Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Blessed are you who are poor, for the kingdom of God is yours (Lk. 6:20—NABRE)

They warn against idolatry, both the teaching, “You cannot serve God and mammon,” and the one that says, “It is easier for a camel to pass through the eye of a needle than for one who is rich to enter the kingdom of God.” Every idolater despises God and, hence, has no inheritance in the kingdom (Mt. 6:24; Eph. 5:5).

Through these warnings, the living and effective Word of God also extends the invitation to discipleship to those who are prone to turn into a dehumanizing idol the good things that come from God (Ps. 115:4-8). Whether we have much or little or nothing, we are lovingly called to fullness.

Jesus earnestly wants the rich to repent of the self-sufficiency that is characteristic of the rich man blessed with a bountiful harvest (Lk. 12:16-21). This dreamer of the largest barns is unmindful of the Giver of blessings. He puts his trust in the possessions he has accumulated and congratulates himself for them. Yes, there is such a thing as the responsibility of a servant to make the capital entrusted to him by his master to grow. But such responsibility cannot be mistaken for greed. The former recognizes God; the latter exalts the financial storage as the almighty and absolute sovereign.

Those motivated by greed are fools who prefer possessions—power, wealth, moral or doctrinal superiority, health, beauty—to God’s resplendent and wise words. And since fleeting possessions do not fill, the fools devote themselves unceasingly to acquiring them. They only think of themselves and of increasing their wealth and have no regard for justice, equality, sustainability. It does not bother them to throw away good food while millions starve.

Jesus instructs the 99% with little or nothing not to be like the greedy of the 1% who, like their idol, bear the image and inscription of the exploiter, not of the Liberator, and make use of the mark of the beast to buy or sell (Rev. 13:17). Liberation cannot come from the oppressive system. One arrives at an alternative only by thinking outside the box.

The Christian alternative asks that those who seek salvation put their trust in Providence and not worry about their powerlessness and their needs. They should be consumed by love, not of money, but of the treasure that the poor are. Rejecting lifeless idol and recognizing that life and well-being depends on God, who can do everything, those who have little or nothing are rich in their poverty, strong in their weakness, great in their being the least, the first as they take the last places.

And they will live up to what they do in memory of the one who came not to be served but to serve and to give his life as a ransom for many. Together with the beggars Lazarus of today, with the poor widow who offered her whole livelihood, with St. Francis of Assisi and St. Vincent de Paul, they will thus contribute—better than the rich who dress in purple garment and fine linen and are regaled with sumptuous banquets—to evangelization, conscientization, the rebuilding of the Church, the attainment of something we lack.


VERSIÓN ESPAÑOLA

28° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (Lc 6, 20)

Advierten contra la idolatría la enseñanza: «No podéis servir a Dios y al dinero» y la que dice: «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios». Todo idólatra menosprecia a Dios y, por eso, no tiene herencia en el reino.

Mediante estas advertencias, la Palabra viva y eficaz de Dios invita también al discipulado a los propensos a convertir los bienes provenientes de Dios en un ídolo deshumanizador. A la plenitud se nos llama con cariño, no importa si poseemos o mucho o poco o nada.

Jesús busca que se arrepientan los muy ricos de la autosuficiencia distintiva del rico bendecido con una gran cosecha. Este soñador de graneros grandísimos no se acuerda del Dador de bendiciones. Pone su confianza en los bienes que tiene acumulados y se congratula por ellos. Sí, hay tal cosa como la responsabilidad del siervo de hacer crecer el capital que le encarga su señor. Pero ésta no se puede trocar en la codicia. La responsabilidad reconoce al Señor, a quien todos rendiremos cuentas; la codicia enaltece el almacén financiero como el soberano todopoderoso y absoluto.

Los motivados por la codicia son necios que prefieren los bienes—el poder, la opulencia, la superioridad moral o doctrinal, la salud, la belleza—a las luminosas y sabias palabras divinas. Y como no sacian las posesiones caducas, los necios se entregan sin cesar a la adqusición de ellas. Piensan sólo en sí mismos y en aumentar su riqueza, y no toman en consideración la justicia, la igualdad, la sostenibilidad. No les molesta tirar comida buena a la basura mientras millones se mueren de hambre.

Instruye Jesús a los del 99% que tienen poco o nada que no imiten a los codiciosos del 1%, los cuales, como su ídolo, llevan la cara y la inscripción del explotador, no del Libertador, y se sirven de la marca de la bestia para comprar o vender. La liberación no puede venir del sístema opresivo. Se llega a la alternativa sólo si se piensa fuera del molde.

La alternativa cristiana pide que confíen en la Providencia los que buscan la salvación, sin afanarse por su impotencia y sus necesidades. Deben estar consumidos por el amor, no al dinero, sino al tesoro que los pobres son. Si rechazan el ídolo inerte y reconocen que su vida y su bienestar dependen de Dios que lo puede todo, los que no tienen poco o nada serán ricos en su pobreza, fuertes en su debilidad, grandes en su pequeñez, los primeros al tomar los últimos puestos.

Y vivirán conforme a lo que se hace en memoria del que vino no para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. De este modo, junto con los mendigos Lázaro de hoy, con la pobre viuda que dio todo lo que tenía para vivir, con san Francisco de Asís y san Vicente de Paúl, contribuirán—mejor que los hombres ricos vestidos de púrpura y de lino y obsequiados con banquetes espléndidos—a la evangelización, la concienciación, la reconstrucción de la Iglesia, la consecución de la cosa que nos falta.