Twenty-Seventh Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
But if it produces thorns and thistles, it is rejected, and it will soon be cursed and finally burned (Heb. 6:8—NABRE)

The chief priests and the elders of the people did not lack understanding. In fact, they correctly answered Jesus that it was the son who first said “no” but then thought the better of afterwards and went to do what his father had asked. They did not find it difficult either to come to the right conclusion that the owner of the vineyard would punish with death the wicked tenants and lease it to others more responsible and trustworthy. And the chief priests and the elders of the people were so discerning that they admitted, “We do not know,” with the regard to the question about the origin of John’s baptism, since they knew they would be in a tight spot no matter what answer they might give. They were reflective and were worth very much. It was not for nothing that they got to hold those high religious positions in Israel.

Like every human being, however, the chief priests and elders of the people had their blind spot. It should not come as a surprise therefore that they did not readily see themselves either as the son who said “yes” but did not go to do what the father had asked or, much less, as the wicked tenants. And their blindness was perhaps compounded by their feeling of entitlement, that they had every right to God’s favors on account of both their intellectual prowess and their long-standing, faithful and strict observance of the Law, the prophets and the Jewish tradition.

And like those first who became last, we who think ourselves to be the last that God has favored with being the first, with being part of a chosen race, a royal priesthood, a holy nation, a people set apart by God and consecrated to him (1 Pt. 2,:9), can lose the position we occupy by the grace of God. It is not for nothing that St. Paul gives the warning in Rom. 11:20-21: “Do not become haughty, but stand in awe. For if God did not spare the natural branches, he may not spare you either.” So, let us not allow our privileged position to go to our heads. Let us follow what St. Vincent de Paul said to Antoine Durand, appointed superior of a seminary: “Another thing I recommend to you is the humility of Our Lord” [1].

Of course, the view from the altar is not the same as the one from the pew. But wherever we are standing or seated, may it not make us blind to what others see. Would it not be advisable or prudent to be in another’s shoes? Beware of infantile egocentrism, the belief of young children that what they see from their position is the same as what others see from a different position. Did not such egocentrism contribute not a little to the inappropriate way in which sexual abuse of children was dealt with by some church leaders? Did not some leaders only see the good of the clergy, of the hierarchy in the Church, whose office or ministry should be defended at all cost from all disrespect and dishonor, so that they forgot about the good of the children, of the laity, members too of the people of God? There is reason for the advice that we look out not for our own interests, but for those of others, and that we have among ourselves the same attitude that is also ours in Christ Jesus (Phil. 2:4-5).

And Christ Jesus shows us the only way we can be like God, something that is indeed within human reach. It is not through disobedience and rebellion—the way of both our first parents and the wicked tenants—but rather through obedience to even death on a cross. Without mincing words, Jesus addressed hard words to the powerful, and for that reason, he was handed over to the chief priests, the elders of the people and the scribes. And crucified, Jesus has revealed unambiguously that divinity is not something for us human beings to grasp. In other words, we cannot think ourselves to have sure entitlement to God’s generosity because of our certain knowledge, our important roles and our strict religious observance of many years, nor can we allow ourselves to become victims, like those laborers who were the first and the earliest to work in the vineyard (Mt. 20:1-16), of the so-called “revolution of rising expectations” [2].

So then, Jesus, through his obedience, makes clear how we human being can become like the righteous God (cf. Rom. 5:19). Through his humble and obedient self-emptying, which is recalled in the Eucharist, it is now possible for us to produce whatever is peaceful, prayerful, true, honorable, just, pure, lovely, gracious, excellent, or praiseworthy. Because of the Son’s death, now is given to the Father the produce of the vineyard at the proper times.

NOTES:

[1] P. Coste XI, 346.

[2] Cf. The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, Inc., 1990) 42:120.


VERSIÓN ESPAÑOLA

27° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

Si produce espinos y cardos, no vale nada, y no tardará en ser maldecida y finalmente quemada (Heb. 6, 8)

No les faltaba la comprensión a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. De hecho, correctamente contestaron a Jesús que quien hizo lo que el padre quería fue el hijo que, a pesar de haber dicho no, recapacitó después y cumplió con el mandado. No les costó tampoco llegar a la conclusión acertada de que el dueño de la viña castigaría con muerte a los labradores malvados y arrendaría la viña a otros labradores responsables y fiables. Y eran tan discernientes los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo que admitieron: «No lo sabemos», con respecto al origen del bautismo de Juan, pues, sabían muy bien que cualquier respuesta que dieran les pondría en algún apuro. Discurrían, sin duda, y valían mucho. No por nada lograron ocupar los puestos religiosos más altos en el pueblo de Israel.

