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Una Nueva Primavera en la AMM - P. Félix Álvarez, CM


Introducción

¿Por qué este título?

La inspiración me ha venido del lenguaje del Concilio Vaticano II y de todo el magisterio posterior a aquel trascendental acontecimiento para la vida de la Iglesia y su misión evangelizadora. Es verdad que han transcurrido ya casi cincuenta años desde la clausura solemne del Concilio, 7 de diciembre de 1965, pero expresiones como: un “Nuevo Pentecostés”, o una “nueva Primavera de la Iglesia” se repiten constantemente con matices siempre actuales, cargados de urgentes tareas a realizar, tanto dentro de la comunidad de los creyentes como en el ámbito de la sociedad civil. Bajo este aspecto, afirmaba el beato Pablo VI en el discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio, 29 de septiembre de 1963: “el concilio quiere ser un despertar primaveral de inmensas energías espirituales y morales latentes en el seno de la Iglesia”.

Permítanme subrayar esta primera afirmación, pensando en los miles y miles de personas de toda edad y condición social, miembros activos y simpatizantes de la Asociación Medalla Milagrosa, que, fieles al mandato de Jesucristo y estimulados por las palabras de María: “Haced lo que Él os diga”, desean entregar su vida al servicio de los demás, especialmente de los más pobres, mediante signos sencillos y creíbles, como hacía el Señor con los enfermos y marginados de su tiempo.

Por supuesto que esta perspectiva global que nos describen los documentos del Concilio Vaticano II debe ser el hilo conductor de nuestra reflexión. Desde la celebración del año de la fe hasta hoy han sido muchas las invitaciones de los dos últimos Papas a hacer una lectura actualizada de dichos documentos para una puesta en práctica audaz y creativa de su contenido y del espíritu que los inspiró.

Como diría Juan Pablo II a las comunidades de vida consagrada y sociedades de vida apostólica: “¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas. Que este nuestro mundo confiado a la mano del hombre, que ya ha entrado en el nuevo milenio, sea cada vez más humano y justo, signo y anticipo del mundo futuro, en el cual Él, el Señor humilde y glorificado, pobre y exaltado, será el gozo pleno y perdurable para nosotros y para nuestros hermanos y hermanas, junto con el Padre y el Espíritu Santo (Vida Consecreta, #110)

Estamos celebrando la primera Asamblea General de la Asociación Medalla Milagrosa. Este es un foro privilegiado, un escenario único, para comprender y ayudar a comprender a los demás, a todos los miembros de la Asociación, la importancia del momento, la acción ininterrumpida del Espíritu, las llamadas insistentes a una verdadera renovación espiritual y carismática, y a un compromiso real con los pobres como expresión creíble de nuestra vivencia cristiana y vicenciana.

Otro ejemplo elocuente lo tenemos en la exhortación apostólica postsinodal “Verbum Domini” de Benedicto XVI: Así, pudimos comprobar con alegría y gratitud que, también hoy en la Iglesia hay un Pentecostés, es decir, que la Iglesia habla en muchas lenguas, y esto no sólo en el sentido exterior de que en ella están presentes los múltiples modos de la experiencia de Dios y del mundo, la riqueza de las culturas; sólo así se manifiesta la amplitud de la existencia humana y, a partir de ella, la amplitud de la Palabra de Dios. Pudimos constatar, además, un Pentecostés aún en camino; varios pueblos están esperando que se les anuncie la Palabra de Dios en su propia lengua (Verbum Domini, #4).

