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A comienzos de la temporada 2013/2014, un club de fútbol español, el Real Madrid, tenía una plantilla valorada en aproximadamente 571 millones de euros (unos 520 millones de dólares USA), que correspondía a la suma del valor de mercado de sus 23 jugadores. Sin embargo, el valor del club subió a casi 2.500 millones de euros (aproximadamente 2.270 millones de dólares). ¿Por qué? Porque el valor de un equipo que colabora de una forma adecuada es siempre superior a la suma de cada uno de sus miembros individuales.

Existe una palabra (de origen griego) que plasma este hecho de que la unión de varias individualidades produce un efecto superior al que se conseguiría con la suma de los efectos individuales: sinergia: “Cuando se combinan los esfuerzos de dos o más empresas, cada una con una especialidad diferente pero que se complementan, obtienen beneficios mucho mayores a los posibles a través de estrategias individuales”.

Hoy en día, nadie duda de la eficacia del trabajo colaborativo. Estamos acostumbrados a las alianzas y al trabajo en grupo.

En nuestra Familia Vicenciana, también. Sin ir más lejos, hace pocas semanas se reunían los dirigentes de las distintas ramas. Si no estuviésemos llamados a la colaboración, este tipo de reuniones y acciones serían totalmente innecesarias. Es importante, además, que estas reuniones se transformen en pautas de actuación que nos inviten a todos a convertir en realidad, de forma local, esta colaboración, para ofrecer un mejor servicio a los pobres. Los beneficios que puede aportar en la realización de una determinada acción, sea en el campo que sea, son indudables, tangibles y mesurables. Todos tenemos algo que aportar, un matiz que hacer que las acciones sean más efectivas cuando trabajamos en común.

En las Misiones Populares Vicencianas, en muchos lugares de nuestro mundo, ya es común que haya un equipo formado por miembros de la Familia Vicenciana de distintas procedencias: tanto seglares como Hijas de la Caridad y Misioneros Paúles además de otros miembros de la Familia; también, a veces, sacerdotes diocesanos o seglares sin una afiliación a un determinado grupo. Los equipos incluyen creyentes de muchas edades: jóvenes y adultos, y también personas de edad avanzada… pues todos tienen una labor que realizar, y todos aportan algo que, sin ellos, faltaría al equipo y, por tanto, la acción no sería tan efectiva.

Esa es, al menos, mi experiencia: durante 30 años he participado en Misiones Populares Vicencianas en mi país, España, y lo normal es que los equipos se conformasen así, mixtos, diversos, creativos. Cada persona añade al equipo una diferencia que se convierte en unidad fructífera, un punto de vista distinto que complementa al de los demás, un carisma que cubre áreas que otras personas no podrían alcanzar con facilidad.

Decíamos el otro día que todos somos necesarios… Gracias a Dios, en nuestra Familia Vicenciana somos capaces del trabajo colaborativo. Estamos llamados a hacerlo. Lo hacemos. Y estamos llamados a impulsarlo cada día más. Pensemos… ¿en qué áreas de la Familia Vicenciana podríamos impulsarlo aún más? ¿Qué acciones y lugares no somos capaces de llegar, desde una determinada rama, a los que sí llegaríamos contando con la colaboración de otras?

Para la reflexión y el diálogo:

  1. “La unión hace la fuerza”. ¿Es un hecho palpable que esta máxima se hacer realidad también dentro de la Familia Vicenciana de mi área?
  2. ¿Qué acciones podríamos llevar a cabo, en mi área local, para promover la colaboración activa dentro de la Familia Vicenciana?
  3. ¿Cuál es el “valor” que le damos a la colaboración entre las distintas ramas, dentro de la Familia Vicenciana?

Javier F. Chento
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