Beato Ramose Lucien Botovasoa, mártir de la fe y la caridad

por | May 1, 2018 | Noticias | 0 comentarios

Vohipeno es un centro distrital de la región sur de Madagascar, en la diócesis de Farafangana, a 42 kilómetros de Manakara, la ciudad más cercana. En este pueblo, de más de 10.000 habitantes, tuvo lugar un excepcional evento. ¡Durante tres días, Vohipeno ha visto cuadruplicar su población! ¿Por qué razón? No hay palabras que puedan describir apropiadamente este evento, que tuvo lugar el 15 de abril de 2018. En este día se reunión una gran multitud, proveniente no sólo de las cuatro esquinas del país sino también de otras partes del mundo, personas católicas, no católicas, religiosas, no religiosas, creyentes, no creyentes, políticos por todas partes, periodistas ansiosos de noticias sensacionalistas, o sencillamente curiosos… Más de 80.000 personas se reunieron en Vohipeno para no perderse un evento que marcará un hito en la historia de esta capital del país, Antemoro, bien conocida por historiadores y antropólogos, acostumbrados a eventos históricos… Sin embargo, ¡nunca ha habido una beatificación en la región!

La pequeña colina de Tanjomoha se encuentra a la entrada de Vohipeno. El padre Deguise, misionero de la Congregación de la Misión, se hizo monje y eligió Tanjomoha para vivir como ermitaño; él fue el primer Postulador de la causa de Lucien Botovasoa, siendo monseñor Chilouet, misionero paúl (1964), el primer Obispo de la Diócesis de Farafangana. Ya sea por casualidad o por gracia, este mismo cerro fue elegido por los organizadores, 50 años después, para celebrar la beatificación de Lucien Botovasoa.

Para los 80.00 peregrinos, la colina de Tanjomoha se convirtió en un auténtico «Monte Thabor» (el monte de la transfiguración, ver Marcos 9). ¿Por qué? Durante unas horas, durante la celebración de la beatificación de Lucien Botovasoa, los peregrinos experimentaron lo mismo que los tres discípulos en el monte Tabor, durante la Transfiguración de Nuestro Señor. Al igual que Pierre, todos vivieron un momento muy intenso y nadie quería partir… Fue, también, un verdadero Pentecostés… Los corazones ardían escuchando la hermosa homilía del cardenal Piat, delegado del Papa, entonando las bellas canciones y siguiendo todos los gestos litúrgicos bien acompasados… Como los discípulos de Emaús, que se encontraron con el Señor resucitado y regresaron a Jerusalén para anunciar la alegría de la Pascua, estas multitudes se sintieron felices de haber sido tocados por la gracia, deseando a todos y todas, después de ver las maravillas de Dios, tras los passos del beato Lucien Botovasoa, ser ahora constructores y paz y reconciliación y, por qué no, ser llamados a ser testigos de la justicia, la verdad… En este momento, el país lo necesita mucho.

Pero ¿quién es Lucien Botovasoa, el nuevo beato? Regresemos a la presentación oficial. Aquellos que quieran tener más detalles, pueden consultar el hermoso libro de François Noiret, vicepostulador de la causa, publicado por Editions de St Paul d’Antananarivo (existen versiones en malgache y en francés). También hay una tira en dibujos (ver foto).

Lucien nació en 1908 en Vohipeno (región de Vatovavy Fitovinany en Madagascar); fue bautizado a los 14 años. Murió a los 39 años; vivió toda su vida como cristiano, padre, maestro católico, y terciario franciscano comprometido, entregado completamente al Señor y a los demás, como un verdadero apóstol de la caridad y la fe. El punto culminante de su vida fue la “corona del martirio”, el 17 de abril de 1947 cuando durante los disturbios que estallaron durante la Guerra de la Independencia, Lucien demostró su búsqueda sin fin de la reconciliación.

No dejó escritos, pero su vida es un “libro escrito a la luz de la Pasión de Nuestro Señor Jesús”.