Si tantos documentos del magisterio nos hablan en los últimos tiempos de un “Nuevo Pentecostés y de una “Nueva Primavera de la Iglesia” ¿por qué no hablar nosotros, plenamente convencidos de la fuerza renovadora del Espíritu, de una nueva primavera en la Asociación Medalla Milagrosa? Creo que esta perspectiva nos ayudará a comprender bien el profundo significado y alcance de este encuentro para familiarizarnos con la acción permanente de Dios en el mundo, en la historia, en la comunidad de los creyentes, y en nuestra propia Asociación, y para acoger con entusiasmo las respuestas que suscita el Espíritu en todas las personas de buena voluntad, como afirma la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo de nuestro tiempo: “Esto (se refiere al misterio de Cristo que ha proclamado ampliamente en las páginas anteriores), vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de Dios de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombreen realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (Gaudium et Spes, #22). El alcance de este pensamiento se verá con mucha más claridad cuando tratemos la nota eclesial de la Asociación.

Ojalá ocurra en esta Asamblea algo parecido a lo que sucedió el día de Pentecostés. Aquí estamos personas venidas de los cinco continentes, personas portadoras de culturas distintas, compartiendo una misma fe y una misma inquietud apostólica, aunque en escenarios muy diversos. Nuestra devoción a la Virgen de la Medalla Milagrosa nos pide, hoy más que nunca, un verdadero compromiso de fidelidad al Señor: “Haced lo que él os diga”. Estas dos escenas del Nuevo Testamento (las bodas de Cana y la espera de la venida del Espíritu), que nos presenta la figura de María con los discípulos de Jesús, deben ser para todos nosotros escenas entrañables de familia donde aprendemos de María el arte de escuchar el clamor de los pobres, vivir unidos como ella a su hijo Jesucristo y a la entera comunidad de los creyentes, y dejarnos sorprender por los signos de los tiempos en los cuales el espíritu del Señor nos habla de forma tan elocuente y clara.

La perspectiva que nos revela este primer signo del evangelio de Juan (Juan 2:1ss) es admirable: nos habla de un nuevo comienzo, de una nueva creación, de un anticipo gozoso de esa alianza definitiva entre Dios y la humanidad. Las aspiraciones más profundas y legítimas del corazón humano encuentran su respuesta colmada en este banquete de bodas, preludio y profecía del banquete del Reino.

La escena del cenáculo subraya, de forma espectacular, el comienzo de la misión de la Iglesia a la luz de los hechos de Pascua y de las palabras de Jesús: “Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura” (Mc. 16:15). Permaneced en Jerusalén, les dijo cuando le acompañaban camino del monte de la ascensión, aguardando la promesa que os hice de parte del Padre. Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos aquí y hasta los confines del mundo. Todos, decían los reunidos ante los apóstoles el día de Pentecostés, los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandezas de Dios (Hechos 1:4; 2:11).

Queridos miembros de la Asociación Medalla Milagrosa de todo el mundo, aquí presentes: éste es hoy nuestro escenario; también aquí estamos proclamando las maravillas que realiza el Señor entre nosotros. Desde el primer momento de nuestra Asamblea, hemos presenciado, admirados, esa acción coral del Espíritu, eco humilde y sencillo ciertamente, pero, sin lugar a dudas, eco inconfundible y elocuente del primer Pentecostés de la Historia.

Como entonces, las preguntas surgen espontáneas ante todos estos hechos: ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué significa para nosotros todo esto? ¿Qué compromisos debemos asumir con audacia y creatividad para ser capaces de llevar a cabo la misión que hoy nos pide la Iglesia y la Virgen de la Medalla Milagrosa?

A partir de este momento, me voy a centrar en dos asuntos principalmente. Nuestra identidad como miembros de la Iglesia y miembros de la Asociación Medalla Milagrosa, y cuáles son los retos más importantes que tenemos que asumir con verdadero coraje apostólico para responder con docilidad y fidelidad a la acción del espíritu que nos empuja hacia ese futuro prometedor.

