Jesús es la última palabra sobre la conversión de corazones inatentos, fríos e indiferentes en atentos, ardientes y acogedores.

Se lo saben los discípulos camino a Emaús que la palabra, cual el fuego de zarzas ardientes, rápidamente se propaga.  Por eso, la pregunta del que se les acaba de acercar sorprende a los dos.  Uno replica, pues:  «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

A continuación, le enteran de los últimos acontecimientos al que desconocen ahora por sentirse desolados quizás.  Y hablan con lenguas estusiastas y ardientes, no obstante su desilusión y su propósito de volver a la antigua vida.  La mención incluso de lo contado por las mujeres quizás sugiera además falta de certeza.

Pero resulta que sabe más que ellos el que aparentemente no está al tanto de la voz que corre veloz.  Así que termina él explicándoles la Escritura a los necios y torpes.  Y mientras él habla, se vuelven ardientes, atentos y acogedores los corazones de los escuchadores.  Finalmente, se les abren los ojos al reclinarse Jesús a la mesa con ellos.  Resulta inconfundible su actuación referente a la bendición y la fracción del pan.

Al igual que los dos, los cristianos modernos no tenemos ningún inconveniente en hablar de Jesús incluso con corazones ardientes.  Hablamos de él también con palabras sabias que inflan.  Y nos es fácil acabar luciéndonos como si nos lo supieramos todo o alimentándonos mutua y frenéticamente de los últimos rumores.

Pero, mejor para nosotros escuchar con corazones ardientes al que sabe más que nadie y entenderlo.

Es que lo decisivo es que nos contemos entre aquellos que, escuchando la palabra y entendiéndola, producen fruto abundante.  No quiere el Sembrador que caigamos víctimas del Maligno que nos robe lo sembrado en el corazón.

Tampoco nos quiere abandonando la palabra, ya escuchada y aceptada con alegría, por una u otra dificultad.  Exige más bien que sean constantes nuestra devoción y nuestra atención.  No han de ser como las llamas efímeras que saltan del cogón seco que se está quemando.  La verdadera constancia, no la ahogan ni los afanes de la vida ni la seducción de las riquezas.

Y con corazones atentos y ardientes hemos de escuchar y observar al que nos convida.  Pues luego tendremos que preparar una mesa semejante, como dice san Agustín.  Es decir, así como nos acoge Jesús, también nosotros debemos acoger a los hermanos.  Y así como nos alimenta él con su cuerpo y sangre, así también debemos alimentar a los hermanos.

Sí, de cerca hemos de mirarlo, preguntándonos constantemente:  «Señor, ¿qué harías en esta ocasión?» (SV.ES XI:240).  Humildes, debemos ajustar nuestro proceder a las palabras a la vez acusadoras y salvíficas.

Señor, concédenos escucharte, observarte, imitarte y acogerte con corazones ardientes.

30 Abril 2017
3º Domingo de Pascua (A)
Hech 2, 14. 22-33; 1 Pt 1, 17-21; Lc 24, 13-35


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