Como cualquier hombre, sin embargo, en cuyo ojo siempre hay un punto ciego o quien a veces no ve la cosas porque éstas están en el ángulo muerto, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo sufrían de una u otra forma de ceguera. No es de extrañar, pues, que no se tomasen con facilidad o de buena gana ni por el hijo que dijo sí pero luego no fue a hacer lo que su padre quería ni menos por los labradores malvados. Y su ceguera quizás se agravaba porque se sentían con derecho a los favores repartidos gratuitamente por Dios o que éstos debían de ser suyos, dadas tanto su capacidad intelectual como su larga, fiel y estricta observancia de la ley y los profetas y la tradición judía.

Y como aquellos primeros convertidos en los últimos, nosotros que nos consideramos los últimos a quienes Dios ha favorecido con ser ahora los primeros y formar parte del linaje escogido, del real sacerdocio, de la nación santa, ser los apartados por Dios y consagrados a él (1 Pe. 2, 9), a nosotros no nos es del todo imposible perder el puesto que ocupamos por la gracia de Dios. No es por nada que da san Pablo esta advertencia: «No seas arrogante sino temeroso; porque si Dios no tuvo miramientos con las ramas originales, tampoco los tendrá contigo» (Rom. 11, 20-21). No dejemos, pues, que se nos suba a la cabeza el tener un puesto privilegiado. Sigamos lo dicho por san Vicente de Paúl al Padre Antonio Durand, nombrado superior de un seminario: «Otra cosa que le recomiendo es la humildad de nuestro Señor» (XI, 238).

Claro, lo que se ve desde el santuario o el altar no es lo mismo que se ve desde la congregación o el lugar de los bancos. Pero cualquiera que sea nuestra colocación, que ésta no nos haga ciegos a lo que otros ven. ¿No sería aconsejable o prudente, pues, que de vez en cuando por lo menos estuviéramos en el lugar de otro? ¡Cuidado con el egocentrismo infantil!, la creencia de los niños muy pequeños de que lo que ven ellos en su lugar es lo mismo que ven otros en otro lugar. ¿Acaso no poco contribuyó dicho egocentrismo, por ejemplo, a la manera no apropiada en que algunos líderes religiosos trataron con el abuso sexual de los niños? ¿No veían algunos líderes solamente el bien de los clérigos, de la jerarquía en la Iglesia, cuyo oficio o ministerio se debería de proteger a toda costa de todo desacato y deshonra, y se olvidaban del bien de los niños y los feligreses, miembros también del pueblo de Dios? Con razón se nos aconseja: «No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Fil. 2, 4-5).

Y Cristo Jesús nos muestra de verdad la única manera de llegar a ser como Dios, algo que realmente está al alcance humano. No es por medio de desobediencia y rebelión—la manera tanto de nuestros primeros padres como de los labradores malvados—sino por medio de sumisión incluso hasta la muerte de cruz. Sin andarse con rodeos, Jesús dirigió palabras duras a los potentes, por eso acabó con ser entregado a los sumos sacerdotes, los ancianos del pueblo y los escribas. Y crucificado, él se ha constituido la revelación por excelencia de que la divinidad no es algo a que los hombres podemos aferrarnos, creyéndonos con derecho a la generosidad de Dios debido a nuestro concocimiento cierto, nuestros oficios importantes y nuestra estricta observancia religiosa de muchos años, y así cayendo víctimas, como los primeros jornaleros que llegaron a trabajar en la viña (Mt. 20, 1-15), de la denominada «revolución de las expectativas crecientes».

Así que Jesús, por su obediencia, deja claro cómo podemos los hombres hacernos como el Dios justo (cf. Rom. 5, 19). Por su humilde y obediente anonadación, remembrada en la Eucaristía, se nos hace posible producir todo lo que es pacífico, devoto, verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito. Debido a la muerte del Hijo, ya al Padre se le entregan los frutos de la viña a su tiempo.