I. Nuestra identidad en la Iglesia y como miembros de la Asociación Medalla Milagrosa.

Creo que es necesario resaltar de entrada un dato esclarecedor sin olvidar matices relevantes: la mayoría de los miembros de la Asociación Medalla Milagrosa son laicos, hombres y mujeres de todos los ámbitos de la sociedad. El resto de los miembros de la Asociación, clérigos, religiosos y miembros de congregaciones y sociedades de vida apostólica es incomparablemente menor. Por eso considero apropiado dedicar unos párrafos a recordar lo que nos dice el magisterio más autorizado de la Iglesia sobre ellos.

La primera cita nos llega de la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: “El pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucito para nuestra justificación. Tiene por ley el mandato del amor, como el mismo Cristo nos amó. Tiene últimamente como fin la dilatación del reino de Dios. Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por Él como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (Lumen Gentium, #9). Desde esta perspectiva entendemos la presentación que hace la Iglesia de sí misma al comienzo del documento: La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (Lumen Gentium, #1).

Pero es en el capítulo cuatro de esta constitución dogmática sobre la Iglesia donde vemos resaltada en toda su plenitud la identidad del laico y su misión en la tarea evangelizadora. El pueblo elegido de Dios es uno: Un Señor, una fe, un bautismo; común dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo, común vocación a la perfección, una salvación, una esperanza y una indivisa caridad (Lumen Gentium, #32). El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el mundo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiados por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

El apostolado de los laicos, dice más adelante, es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación (Lumen Gentium, #33). Y en el capítulo siguiente, hablando de la universal vocación a la santidad en la Iglesia, afirma lo siguiente: Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve aún en la sociedad terrena un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, deberán esforzarse para que, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo.

Lo dicho hasta aquí es una especie de síntesis de lo que es la identidad del laico en la Iglesia a tenor de la constitución conciliar y las enseñanzas posteriores del magisterio de la Iglesia. Es verdad que el Concilio también elaboró un decreto sobre el ministerio de los laicos, pero yo me voy a fijar ahora en las tres notas que caracterizan la asociación.

II. Las tres notas de la Asociación

a) Sobre la nota eclesial dicen los Estatutos que todos los miembros de la Asociación están llamados a participar de la misión salvífica de la Iglesia bajo la dirección de los pastores. En efecto, el mandato de evangelizar está dirigido a todos. Se trata por consiguiente de subrayar lo que el Papa Francisco titula: una impostergable renovación eclesial. Estas son sus palabras: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (Evangelii Gaudium, #27).

Todo esto, queridos miembros de la AMM, lo que actualiza con gravedad y urgencia es un mensaje que, nacido en el aula conciliar, no deja de repetirse con insistencia: la Iglesia, y por consiguiente todos sus miembros, necesitamos aceptar, plenamente convencidos, una triple exigencia: profundizar en nuestra identidad cristiana, aceptar la necesidad de vivir en estado de permanente conversión, renovación y actualización, y dialogar con el mundo contemporáneo, el hombre y la mujer de nuestro tiempo, para responder adecuadamente a sus problemas. Sería suficiente escuchar el compromiso asumido en la Constitución pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (Gaudium et Spes, #1).

Para una asociación como la AMM, profundizar en la propia identidad y pertenencia eclesial, es tomar plena conciencia de lo que realmente somos y estamos llamados a realizar en el ámbito de la comunidad creyente y en el mundo. Si algo ha caracterizado fuertemente al concilio ha sido su eclesiología de comunión. La Iglesia, afirma el beato Pablo VI (Ecclesiam Suam, #20), tiene necesidad de reflexionar sobre sí misma, tiene necesidad de sentirse vivir. Debe aprender a conocerse mejor a sí misma si quiere vivir la propia vocación y ofrecer al mundo su mensaje de fraternidad y de salvación.

