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Orar al estilo de San Vicente

Por: Thomas McKenna, CM

Introducción: “Invitado a la Conversación”

Permítanme iniciar esta sesión pidiéndoles que mentalmente se coloquen en uno de los asientos de la Última Cena de Jesús. Estás a tres asientos de distancia de Jesús y notas lo que Él está haciendo, como si se estuviera preparando para ponerse en pie y decir algo. Y efectivamente se pone de pie. Todo el mundo deja de hablar, notando que Él les va a dirigir la palabra. Inicia con lo que conocemos como su Último Discurso, diciéndote a ti y a los demás en esta noche anterior a su muerte todas las cosas que están cerca de su corazón (Jn. 16: 17).

A medida que va acabando su discurso, en lugar de dirigirse a los presentes, Él comienza una conversación con el Amado Padre - y tú lo escuchas. -“Ahora ellos ya saben que todo lo que me has dado viene de ti, y ellos han creído que tú me has enviado. Yo oro por ellos”. Un poco después Jesús dice, “Yo pido… que ellos sean todos uno, como tú, Padre, eres en mí y yo en ti, y que también sean ellos en nosotros…”. Para terminar Jesús dice, “Padre, ellos son tu regalo a mí. Deseo que donde yo esté, ellos estén conmigo, que ellos lleguen a ver la gloria que tú me diste” (Jn 17: 6-11).

Nota lo que está sucediendo aquí. Jesús está hablando con Su Padre, y al terminar te introduce en la misma conversación. Lo que él está haciendo es ampliando el círculo, entonces al hablar; te está invitando a venir dentro de éste. Ya no estás a un lado de pie y escuchando; ahora estás “dentro” de la conversación, una parte de ella. Te has convertido en parte de este intercambio entre Padre e Hijo.

Tu “inclusión” en esta conversación es oración muy profunda. La oración del cristiano es a su más profundo nivel su entrada a esta intimidad que va y viene entre Padre e Hijo. Esto es, en un modo de decirlo, la oración de la Trinidad.

Te debes estar preguntado, ¿Dónde está el Espíritu Santo?, Comentaristas sugieren que el Espíritu Santo es la comunicación – mejor dicho, el amor – que va y vuelve entre el Padre y el Hijo. Si el Padre y el Hijo son sustantivos, sugiere un escritor, entonces el Espíritu Santo es el verbo, que es la acción entre los otros dos.

San Agustín, por ejemplo, llama al Hijo “El Amado”, al Padre “El Amante”, y al Santo Espíritu el amor que va y vuelve entre el Amante y el Amado.

Y Jesús está diciendo que nos quiere justo ahí en el medio de todo eso: “Padre, yo quiero que ellos sean como somos nosotros, Tú en Mi y yo en Ti, en el mismo circulo juntos.

En esta escena tenemos una insinuación de lo que pasa en el cristianismo. Y este “acontecimiento” toma clara visibilidad cuando celebramos la Eucaristía. Allí estamos, tomando en Jesús participación activa de su entrega al Padre, y el Padre retornando cariñosamente esa entrega como derramamiento del Espíritu Santo.

Pero hay algo más que notar en este “círculo de oración”. Éste no solo te incluye a ti y a la Trinidad, también incluye a todos y cada uno de los que están sentados en la mesa. En el círculo, cada uno es influenciado por todos los otros dentro de éste. En otra forma de decir esto, la experiencia y sabiduría, las cosas buenas y malas de todos los que participan, están en la conversación con las de los demás.

Una vez más, las vivencias, las luchas, las ideas y los triunfos de todos los demás tienen algún efecto en la conversación (oración) de cada uno. La doctrina que da nombre a esta realidad es conocida como “La Comunión de los Santos”.

Lo que quiero hacer para esta sesión es invitar otra persona –especial- dentro del círculo de esta conversación. Y por supuesto, esa persona es Vicente, quiero permitir que su experiencia de vida “entre en la conversación”, que entre dentro de este intercambio de vida y amor que va y viene entre los participantes, entre todos los que están sentados alrededor de esa mesa.

Y ahora hagamos justamente eso: imaginemos que estamos sentados en esa mesa con Vicente a nuestro lado. Y al igual que todos los demás nos abrimos, y permitimos que su conocimiento y prácticas reboten contra nuestras propias experiencias – y con suerte les den forma. En esta conversación hoy, trataré de que eso suceda siguiendo algunos temas que era claves para Vicente (los cuales por sorprendente que parezca, se muestran en el libro Orando Con Vicente).

