Confiado en su Padre, entrega Jesús por nosotros todo lo que tiene y todo lo que es.  Pertenecer a él y a su reino supone tal entrega confiada. 

Jesús elogia la inteligencia del escriba que le ha preguntado:  «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».  Le dice, pues:  «No estás lejos del reino de Dios».  Pero no es ciertamente una aprobación plena.  Después de todo, el que no está lejos del Reino aún tiene que llegar allí.  Necesita todavía hacer una entrega total.

No, no le basta al elogiado con no contarse entre los escribas quienes «recibirán una condenación más rigurosa».  Para estar dentro del reino de Dios, no solo cerca, el escriba tiene que renunciar toda vanidad y toda ostentación.  Ha de desprenderse, ademas, del afán de poder, de ocupar los primeros puestos o los asientos de honor.

Pero aún más importante, no debe entregarse a la codicia.  Ella lleva a la gente a enriquecerse en detrimento incluso de los mas desafortunados e indefensos.  Y lamentable y asquerosamente, a la codicia no le da escrúpulos disfrazarse de piedad religiosa.

Pertenecer realmente a Jesús, sin embargo, y a su reino, es algo más que evitar la hipocresía, las pretensiones de superioridad moral, la soberbia, la codicia y la injusticia.  Sobre todo y específicamente, es hacer y ser como la viuda que da más que nadie.  Encomendándose a Dios, la que pasa necesidad entrega todo lo que tiene para vivir.  Generosa hasta el extremo, ella es imagen de Jesús.

Jesús, a su vez, es imagen de Dios que entrega todo lo que tiene y es.

Dios no se reserva a su propio Hijo.  Más bien, lo entrega para sustentarnos a los pobres, especialmente a los más pobres, a los huérfanos y las viudas.

El Hijo, desde luego, es consustancial con el Padre, es decir, del mismo ser del Padre.  Así que Dios entrega por todos nosotros su propio ser al entregar a su Hijo.

Y Jesús es quien da a conocer a Dios a quien nadie ha visto.  Él es la encarnación de la entrega total de Dios.  Llegamos a conocer el amor, es decir, a Dios, porque Jesús da la vida por nosotros.  Porque se ofrece para quitar los pecados de todos, entregando su cuerpo y derramando su sangre por nosotros.

Señor Jesus, haz que nosotros gustosamente gastemos y nos desgastemos por dar testimonio de tu entrega total de amor.  Enséñanos a vaciarnos de nosotros mismos para revestirnos de ti, a renunciarnos a nosotros mismos para seguirte (SV.ES XI:236; SV:ES III:359).

11 Noviembre 2018
32º Domingo de T.O. (B)
1 Re 17, 10-16; Heb 9, 24-28; Mc 12, 38-44


Tags: ,

Pin It on Pinterest

Share This