Si esta primera tarea es vital e insustituible para la Iglesia, y por consiguiente para todos los miembros de la Asociación, no lo son menos las otras dos. Me refiero a la necesidad de vivir en estado permanente de renovación, de conversión, de ponerse al día, escrutando con sabiduría los signos de los tiempos a la luz del evangelio, las orientaciones de la Iglesia y las necesidades y sensibilidad de las personas, de los grupos y de los pueblos. Así lo declara la siguiente frase tomada del mismo documento Ecclesiam Suam: “La palabra ya famosa de Juan XXIII (aggiornamento o puesta al día), será siempre tenida presente como orientación pragmática; lo hemos confirmado como criterio rector del concilio ecuménico y lo seguiremos recordando como estímulo para la siempre renaciente vitalidad de la Iglesia, para su siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos y para su siempre joven agilidad de discernirlo todo y quedarse con lo bueno, lo perfecto (Ecclesiam Suam, #46; 1 Tes. 5:21).

¡Cuántos pueblos, cuántas culturas, cuántas expresiones nuevas de oración mariana y de vida entregada a los demás esperan el momento de poder emerger y unirse a la acción coral de la AMM en todo el mundo! Pero, además de este inmenso horizonte que es justo señalar en esta asamblea, debemos pensar con igual intensidad en los horizontes más restringidos pero igualmente prometedores de las respectivas regiones donde ya es un hecho la admirable vitalidad de la Asociación y su activa y fecunda participación en la misión evangelizadora de las Iglesias particulares o Iglesias locales.

b) La nota mariana de la Asociación puede adquirir hoy una importancia extraordinaria a la luz del magisterio reciente de la Iglesia sobre la figura de María en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia. Sería suficiente citar aquella frase tantas veces repetida de la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II: “recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción a la Bienaventurada Virgen María no consiste ni en un afecto estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (Lumen Gentium, #67). El capítulo octavo de la Constitución dogmática Lumen Gentium presenta la figura de la Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia. La enorme riqueza doctrinal de ese capítulo, desarrollada posteriormente en dos grandes documentos: la exhortación apostólica de Pablo VI Marialis Cultus y la carta encíclica de Juan Pablo II Redemptoris Mater , constituye un manantial inagotable de verdad y de vida que nos ayudará portentosamente a desarrollar nuestra espiritualidad mariana.

María es maestra de vida espiritual para cada uno de los cristianos. Desde el comienzo los fieles se fijaron en María para, como Ella, hacer de la propia vida un culto a Dios y de su culto un compromiso de vida. María es para todos los cristianos una lección y un ejemplo para convertir la obediencia a la voluntad del Padre en camino y en medio de santificación propia (Cf. Pablo VI, Marialis Cultus, #21).

En este marco doctrinal se comprende perfectamente el alcance y las implicaciones de la nota mariana de la Asociación Medalla Milagrosa: porque la dimensión mariana forma parte esencial de la espiritualidad cristiana; porque la Asociación nace a raíz de las apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré en 1830, y porque todos sus miembros se sienten llamados a conocer, vivir y difundir el mensaje de estas apariciones.

En efecto, es María de Nazaret, la humilde esclava del Señor, la llena del Espíritu Santo desde el primer momento de su concepción, la que nos invita constantemente a fijar la mirada de nuestro corazón en la persona de Cristo, para aprender de Él cómo realizar nuestro paso por este mundo, cómo llevar a plenitud la vocación que cada uno ha recibido del Señor, cómo ser verdaderamente humanos, cómo conocer y vivir no sólo nuestra filiación de hijos queridos de Dios sino también y con la misma intensidad la fraternidad universal.

c) Conviene subrayar también la nota vicenciana de la AMM. La Asociación nace en el interior de la familia de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, cuyo carisma es el servicio y la evangelización de los pobres. Para los miembros de la Asociación Medalla Milagrosa esta opción por los pobres subraya un doble sentido de pertenencia: primero como miembros de la comunidad eclesial, evidentemente, y también como miembros de la Asociación.