Su martirio, como el de todos los cristianos de la historia desde San Esteban, imita la pasión de Jesús. Todo lo que Jesús vivió desde el Tribunal hasta el Gólgota lo encontramos casi al pie de la letra en el relato del martirio de nuestro beato. Citemos tan solo esta oración, que pronunció antes de morir: “Oh Dios, perdona a mis hermanos que están aquí, porque ahora tienen un deber muy difícil de cumplir conmigo”. (Andriamanitra ô ! Mamelà ireto rahalahiko ireto fa sarotra aminy izao adidy ataony amiko izao.) Ciertamente, como la oración de San Esteban, esta oración de Lucien fue “poderosa”, ya que obtuvo la conversión de Tsimihino, el Rey que había promulgado la sentencia de muerte.

Lucien es quien vivió la batalla real, la lucha contra los males que devoran nuestras sociedades: los celos, el orgullo y ese respeto humano (henamaso) que oculta la verdad frente al vecino para no destruir el buen entendimiento (ny fihavanana); y son estos mismos males los que impiden el verdadero desarrollo de nuestra Nación.

Lo que caracterizó especialmente el martirio de Lucien fue su amor por sus compatriotas y sus perseguidores. Él ha sido llamado Rabefihavanana (el Reconciliador).

+ Marc Benjamin Ramaroson, cm
25 de abril de 2018
Solemnidad de San Marcos, evangelista
Fuente: http://www.cmglobal.org

 

Vida y muerte del Beato Luciano BOTOVASOA, mártir

 En Madagascar los discursos y presentaciones inician a menudo con un proverbio; y el que me parece resumir mejor mi intención dice así: “las palabras conmueven, pero las acciones arrastran” (Ny teny manaitra fa ny atao no mahasarika). El beato Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi lo proponía de esta manera «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (EN 41).

Para sus compatriotas, el Beato Luciano Botovasoa (1908-1947) era en efecto «maestro-testigo»: lo llamaban Ramose, «maestro» y se nos presenta hoy como mártir «testigo» de Cristo. Es un ejemplo vivo que el mundo necesita, sobre todo los jóvenes. Fallecido a los 39 años, llevó una vida de cristiano, padre de familia, profesor católico, terciario franciscano comprometido, entregado al Señor y al prójimo, como auténtico apóstol de la fe y la caridad. El culmen de su vida fue la corona del martirio el 17 de abril de 1947, la cual, manifestaba su búsqueda continua de la reconciliación en medio de las turbulencias de la guerra de independencia.

No dejó ningún escrito, pero su vida es un «libro escrito a la luz de la Pasión de Nuestro Señor Jesús». Su martirio, como el de los cristianos de todos los tiempos desde San Esteban, es un testimonio de Jesús. Lo vivido por Jesús desde el interrogatorio hasta el Gólgota se reproduce casi a la letra en el relato del martirio de nuestro Beato.  «Oh Dios, perdona a estos hermanos que van a cumplir un deber abrumador para conmigo» (¡Andriamanitra ô! Mamelà ireto rahalahiko ireto fa sarotra aminy izao adidy ataony amiko izao.). Como la oración de san Esteban, esta oración de Luciano fue poderosa, ya que obtuvo la conversión de Tsimihino, el rey que lo sentenció.

Luciano libró el verdadero combate, el combate contra los males que corrompen nuestra sociedad: envidia, orgullo y respeto humano que esconde la verdad ante el prójimo para no dañar la armonía aparente; los mismos males que hoy estorban al verdadero desarrollo de este país.

En el martirio, Luciano mostró amor por sus compatriotas y sus perseguidores. Por algo también le llaman Rabefihavanana (El Reconciliador).

Los primeros pasos en la fe

Luciano Botovasoa nació en Vohipeno, pequeño poblado de la costa sureste de Madagascar, en la diócesis de Farafangana, a más de 1000 km. de la capital Antananarivo.

