Twenty-Second Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Humble before God because truth demands it

Jesus is the definitive divine word that teaches us to be humble. He is also the perfect response of humility to the divine word.

Jesus goes to dine at the home of one of the leading Pharisees. Since the Pharisees love places of honor at banquets, one can suppose that being humble does not interest the Pharisees at the table with Jesus. It seems that less foreign to them than the idea of humility is the advice, “Keep your friends close and your enemies closer.” That is because for them the meal, which connotes nearness, is their opportunity to observe him carefully.

For Jesus, on the other hand, the meal is an opportunity to teach them to be humble. He gives an example that makes clear that common sense dictates that it is useful for people to be humble.

It will be a mistake, however, to think that Jesus is settling for utilitarianism. When he specifies later whom a host should invite to dinner, he indicates that God is the reason why we should be humble.

Humility is truth (St. Teresa of Jesus).

According to Jesus, when one holds a lunch, dinner or banquet, the people to invite are the poor, the crippled, the lame and the blind. Because of their inability to repay, God himself will repay the host at the resurrection of the righteous.

No, the poor and the helpless cannot repay the person who does them a favor. Neither can we human beings repay God for all the good he has done us. The truth, therefore, is that we are all poor and helpless before God. Those who walk in this truth cannot but be humble. Says St. Vincent de Paul, “Truth and humility go well together” (SV.EN I:140).

So then, the only correct human posture before God is that of the humble. And Jesus adopts it in an extraordinary manner. Though in the form of God, he empties himself and takes the human condition, humbling himself and obediently accepting even death on a cross. Because of this, God highly exalts him. And thus Jesus proves that indeed “everyone who exalts himself will be humbled, and one who humbles himself will be exalted.”

Those who conduct their lives and their affairs with humility, waiting for one another, reveal that they have availed of the Eucharist to learn from Jesus. They also show that they have approached Jesus, the Mediator of the new covenant.

Lord Jesus, make us learn from you, for you are meek and humble of heart.


August 28, 2016

22nd Sunday in O.T. (C)

Sir 3, 17-18. 20. 28-29; Heb 12, 18-19. 22-24a; Lk 14, 1. 7-14


VERSIÓN ESPAÑOLA

Humildes ante Dios por exigencia de la verdad

Jesús es la palabra divina definitiva que nos enseña a ser humildes. Él es también la respuesta humana perfecta de humildad a la palabra divina. Convida a Jesús uno de los principales fariseos. Como les gustan a los fariseos los primeros puestos en los banquetes, es de suponer que no les interesa ser humildes a los comensales fariseos de Jesús. Parece que, para ellos, menos ajeno que el concepto de humildad es el consejo: «Mantén a tus amigos cerca de ti y a tus enemigos aún más cerca». Es que aprovechan la ocasión de una comida, la cual connota cercanía, para espiar a Jesús.

Jesús, por su parte, la aprovecha para enseñar a los convidados a ser humildes. Les propone un ejemplo que deja claro que el sentido común aconseja que nos es útil a los hombres ser humildes.

Será una equivocación, sin embargo, pensar que él se conforma con el utilitarismo. Al especificar luego a quiénes se les ha de convidar, indica Jesús que Dios es la razón por la que debemos ser humildes.

La humildad es la verdad (santa Teresa de Jesús).

Según Jesús, son los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos a quienes ha de invitar uno que da una comida, cena o banquete. Porque ellos no tienen con qué devolverle el favor, entonces Dios mismo le recompensará en la resurrección de los justos.

No, no pueden pagarle los pobres y los desvalidos al que les hace un favor. Tampoco podemos los hombres pagar a Dios por todos sus beneficios para con nosotros. La verdad, pues, es que todos somos pobres y desvalidos ante Dios. Quienes andan en esa verdad no pueden sino ser humildes. Dice san Vicente de Paúl: «La verdad y la humildad se avienen muy bien las dos juntas» (SV.ES I:200).

Así que la única postura humana correcta ante el santísmo, altísimo y muy bondadoso Dios es la de los humildes. Y la adopta Jesús de manera extradordinaria. A pesar de su condición divina, él se despoja de su rango y toma la condición humana, humillándose y obedeciendo hasta la muerte de cruz. Por eso Dios lo levanta sobre todo. Y así queda demostrado que de verdad «todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Quienes en su vida y sus asuntos proceden con humildad, esperándose unos a otros, revelan que han aprovechado realmente la Eucaristía para aprender de Jesús. Manifiestan también que han acercado al Mediador de la nueva alianza.

Señor Jesús, haz que aprendamos de ti, que eres manso y humilde de corazón.


28 de agosto de 2016

22º Domingo de T.O. (C)

Sir 3, 17-18. 20. 28-29; Heb 12, 18-19. 22-24a; Lc 14, 1. 7-14