Sería una lamentable omisión por mi parte no mencionar algún pensamiento del capítulo cuarto de la Evangelii Gaudium sobre la dimensión social de la evangelización. Esto pondrá de relieve la importancia y plena actualidad de esta nota vicenciana de la Asociación. Según el Papa Francisco, cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad. El seguimiento de Cristo exige una opción valiente y comprometida en favor de los pobres. No se contenta con proporcionar ayuda temporal al clamor de los pobres y su sufrimiento. El amor real y la solidaridad con los pobres exigen que afrontemos las estructuras injustas, así como la pobreza espiritual y la realidad del pecado en nuestro mundo.

Según el Papa Francisco, esta última es la gran pobreza hoy. Esto puede exigir grandes sacrificios de nuestra parte y un cambio de prioridades y estilo de vida.

San Vicente de Paúl dijo: “tenemos que amar a Dios con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos.” Esto es posible mediante la ayuda del Espíritu Santo y el amor de Cristo que nos apremia.” El servicio de los pobres es responsabilidad de todos. El laico, como los demás miembros de la Iglesia, está llamado a vivir su fe mediante la práctica de la caridad

El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno (Cf. Lc. 10:33). Releamos algunas enseñanzas de la Palabra de Dios para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia (cf. Mat. 5:7; 25:31-46; 1 Pe. 4:8). Es un mensaje tan claro, tan directo y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo.

Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o religiosa. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener los mismos sentimientos de Jesucristo (Fil 2:5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia.

Esto implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con el modo de vivir la fe. El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad sino porque él es bello, más allá de su apariencia

Concluyo estas citas del capítulo cuarto de la Exhortación “Evangelii Gaudium” con la siguiente frase verdaderamente monitoria: Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficacia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de disolución, aunque hable de temas sociales. Facilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos.

III. Retos y posibles líneas de acción

La Asociación Medalla Milagrosa experimentará una nueva primavera en la medida que viva fielmente su propia identidad y espíritu, y responda con audacia y creatividad a los retos y exigencias que debe asumir. Que no sean las estructuras lo que prevalezca en la Asociación, sino la aceptación gozosa de la Palabra viva de Dios que es Cristo y su Evangelio, la primacía de la caridad y la apertura y docilidad al Espíritu Santo. La verdadera devoción a la Virgen y el mensaje de la Medalla Milagrosa a Santa Catalina Labouré serán un estímulo y una ayuda valiosísima para realizar todo esto.

[III.1}. Vivir una sólida y fuerte espiritualidad cristiana en armonía con el carisma propio de la Asociación.

Sin duda alguna que uno de los retos permanentes para los miembros de la Asociación es vivir una sólida y auténtica espiritualidad cristiana. Un buen punto de partida podría ser esta afirmación del Concilio: “es, pues, completamente claro que, todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad. La dignidad de los laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos, en Jesucristo, por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, es decir, la perfección de la caridad. Esta proclamación última, formulada en un marco trinitario, es consecuencia lógica de la pertenencia a esa Iglesia como misterio de comunión, donde se revela la identidad de los fieles laicos y su original dignidad.

Espiritualidad de comunión: la eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio Vaticano II. El beato Pablo VI lo explica de forma admirable en pocas palabras: “la incorporación de los cristianos a la vida de Cristo y la circulación de una idéntica caridad en todos los fieles, en éste y en el otro mundo. Unión a Cristo y en Cristo; y unión entre los cristianos dentro de la Iglesia” (CL. #19; Pablo VI, alocución de los miércoles [8 de junio de 1966} Insegnamenti IV [1966], 794). El Espíritu que habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, ora, da testimonio de la adopción filial, guía a la Iglesia a la verdad plena, la unifica, la instruye, la embellece con sus frutos, la rejuvenece y la renueva constantemente. La comunión eclesial es, por tanto, un don del Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y al mismo tiempo a vivir con profundo sentido de responsabilidad.