Al no haber registros de esa época, se calcula su nacimiento hacia 1908. Vivía en el barrio Ambohimanarivo, en la zona baja, cerca al río Matitatana. Sus padres eran José Behandry y Filomena Neviantsoa, campesinos humildes, como tantos otros del sureste de Madagascar, sometidos a los caprichos del clima. Lograban sobrevivir con cultivo de arroz y otros productos secundarios como el café, pimienta, clavo de olor, etc. Eran cultivos de reciente entrada por parte de los colonos. Practicaban una religión tradicional, pero con apertura hacia otras visiones. Al contacto con la fe cristiana, muchos se convirtieron y pidieron el bautismo, entre ellos Luciano Botovasoa, bautizado a los 13 años, antes que sus padres, quienes también lo recibieron más tarde.

José y Filomena tuvieron nueve hijos, entre ellos Luciano, quien inició estudios en la escuela pública de Vohipeno y pasó luego a la escuela de la misión católica. Por su talento, el P. Pedro Garric facilitó su traslado a Fianarantsoa donde los padres jesuitas para formarse como educador. Luciano aprovechó su estadía para formarse espiritual e intelectualmente, ya que su principal objetivo era hacer progresar su región.

El ideal de vida de Luciano: ser un laico ejemplar, apóstol en el corazón del mundo Educador cristiano y apóstol de los jóvenes. Trabaja como profesor en la escuela de San José de Vohipeno junto a la iglesia parroquial, en la parte alta, pero vivía en lo bajo de la colina en la casa de familia. Se distinguió como un profesor competente, diligente y cuidadoso que explicaba a sus alumnos con claridad y tacto las materias. Como educador cristiano, se preocupó de la instrucción cristiana de los niños a quienes impartía el catecismo tanto dentro como fuera de los horarios de clase. En las tardes hacía lectura de las historias de los santos a quienes lo deseaban. Las historias de los mártires eran sus preferidas y las contaba con un tal fervor que tocaba los corazones. Oyéndolo, se podía adivinar que también ardía en él, el deseo del martirio, como relataban sus antiguos alumnos.

Matrimonio y vocación de laico cristiano. El 10 de octubre de 1930, con 22 años, se casa con Susana Soazana, una joven de 16 años proveniente de Ambohimanaribo. Tuvieron seis hijos: Vicente (n. 1931), Francisco (n. 1934), Columbano (n. 1942), Gayana (n. 1936) y Francia, nacida en 1947, siete meses luego de la muerte del mártir.

Una Hija de la Caridad de Vatomasina, Sor María Josefa, dijo en algún momento a Luciano: «Usted tan piadoso y que hizo estudios en colegio de sacerdotes, si hubiera entrado al seminario se habría hecho sacerdote. ¿no lamenta el haberse casado?» Luciano respondió: «No lo lamento; al contrario, me siento feliz en mi estado porque a ello me llamó Dios: ser laico, casado, educador. Yo vivo con la gente del pueblo y está a mi alcance convencer a muchos, mientras que ustedes, sacerdotes y religiosas, no pueden, ya que la mayoría son todavía no cristianos. Está a mi alcance mostrarles un ejemplo de cristiano que les sea accesible, pues para ellos no soy forastero.»

El 18 de agosto de 1935 se unió a la asociación de Cruzados del Corazón de Jesús que acababa de fundarse en Vohipeno y de ella formará parte hasta el fin de su vida.

Luciano adquiere membresía en la Tercera Orden Franciscana: Luciano quería más, quería hacer un don más completo de sí mismo al Señor y buscaba el camino de la perfección. Podría llamarse un estado de «religioso laico». Encontró en la Tercera Orden de san Francisco, lo que respondía mejor a sus aspiraciones, a su vocación.

Otros cristianos laicos de Vohipeno se le unieron, como el caso de quien lo inició en la fe, Margarita Kembarakala. Con ellos fundó una fraternidad franciscana que dirigía y animaba con palabra ferviente. Luciano instaló en el muro interior de su casa una imagen de San Francisco de Asís donde aparece acompañado de un lobo.

