Jesús, aunque no tiene pecado, es el arrepentimiento en persona.  Nos llama él y nos envía a predicar el arrepentimiento y hacernos signo visible y eficaz de lo que predicamos.

Comienza Jesús su ministerio público proclamando:  «Está cerca el reino de Dios.  Arrepentíos y creed en el Evangelio».  Indudablemente, forma parte íntegra de su predicación el arrepentimiento.

Arrepentimiento quiere decir diferente o nuevo.  Jesús es diferente.  Es de Galilea, de la que no ha salido supuestamente ningún profeta.  Viene además de Nazaret, lo que debe despertar la curiosidad de los que se preguntan si algo bueno puede salir de allí.  Y como el profeta definitivo, Jesús realiza algo nuevo que Dios prometió mediante los profetas.

El arrepentimiento significa sobre todo cambio de vida, de pensar, sentir, proceder.  Cambian de vida los llamados por Jesús.  Pedro y Andrés dejan inmediatamente sus redes.  Por su parte, Santiago y Juan dejan a su padre y se marchan en pos de Jesús.

Y los enviados de Jesús no cumplen con su misión de cualquier manera.  Ni lo hacen según sus deseos.  Lo hacen según el encargo del que los envía.  Su misión depende totalmente de él.  Es decir, Jesús es «la regla de la misión» (SV.ES XI:429).

El arrepentimiento significa unos procederes concretos.

Los envía Jesús a sus elegidos de dos en dos, lo que da a entender que la misión es comunitaria.  Se nos indica también que el testimonio de los misioneros es creíble.  Es que son dos los que lo dan (véase Dt 19, 15).  Por tanto, frenta a los que los rechazan, los misioneros de Jesús sacuden el polvo de los pies.  Es su manera de dar testimonio en contra de los que no los reciben ni los escuchan.

Es propio del arrepentimiento de los enviados de Jesús desprenderse de la seguridad de los instalados.   Los misioneros de Jesús son itinerantes, sin ningún santuario del que pueden vivir.  Y solo se les permite lo necesario para el camino y nada más, nada superfluo.  Les basta con que Dios lo haya colmado de bendiciones en Cristo.  Que tengan poco, esto lo exigen la disponibilidad y la confianza en Dios que Jesús quiere que ellos desplieguen.

Es que los esperan otros lugares, para que prediquen ellos también allí y expulsen los demonios.  Son partícipes, desde luego, de la autoridad de Jesús, no de la de los jefes mundanos.  Éstos tiranizan a los demás, mientras Jesús es un servidor y sanador.  El bastón cristiano, pues, nada tiene que ver con ser servido.  Tiene que ver, más bien, con servir y dar la vida en rescate por los demás.  De esto se trata la Eucaristía.

Señor Jesús, haz que seamos signo visible y eficaz del arrepentimiento que proclamamos.

15 Julio 2018
15º Domingo de T.O. (B)
Amós 7, 12-15; Ef 1, 3-14; Mc 6, 7-13


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