Espiritualidad fuertemente enraizada en la novedad bautismal: En virtud de este nuevo nacimiento, el creyente se siente iluminado por la luz de la Palabra, y fortalecido y animado por la fuerza del Espíritu a través de sus dones y carismas. Sabe que esa novedad le comunica una participación efectiva en el sacerdocio, profetismo y realeza de Cristo, y adquiere un sentido de pertenencia a la comunidad eclesial y un compromiso deliberado de inserción y servicio en las realidades y estructuras humanas, sociales, políticas y religiosas.

La espiritualidad del laico es profundamente cristológica. Para el laico toda la vida de Jesús, su vida familiar, social y ministerial, es una referencia permanente a seguir con fidelidad en los distintos ámbitos de su propia existencia. Jesucristo, miembro de una familia humilde de Nazaret, ofrece al laico un paradigma de vida totalmente orientada a la gloria del Padre y entregada a los hermanos como testimonio del amor más grande jamás conocido. La espiritualidad del laico encuentra en el evangelio, Palabra viva de Dios, y en la Eucaristía, su fuente de inspiración más genuina y auténtica y su alimento más sólido para una vida en plenitud.

La espiritualidad del laico es secular, algo connatural con su índole propia. El laico se santifica en el hogar y en el mundo, y en el trabajo profesional que realiza en la sociedad. Está llamado a ser, en toda la plenitud de la expresión, sal de la tierra, luz del mundo, fermento transformador en medio de las gentes.

{III.2}. Desarrollar la dimensión mariana de la espiritualidad de la AMM

Anteriormente, al explicar la nota mariana de la Asociación, ya he subrayado la necesidad de conocer bien el mensaje denso de los dos documentos más importantes del reciente magisterio de la Iglesia, que desarrolla la temática del capítulo octavo de la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre María en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia. Para nosotros, miembros de la Asociación Medalla milagrosa, es igualmente importante conocer el mensaje de María a Catalina Labouré y el profundo significado teológico y espiritual de los símbolos de la Medalla. Las gentes sencillas suspiran por conocer el mensaje sencillo de la Medalla Milagrosa y viven con júbilo y fidelidad sus lecciones prácticas de vida cristiana. Quizás también aquí se pueda aplicar con todo rigor las palabras de Cristo en el evangelio de Lucas: En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el espíritu Santo y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Cf. Lc. 10:21).

[III.3]. La formación

Para comprender lo que entraña este gran reto, y animarnos a seguir trabajando en la propia formación, podemos comenzar por algunas claves importantes del decreto conciliar sobre el apostolado de los seglares. El decreto conciliar insiste en la necesidad de cuidar todas las dimensiones de la formación: humana, espiritual, religiosa; fomentar los auténticos valores humanos, la colaboración fraterna y el diálogo. Tal formación necesita actualizarse constantemente.

Una buena formación, bien asimilada, fomentará necesariamente el conocimiento y vivencia de la propia espiritualidad, le ayudará a dar razón de la esperanza que le anima, y le impulsará a comprometerse decididamente con la realidad humana y social de su entorno y de un ámbito mucho más amplio.

También en este campo podremos escuchar iniciativas loables de formación permanente para los miembros de la Asociación, trátese de revistas y boletines propios, reuniones periódicas de formación con fichas de estudio sobre temas de máxima actualidad, y otras muchas experiencias e iniciativas, fáciles de adaptar en otros lugares.

[III.4]. Inserción y colaboración parroquial

No quisiera detenerme demasiado en este punto, dada la importancia y el espacio concedido al tema en páginas anteriores. Pero, desde la nota eclesial que define claramente nuestra identidad, es absolutamente necesario vivir fielmente la dinámica propia de los dones del Espíritu.

El apóstol Pablo lo describe admirablemente en su primera carta a los Corintios: Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo el Dios que obra todo en todos. A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común (1 Cor. 12:4-7).