Luciano acrecentó su tiempo de oración. Se levantaba a media noche para orar y después a las dos de la madrugada. A las cuatro se iba para la iglesia para meditar antes participar en la misa de las seis. Ayunaba los miércoles y viernes, de acuerdo con la regla de los Terciarios; no obstante, le recomendaba a su mujer cocinar suficiente para ella y sus hijos.

Como vestuario se contentaba con un pantalón y una camisa caqui, “el color usado por los Terciarios”, decía él. Los portaba incluso los domingos. Un cordel le servía de cinturón.

Esposo y padre atento, dedicado, con un celo no siempre bien entendido por su mujer que sólo lo veía como un empleado de una comercializadora de café. Pero eso poco le importaba a él, dedicado a vivir su fe «única fuente de felicidad», como se lo decía a sus allegados. Preocupado por la educación de sus hijos, los envió a estudiar en la escuela de la misión.

En la vida cotidiana todos reconocían su honestidad ejemplar. Una vida ceñida a la fe, la oración y el apostolado, «su corazón no tenía otro apoyo que la fe», decía su mujer a todos los que le conocieron.

Hombre de intensa oración, detentaba también una gran mansedumbre y con delicadeza sabía invitar a los que encontraba para unirse en la oración. Siempre con rosario en mano, le apodaban «grano de piko-piko», granos con los que se fabrican las camándulas.

El martirio de Luciano Botovasoa

En 1947, la región de Matitanana estaba políticamente agitada. Había dos partidos enfrentados: el MDRM que quería la independencia inmediata y la PADESM, partidaria de la administración colonial que buscaba una independencia a plazos.  Luciano permaneció ajeno a lo político. No se inclinó por un bando ni por el otro. Su rol estaba en otro ámbito. La PADESM de Vohipeno quiso presentarlo como candidato a la elección para la asamblea de provincia de 1947, pero él lo rechazó tajantemente aduciendo: «La política me es completamente ajena. Como saben, sólo me gustan los asuntos religiosos, a los que dedico toda mi jornada. Presento mis excusas. Busquen a otro». Ante su total rechazo, fue insultado delante de la gente por el administrador Dumont, que lo apartó como a un “perro” o animal impuro, causándole una fuerte desazón.

Por otro lado, el MDRM, considerándolo inteligente y aglutinador, quiso hacerlo secretario del partido, pero él afirmó «no estar de acuerdo con esa política que siembra la violencia, derrama sangre y que quema iglesias». Ello le valió la sentencia de muerte por decapitación.

Así pues, el jefe del clan pronunció sentencia. Los más jóvenes acorralaron al maestro y lo presentaron. «Era de noche» (Juan 13,30), alrededor de las 10 p.m. a orillas del río Matitanana, no lejos del matadero, solían hacer las ejecuciones. Dejando la ruta principal, se cruzaba un arroyuelo sobre un tronco que servía de puente. Antes de cruzarlo, Luciano pidió tiempo para orar; se refugió junto a un arbusto al oeste del camino, se arrodilló y oró en voz alta.

«Yo estaba a su lado, refirió un testigo que oyó claramente su oración, y de esto me acuerdo. Se la digo al pie de la letra», dice un joven al P. Deguise: «Dios mío, perdona a estos hermanos que van a cumplir un deber abrumador para conmigo. Que mi sangre derramada en tierra, pueda servir a la redención de mi patria».

Conmovido me volví hacia mis compañeros y les susurré: «¿Van a matar a un hombre como este?, ¿no temen acaso?» – «Es que nos encargaron esto, cada uno teme por su propia vida». «El maestro oró en voz baja por diez minutos (soy protestante y no soy capaz de repetir esas oraciones. Luego Botovasoa se puso de pie.

