Decir #YoSoyVicente significa vivir una vida virtuosa. De hecho, significa vivir cinco virtudes esenciales en nuestra existencia. La quinta es el Celo: la virtud de la pasión.

En su deseo de “fomentar el amor y el respeto por los pobres”, la Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl menciona como la quinta de las virtudes esenciales de sus socios el celo, del que dice que es “la pasión por el desarrollo humano pleno de las personas y por su eterna felicidad” (2.5.1) Es, por tanto, una virtud que tiene una doble vertiente: terrena y celestial. Se preocupa en este mundo por el bienestar integral de la persona; y relaciona ese bienestar con la plenitud a la que aspiramos en la eternidad.

En su acepción positiva, el celo tiene una cierta connotación de desmesura amable. Los Diccionarios de términos religiosos lo definen como gran interés por alguien o por alguna causa. Y ciñéndose a su acepción religiosa presentan el celo como la pasión por la causa de Cristo, la extensión de su Reino y la salvación de los hombres. El Diccionario de la Real Academia dice, por su parte, que el celo es un “amor extremado y eficaz a la gloria de Dios y al bien de las almas”.

En cualquiera de los casos, lo que se destaca del celo es la intensidad de su significado. Se trata de un interés grande, de la pasión por una causa, de un amor extremado y eficaz. Es, pues, una virtud que abarca a la totalidad de la persona, que pone todos sus sentidos, ideas y afectos en función de un ideal; de manera que la vida entera cobra sentido en la referencia a ese horizonte y deja de tener valor cuando el ideal o la virtud decaen. No es, sin embargo, ni un mero sentimiento ni un arrebato ocasional. Es una fuerza constante y en crecimiento; que se alimenta de amor y que se encarna en una acción eficaz al servicio de Dios y de su Reino. Y es que en nuestra tradición cultural no se trata de una virtud referida a cualquier causa, sino “a la gloria de Dios y al bien de las almas”.

Se entiende fácilmente en esta perspectiva que el celo es la gran virtud del carisma evangelizador y, por tanto, la gran virtud de quienes participamos del espíritu vicenciano. Es éste un espíritu de caridad y de misión; por lo que el celo es el dinamismo provocado por la caridad y el aliento que impulsa la misión. Decía San Vicente de Paúl muy expresivamente que “si el amor de Dios es el fuego, el celo es la llama; si el amor es el sol, el celo es su rayo”. De ahí que una persona poseída por el amor de Dios nunca descansa; siente en su interior una quemazón continua que le mueve a obrar sin parar. Entendemos muy bien esta verdad cuando observamos en la iconografía cristiana la imagen de San Francisco Javier con el pecho incendiado por el celo misionero; un celo que lo empujaba de lugar en lugar en su deseo de ganar almas para Cristo.

Federico Ozanam fue también un creyente profundamente sacudido por esta virtud del celo. Constataba con pesar que “la tierra se enfría y es a nosotros a quienes nos corresponde recomenzar la gran obra de la regeneración”. Pensaba Ozanam que esa labor de regeneración no era exclusiva de los religiosos, ya que estaba plenamente convencido de que “el seglar se encuentra asociado al sacerdote en la obra de la redención universal”; por lo que entendía su vocación cristiana como un compromiso con la misión de la Iglesia. Se entrega, por eso, al ámbito universitario donde pretende “retener en torno a la cátedra a una juventud numerosa” a la que contagiar el espíritu cristiano. Con gran perspicacia advierte, y esto es muy válido para nuestro tiempo, que “hay que mostrar a la juventud que se puede ser católico y tener sentido común, que se puede amar la religión y la libertad”. ¿De dónde nacía en Ozanam esa convicción y esa fuerza? Sin duda, de la fe apasionada en el Dios de Jesucristo y de la pasión que sentía por recrear a la sociedad desde los principios cristianos.

A la luz de estos testimonios de San Vicente y del Beato Federico Ozanam. O a la luz del modelo de Cristo, que se entrega por entero a la misión porque no tiene otro alimento que “cumplir la voluntad del Padre” (Jn 4,34). O a la luz del gran apóstol que fue San Pablo para el que vivir es Cristo (Flp 1,21), y el evangelizar no una obligación que se le impone sino una necesidad que le nace de dentro (Cfr. 1 Cor 9,16) entendemos que la virtud del celo hunde su raíz en la realidad del amor.

A menudo entendemos el amor como un arrebatado sentimiento o como una tierna sensación del alma. Pero el amor tiene más que ver con la energía que con el sentimiento, con el dinamismo que con el afecto. Implica todo eso, es verdad, sentimiento y afecto, ternura y corazón. Pero guarda más relación con el interés y la creatividad. Platón decía concretamente que “amar es crear en belleza”, porque el amor enciende la imaginación, despierta la intuición, activa la sensibilidad y genera una realidad más bella y humana. El amor sacude el interés por el otro, se centra en aquel a quien se ama, y excita la pasión por el bien del prójimo. Es una pasión que nos lleva a interesarnos por la situación del necesitado, a compartir sus sentimientos, a participarle nuestra vida, a tomar parte en la suya. Lo resume muy bien el lema de las Hijas de la Caridad, que han tomado de San Pablo: “La caridad de Jesucristo crucificado nos apremia” (2 Cor 5,14) Es una caridad que brota del amor de Dios y que se vuelca en la pasión por los pobres.

Por su carisma de caridad y de misión, el vicentino está llamado a crecer en esta virtud del celo. En esta hora de la nueva evangelización, toca a los miembros de las Conferencias participar en la misión de la Iglesia comprometiéndose más con la caridad; y esto implica una pasión grande por Dios y por sus preferidos, los pobres. De ahí que hemos de empeñarnos en cultivar una serie de cualidades que reflejen nuestro celo:

  • Cualidades como una fe ardiente, enraizada en Jesucristo, comprometida con su misión evangelizadora, capaz de contagiarse por la fuerza de su testimonio.
  • La disponibilidad total para abandonarse a la voluntad de Dios, ponerse a disposición de la Iglesia y ser testigo del Evangelio en todo ambiente y situación.
  • Una urgencia misionera, que nace del latido de un corazón ganado por Cristo y empeñado en extender su Reino.
  • Un amor apasionado a Dios, nuestro Padre, y a los pobres, nuestros hermanos. Amor que se siente. Amor que enardece. Amor que se expande. Amor que se compromete.

Fuente: http://www.ssvp.es/


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