“Dentro de la Conversación” Con Vicente: (8 Contribuciones)

1.) La primera es cómo Vicente entiende el carácter y la personalidad del principal actor de este círculo, es decir, como entiende Vicente la persona de Dios. Mientras otros podrían asociar la Deidad con cosas como la distancia, el miedo, el juicio, inaccesibilidad, El testimonio de Vicente sería el de un padre amoroso, de hecho el más cuidadoso, disponible y protector padre y madre imaginable, un padre que tiene nuestros mejores intereses siempre en el corazón. Y así leemos en una de las cartas de Vicente:

“El gran secreto de la vida espiritual es poner en sus manos todo lo que amamos, abandonándonos a nosotros mismos para todo lo que él quiera, con una perfecta confianza en que todo irá mejor.” y luego una línea adicional de Vicente “Él les hará de padre y de madre; será su consuelo y su virtud y, finalmente, la recompensa de su amor” (p. 33 en la edición en Español del libro)

El sentido central de Vicente de quién es Dios, nos hace reflexionar en esta pregunta: ¿Dentro de mi círculo de oración, siento el calor y cercanía de un padre?, ¿Tengo la sensación de estar siendo tomado en las manos y el regazo de un Dios maternal y paternal?

2.) Vicente introduce un segundo rasgo a su discurso y es una alta sensibilidad a lo que Dios quiere hacer, para entonces ir hacia fuera y hacerlo. La frase mas técnica para esta actitud es “buscar y hacer la voluntad de Dios”. En el borde de muchas decisiones que él estuvo a punto de tomar, Vicente daba un paso atrás de la tarea, para hacer una pregunta en forma de oración, “¿es esto realmente lo que Dios quiere?”, y una vez Vicente tomaba conciencia que algo en particular era precisamente lo que Dios quería, no esperaba más e iba inmediatamente a la acción.

Hay un escritor Vicenciano que sostiene que la principal pregunta característica de Vicente y sus seguidores es esta: “¿Que se debe hacer?” Esta es la pregunta de la “Voluntad de Dios”, si podemos llamarlo así, porque trae consigo las dos esenciales cualidades para hacer la voluntad de Dios; i.e., el discernir y el actuar. Para Vicente, el discernimiento que no estaba seguido de una acción no construiría el Reino de Dios. Pero actuar sin primero buscar la voluntad de Dios nos conducirá por caminos incorrectos, mucho orgullo e incluso resultados perjudiciales. El Dios que Vicente conoció en sus oraciones fue un Dios de Hacer, un Dios cuyo sueño, debemos decir, era construir activamente su Reino en este mundo.

En las reglas comunes para la Congregación de la Misión Vicente dio este consejo: “cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere es un medio infalible para conseguir en poco tiempo la perfección Cristiana… cada uno hará todo lo posible para hacérselo familiar” (39).

3.) Una presencia importante y crucial en la conversación de Vicente es, por supuesto, la de su Señor Jesucristo. Al inicio de su jornada espiritual, Vicente tomó el consejo de un director que le propuso mirar a Jesús como el quien más perfectamente adora a su Padre. Esta imagen de Jesús mirando amorosa y directamente a los ojos se su padre, brindó el contexto para la oración de Vicente. Esto lo llevó directamente a la conversación de la Trinidad, uniendo su propia adoración a la de Jesús y ambos amando a su “Abba”.

Así como Vicente progresaba, esa adoración amorosa tomó un tono más dirigido, y era el “ser enviado”. Vicente quedó atraído por esa escena en la sinagoga, que vemos en el inicio del evangelio de Lucas, escena en la que Jesús se pone de pie y, en el vocabulario del profeta Isaías, indica por qué ha venido y lo que quiere hacer. Jesús dice ser enviado, que se le ha dado la misión por y desde la Trinidad de llevar la buena noticia a los pobres y anunciar a los cautivos la libertad. Este evento del evangelio es la clave para descodificar la distintiva apreciación de Vicente hacia Jesús. Éste explica la gran energía que marcó no solo sus muchos años de actividad evangélica, sino que también fue lo que lo hizo tan insistente como para que sus seguidores saltaran por este envío de energía del Cristo Misionero.

Y así Vicente frecuentemente citaba su palabras, llenas del mismo dinamismo; “Dar a conocer a Dios a los pobres, decirles que el Reino de Dios está cerca y que es para los pobres - !Oh!, !qué grande es esto! Es tan sublime que anunciar el evangelio a los pobres es ante todo el oficio del Hijo de Dios” (Orando con Vicente Pag.45).