Una vez junto al río, se arrodilló y retomó la oración, repitiendo las palabras que ya había dicho. De rodillas se inclinó y continuó orando a la espera del golpe. Los verdugos eran sus antiguos alumnos, tenían miedo y vacilaban, a pesar de que el maestro les ordenó asestar el golpe.

Aquellos que empuñaban machetes vacilaban. Los meneaban sobre la cabeza del condenado hasta que Luciano les dijo: «Se los ruego, no meneen los machetes de un lado al otro, procuren cortarme el cuello de un tajo» y él hizo el gesto con la mano, dicen los testigos. Algunos dicen que hasta lo dijo en tono de broma como acostumbraba. Estaba listo para el martirio y corría el riesgo de acobardarse si la prueba se alargaba.

El jefe de verdugos asestó un machetazo y cortó su cabeza. Su cabeza no se desprendió totalmente ya que la vieron unida al cadáver días más tarde en las aguas. En el sitio, cada verdugo empapó de sangre su machete, como era la orden. Acto seguido arrojaron el cadáver en el río Matitanana. Portaba el hábito de terciario franciscano con pantalón y camisa caqui, ceñidos con cordel.

Las aguas se llevaron el cuerpo que finalmente entró en el mar. «Muerto ya no estaré ni aquí ni allá; estaré en todo lugar», recuerda su esposa. Luciano tenía 39 años.

Luciano nos deja un conmovedor testimonio de fe y de caridad: este es el testimonio de los que le acompañaron en su momento postrero: «Si no hubiera sido un cristiano fuerte en la fe, el maestro no estaría muerto, no se habría entregado sin repulsa».

De todos los cristianos que conocieron a Luciano, ninguno puede negar que, desde la creación de la iglesia de Vohipeno en 1898, no se había visto un cristiano –incluso mártir- al que la opinión general le atribuyera méritos de santidad.

Ateniéndose a todos los testimonios sobre Luciano y su sacrificio y, de acuerdo con lo expuesto, no hay duda de que es un mártir por la fe.

Un fruto del martirio: la conversión del asesino.

Hay un detalle curioso en lo que siguió posterior a Luciano. En 1964 un anciano de Vohipeno, llamado Tsimihino, conocido por su carácter áspero, estaba enfermo de muerte; llamó al sacerdote de su parroquia, P. Vicente Carme, quien conocía el nombre de Botovasoa, pero no la historia de este jefe de clan que le habló así: «Padre, sé que voy a morir. Yo di la orden de matar a Luciano Botovasoa hace 17 años. Ya lo llevaban para matarlo y estaba fuera del recinto del clan, cuando él da media vuelta y mirándome dice: ‘Jefe, morirás cristiano. Será difícil de entender, pero no temas, yo estaré a tu lado, debes bautizarte y morir cristiano’. Siento que él está aquí, yo no lo veo, pero lo escucho; dígame usted lo que debo creer y lo que debo hacer, pues no sé nada.»

Su sufrimiento era evidente. Bañado en sudor, estaba abandonado, con la casa a oscuras, nadie se atrevía a acercársele por su hostilidad. El padre Carme le pregunto si se arrepentía sinceramente y lamentaba el mal hecho. Respondió: «¡Cuánto apreciaba a Luciano!, ¿quién no lo quería?, no era como los demás.» El P. mandó a buscar a Margarita Kembarakala, amiga de Luciano. Era del grupo “Hijos de María” y miembro de la orden terciaria franciscana. Prepararon a Tsimihino, lo llevaron al hospital para recibir cuidados y allí lo bautizaron de urgencia. Sobrevivió todavía una semana. Llevaba su rosario en el cuello y no se cansaba de repetir: «Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecador», hasta que advino su muerte. Una recompensa inesperada como primicia de aquel que perdonó a todos y supo sufrir. Si el grano no muere, queda sólo.

+ Ramaroson Benjamin Marc, cm
Arzobispo de Antsiranana
Obispo Promotor de la Causa

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