.

Pensaba en esto al reflexionar sobre Jesús y la experiencia de su Bautismo. Es el comienzo del ministerio público de Jesús. Está a punto de embarcarse en el apostolado que caracterizará su vida. Se había puesto en la linea de aquellos que buscaban el bautismo de Juan, esperando su turno. Juan no quiere bautizarlo porque se siente indigno. Después del bautismo, Jesús escucha estas palabras:

“Tú eres mi hijo amado,
en ti me complazco
”.

Qué palabras tan maravillosas, palabras que cualquier niño estaría encantado de escuchar de un padre.

Ahora bien: esto ocurre antes de que Jesús haya hecho algo. Está a punto de comenzar la labor de su vida y se lo afirma de esta manera tan poderosa. “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco”. Quizás esta es la cuestión: el amor del Padre por Jesús no es algo que se gana o se pierde, sino algo que se da de manera libre y permanente, y sin calificación. Jesús sabía que el Padre lo amaba, pero habiéndolo dicho de manera tan clara y audaz, profundiza su verdad a nivel humano. Jesús sabía que era amado. Sin embargo, era necesario decirlo en voz alta y escuchado claramente.

Cuando Jesús hablaba del Padre, lo hacía de manera tan profunda que reflejaba el amor del Padre por todos sus hijos. Es el padre acogedor que quiere que todos sus hijos vuelvan a casa y estén con él para siempre.

Qué maravilloso y poderoso regalo ese que Padre le da a Jesús el día de su bautismo: la seguridad de que el Padre lo amó y lo apoyó.

En nuestro Bautismo, Dios nos dice esas mismas palabras a cada uno de nosotros: “Tú eres mi hijo amado. En ti me complazo”. Necesitamos escuchar esas palabras y permitirlas que guíen nuestras vidas, tal como lo hizo Jesús. Marca una gran diferencia el saber que el Padre nos ama incondicionalmente y para siempre. No importa lo que hagamos, Dios nos ama. No importa cuánto nos alejemos, Dios se queda con nosotros. No nos ganamos el amor de Dios y nunca podemos perderlo. Parece tan simple de decir, pero es la verdad. Necesitamos decirlo y escucharlo y creerlo. Marca totalmente la diferencia en el mundo por cómo vivimos.

Cuando nos levantamos por la mañana y sabemos que somos amados, el día comienza con el pie derecho; Cuando nos vamos a la cama por la noche y nos damos cuenta de que no fue un gran día, podemos decirnos que Dios nos sigue amando, por muy malo que haya sido.

La historia del Bautismo de Jesús nos recuerda esa verdad en su vida y la diferencia que marcó. Captemos esa verdad para nosotros mismos. Recordemos cómo Dios nos susurró el día de nuestro bautismo: eres mi hijo amado, en ti me complazco. Quizás lo hayamos olvidado. Oremos para que nuestra memoria se active, para que vivamos y nos tratemos unos a otros como hijos amados de Dios, como gente en quien descansa el favor de Dios.

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