4.) Cuando estamos “dentro de ese círculo de conversación con Vicente, hay otra cualidad que puede inundar el espacio si así lo permitimos. Y esa es la confianza, confiar que Dios proveerá, que tendrá cuidado, que moverá las cosas para lo mejor. A esto lo llamamos creer en la “Divina Providencia”. En la vida de muchos creyentes la confianza es algo muy difícil de obtener, especialmente cuando las cosas no van bien y las preocupaciones son nubes en el horizonte. Al final de su vida, la oración de Vicente creció más y más en confianza. Él profundizó en su convicción que Dios guiaba todo. Y así, Vicente podía apoyarse en esa pauta, y dejarse guiar hacia delante.

Él visualiza la Divina Providencia como un corredor que marca el ritmo de una carrera. Si corres muy lejos detrás de la Providencia (no confiando) tropiezas y te cansas porque no estás aprovechando todo el cuidado que el Padre te da. Si corres muy adelante – (Confiando más en ti que en Dios), te irás por el camino equivocado por un camino que podría conducirte en contra de la voluntad de Dios. Cada vez más Vicente ponía toda su confianza en sus proyectos, no importaba cual era el riesgo o cuán tenue parezca el resultado. Él mira hacia delante y descansa en el hecho que el cuidado de Dios va delante de él. Pero también, a menudo él mira hacia atrás y en retrospectiva vislumbrando donde Dios lo ha ido llevando.

Para una persona que está preocupándose de no tener suficientes recursos para alimentar al pobre, el dice; “No te preocupes demasiado… la Gracia y la presencia de Dios tiene sus momentos. Mantengámonos bajo la Divina Providencia de Dios y seamos cuidadosos de no correr delante de ella”. En otro lugar él dice: “Pondremos nuestra seguridad en el Señor que mirará delante de nosotros, y estaremos seguros de que mientras nos enraicemos en este amor y nos basemos en esta esperanza viviremos siempre bajo la protección del Dios del Cielo… No nos faltará ningún bien aún cuando parezca que todo lo nuestro camina hacia la ruina.”. (Orando con Vicente P. 51)

Vicente nos está diciendo que pongamos más confianza en nuestras oraciones. Dios está guiando el camino y podemos descansar en su presencia, confiando en que su Divina Providencia está ahí, Él conducirá. Dentro de este círculo, uno siente la realidad y solidez del constante cuidado de Dios.

5) Alguien una vez describió la conversación Trinitaria como un campo de energía. La persona que ora así lo siente – al menos en cierto nivel- la fuerza y el dinamismo que vienen del Padre y vuelve al Padre. Incluirse en esta conversación es cualquier cosa menos que un estado estático. Vicente sintió esta energía; ésta fue la que lo impulsó – o mejor dicho- lo envió hacia afuera – a llevar la nueva noticia.

Una manera de apreciar ese impulso que él experimentó “en la conversación”, es imaginarnos a nosotros mismos en esa escena del evangelio de Lucas que tanto encendía a Vicente y lo ponía en movimiento. Y es ese incidente en la sinagoga donde Jesús toma el rollo de las lecturas y comenta lo que había seleccionado para leer.

Para hacer esto voy a usar una guía de meditación directamente desde el libro. Y verán que este método tan simple es otra forma de entrar dentro de la oración de Jesús al Padre.

Entonces para iniciar transpórtate mentalmente frente a la presencia de la Trinidad. Entonces relaja todo tu cuerpo comenzando con tus pies y terminando en tu cabeza. Respira profunda y lentamente, dando la bienvenida al soplo de vida y al Espíritu de Dios.

Ahora ponte a caminar detrás de Jesús y sus discípulos hacia la sinagoga de Nazaret. Un silencio respetuoso recibe la entrada de Jesús. Tomas un asiento en la última fila, pero puedes ver a Jesús y su variopinto grupo de seguidores. En el frente se sienta una fila de ancianos. El jefe de la sinagoga se acerca a Jesús y le entrega la Torah. Jesús la abre despacio y encuentra el texto de Isaías que quería. Se levanta, mira alrededor a toda la asamblea, respira profundamente, luego lee con seguridad y con claridad este texto:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para dar la Buena Nueva a los pobres. Me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, a proclamar el año del favor del Señor.” (Lc 4:18-19).

