Mientras leía el artículo del padre Memo en la Jornada Mundial de los Pobres, celebrada recientemente en nuestra Iglesia, no pude evitar pensar con tristeza en las mujeres que sufren situaciones de pobreza. La mayoría de las personas que son pobres son mujeres. La expresión “la feminización de la pobreza” se utiliza para describir este fenómeno. Las mujeres son la mayoría de los pobres y disfrutan de los derechos fundamentales de los seres humanos en mucho menor grado que aquellos que no son pobres… y sí, como el P. Memo señaló, normalmente sus voces son ignoradas con cinismo en nuestra sociedad.

Las mujeres representan el 70% de los 1.500 millones de personas en el mundo que viven en pobreza absoluta (que ganan menos de 2 dólares americanos al día). Realizan el 66% del trabajo mundial, producen el 50% de los alimentos, pero ganan el 10% de los ingresos y son dueñas del 1% de la propiedad. Dos tercios de los adultos analfabetos son mujeres y la mayoría de los infantes que no asisten a la escuela son niñas. Cada minuto muere una mujer por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto (más de 500.000 mujeres cada año). Una de cada tres mujeres es golpeada, coaccionada para tener relaciones sexuales o abusada por una pareja íntima en el transcurso de su vida. Cada año, cerca de medio millón de mujeres y niñas se ven obligadas a participar en el comercio ilegal de personas.

La ONU ha utilizado desde hace poco un nuevo modelo de medición de la pobreza, que evalúa múltiples indicadores de empobrecimiento. El Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) considera la salud, la educación y los niveles de vida para clasificar a las personas en niveles de pobreza. Cuando se consideran estos otros factores, a las mujeres les va aún peor que en los índices que usan solo el modelo de “dólares por día”.

Hay muchas razones por las que las mujeres tienden a ser las personas más pobres en el mundo. Estas razones están enraizadas simplemente en “ser” una mujer. Los salarios más bajos, las redes de seguridad social fallidas, las menores oportunidades educativas, la atención médica deficiente, la falta de protección y beneficios para los empleados (como son los permisos por maternidad y el cuidado infantil) contribuyen al problema. Además, las mujeres suelen ser las principales cuidadoras de niños y ancianos, lo que también las hace más vulnerables al empobrecimiento, ya que tienen menos tiempo para ganar dinero fuera del hogar.

Debido a que las mujeres pasan más tiempo haciendo trabajo no remunerado dentro del hogar, realizando tareas domésticas y cuidando niños, tienen menos tiempo para dedicarse al trabajo remunerado fuera del hogar, aunque los estudios han demostrado que, en general, las mujeres pasan más tiempo trabajando que los hombres. En los países en desarrollo, las mujeres pasan gran parte de su tiempo no remunerado realizando las tareas físicas más pesadas, como recolectar agua y combustible y cultivar y cosechar, dejándoles aún menos tiempo para el trabajo remunerado y para el cuidado infantil.

Las mujeres, tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados, a veces se ven obligadas a emigrar a otras áreas, regiones o incluso países para encontrar trabajo remunerado. Esto podría significar dejar una casa rural para trabajar en una ciudad (o viceversa) o migrar desde, por ejemplo, un país como México para realizar trabajos agrícolas de temporada en un país como los Estados Unidos. En cualquier caso, una mujer que migra para trabajar tendrá que encontrar a alguien que cuide de su familia mientras ella está ausente. Al mismo tiempo, no obstante, las mujeres que tienen hijos a menudo no pueden migrar a regiones con mejores oportunidades de trabajo.

El rol tradicional de las mujeres como cuidadoras dentro del hogar ha llevado a una limitada elección de trabajo fuera del hogar. Estas ocupaciones tienden a ser relativamente inestables, informales, de pago más bajo y, en algunos casos, más peligrosas que otros trabajos.

El “trabajo de las mujeres”, que significa el tipo de trabajo que las mujeres suelen realizar de forma gratuita dentro de sus hogares y comunidades, y que a menudo buscan fuera del hogar, como el cuidado de niños o ancianos, generalmente se considera menos valioso que el trabajo que se percibe que requiere más capacitación o educación. Por lo tanto, está menos regulado y ofrece salarios más bajos.

El padre Memo animó a cada miembro de la Familia Vicenciana a “recordar su vocación fundamental: estar cerca de los pobres, escuchar sus gritos y, desde allí, ser la presencia de Dios que, con nuestros oídos, los escucha, y que también les ayuda usando nuestras propias manos, nuestra compasión, nuestra acción sistémica y nuestra defensa política”.

Al comenzar este tiempo de Adviento, en el que nuestros pensamientos se centran en la Encarnación, reflexionemos sobre la grandeza de las mujeres y la necesidad de reconocer sus derechos humanos y necesidad de protección social. Escuchemos atentamente los gritos de las mujeres pobres y procuremos trabajar con ellas para cambiar su realidad con dignidad y esperanza.

Mary Ann Dantuono – Representante de AIC en la ONU – Nueva York.

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