El decreto conciliar dedica tres capítulos al tema del apostolado de los laicos: fines que hay que lograr, los diversos campos de apostolado, y las diferentes formas de apostolado. El apostolado de la evangelización y santificación de los hombres, la renovación cristiana del orden temporal y la acción caritativa, distintivo del apostolado cristiano, configuran los fines que hay que lograr. Benedicto XVI lo describe con precisión magistral: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerigma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia), y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia (Cf. Apostolicam Actuositatem, titulares de las distintas secciones del capítulo 2, y Benedicto XVI, Deus Caritas est, #25).

Desde estos simples enunciados ¿cuántas inquietudes, iniciativas, proyectos y aportaciones no deberían despertar en nosotros el tema de la inserción y colaboración parroquial?

[III.5}. Capacidad de convocatoria y colaboración leal con las distintas ramas de la Familia Vicenciana.

Sobre cómo dar respuesta actualmente a este reto y cómo vivir esta gran responsabilidad espero que haya algún espacio de tiempo en el curso de la mañana para aprender los unos de los otros. .

Es necesario tomar conciencia y trabajar incansablemente por la incorporación de nuevos miembros a la Asociación. Contagiar y compartir la alegría de la fe, el encuentro con Jesucristo, y el gozo del servicio a los más pobres, tanto dentro de la Asociación como en colaboración con las otras ramas de la Familia Vicenciana

[III.6} Visita Domiciliaria

Otro dinamismo que tiene la Asociación para ejercer su apostolado en el ámbito local es, ciertamente, la visita domiciliaria. Evidentemente hablo de mi país, que es el caso que más me toca de cerca. Se trata de un gesto sencillo, lleno de profundo significado tanto para quienes entregan la urna con la imagen de la Virgen Milagrosa como para las familias que la reciben. En efecto, a través de este encuentro se desarrollan auténticas relaciones de profunda amistad y colaboración entre las familias, unidas por esa profunda devoción mariana compartida; se aviva con naturalidad la conciencia cristiana y se propicia un encuentro personal con Jesucristo a través del encuentro con su Madre Inmaculada. En definitiva, es un medio óptimo que nos estimula a evangelizar con la oración, el testimonio, y la ayuda a las personas necesitadas. Aunque pueda parecer intrascendente y a veces se haga de forma un tanto rutinaria, este modo de compartir la fe mariana cala hondo en las gentes más sencillas hasta el punto de sentirse dichosas por la presencia de la Madre cuya imagen despierta en ellos profundos sentimientos y expresiones de agradecimiento y de júbilo.

En mis diálogos con los miembros de los consejos locales descubro mucha creatividad con relación a nuevas formas de visita domiciliaria, que bien merece la pena reseñar aquí, aunque sea muy brevemente: en la pequeña ciudad de Ávila, reciben actualmente la urna con la imagen de la Virgen más de 1.400 familias. Con motivo del quinto centenario de Santa Teresa de Jesús, en esta misma ciudad, cinco conventos de clausura y seis comunidades de vida apostólica han comenzado a recibir de forma regular la visita domiciliaria.

Otras iniciativas sorprendentes son las realizadas en el Seminario Mayor de Burgos, donde los estudiantes de Teología reciben la urna con la imagen. Lo mismo ocurre en residencias sacerdotales y en residencias de ancianos.

¿Por qué no ampliar este abanico de iniciativas a otros grupos o colectivos sociales? ¡Qué bueno sería acompañar la entrega de la imagen con una reflexión o catequesis escrita, muy breve y sencilla, sobre la familia y la comunidad cristiana.

Conclusión

Como conclusión de todo lo expuesto, creo que tenemos delante un futuro verdaderamente prometedor. Me gustaría pensar que el título de mi reflexión se ajusta a expectativas reales. Ahora hablarán los distintos grupos lingüísticos, aportando sus propias experiencias y sus grandes sueños que desean convertir en realidad con la ayuda del Señor y la intercesión de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Que vivamos con fidelidad y gozo la recomendación de Pablo a los miembros de la comunidad de Tesalónica: “procurad siempre el bien mutuo y el de todos. Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo mal.”