Jesús devuelve las Escrituras a un joven ayudante y comienza a recorrer el local con sus ojos. Sus ojos se detienen y miran los tuyos. Dice deliberadamente “Hoy estas palabras se han cumplido al oírlas tu. Luego se va en silencio fuera de la sinagoga. En medio del silencio meditas las palabras que te ha dirigido.

Siéntate allí un rato y escucha lo que sea que venga a tu mente y corazón. Si te ayuda escribe lo que viene a ti en este momento…

¿Cuál es el punto? Trata de experimentar algo del dinamismo y la fuerza de este “envío” que el mismo Vicente experimentó.

6) En muchos lugares del evangelio Jesús habla de “ver”. No solamente de dar la vista a los ciegos, sino también frecuentemente él habla sobre cierta ceguera que afecta a aquellos que pueden ver. Su manera paradójica de decir esto: “Miran y no ven”. Cuando este tipo de personas que “miran”, observan a su alrededor, dejan de ver muchas cosas. Para ellos poder ver más allá algo tendrían que extender su rango de visión para permitirles ver más lejos y con más precisión.

¿No es esa “extensión” exactamente lo que pasa con los discípulos alrededor de la mesa en la última cena?. Cuando ellos se introducen en la conversación, “sus ojos son abiertos para divisar (incluso solo un poco) lo que realmente está pasando entre Jesús y su Abba. Ellos están solamente comenzando a ver un poco más allá. Y ellos están viendo no solo a través de sus propios ojos sino también a través de los ojos de Dios. Y por el resto de sus vidas esa visión (en la realidad de las cosas) se hará cada vez más aguda.

Mucho de lo que Vicente hacia para el servicio del pobre tiene que ver con esta “Visión extendida”. A través de la oración y el servicio, él aprendió a penetrar debajo de la superficie para detectar más que lo que Dios ve en la situación. Escucha estas palabras, que a menudo citan las claves de la espiritualidad:

“Yo no debo considerar a los pobres campesinos por su apariencia exterior o por su inteligencia, Tanto más cuanto que con frecuencia no parecen tener el aspecto y la inteligencia de seres racionales, tan toscos son y tan rudos. Pero da la vuelta a la medalla y veréis que a la luz de la fe el Hijo de Dios, que ha querido ser pobre, nos es representado por esos pobres”. (Orando con Vicente P. 64)

Y aún con más claridad, “Amemos, hermanas, a los pobres como a nuestros amos, pues Nuestro Señor está en ellos y ellos en Nuestro Señor (Orando con Vicente P. 65).

¿Cuál es el punto?, la oración de Vicente lo acercaba cada vez más a ver como Dios ve, los detalles. Eso permitía que la mirada de Vicente llegara al núcleo de las personas (especialmente a la gente pobre), que es el lugar preciso donde ellos son amados por Dios.

7) Con toda esta plática sobre ser llevados dentro de la “conversación de la Trinidad”, podría dar la impresión que lo principal que un creyente hace es permanecer sentado y en silencio, con la mirada puesta en Dios, y no hacer otra que otra cosa. Cualquiera que lee a San Vicente sentirá a seguidas su impaciencia con tal actitud. Aunque él pensaba “escuchando en la conversación” lo que era esencial, él creyó absolutamente necesario poner en acción lo que estaba escuchando.

Por un lado, insistió en el trabajo duro, la labor por el Reino de Dios que va mano a mano con la escucha. En una carta confrontando a uno de sus seguidores él delimitó su terreno claramente:

“Muy a menudo tantas efusiones de afecto hacia Dios, de estar en su presencia, de buenos sentimientos hacia todos, y sentimientos y oraciones parecidas, aunque son muy buenas y muy deseables, son sin embargo sospechosas sino llevan un amor práctico que se muestre en buenas obras (Orando con Vicente P. 69).

En otro lugar, él hablaba del esfuerzo a largo plazo que le tomó moldear su personalidad y moderar sus cambios de humor. Él llegó a ver que esos rasgos interferían con el servicio al pobre. Mirando la brecha entre sus intenciones y su comportamiento en esos días, el confesaba:

“Durante un tiempo de meditación… me volví hacia Dios y le pedí insistentemente que me cambiara aquel carácter mío irritable áspero. Le pedí también un espíritu amable y tierno. Y con la gracia de Dios, poniendo un poco de atención a los rasgos impulsivos de mi personalidad me he curado al menos en parte de mi carácter negro.” (Orando con Vicente p. 74).

¿Cuál es el punto? Para Vicente la oración conduce a la acción y la acción conduce de vuelta a la oración. Seguramente estarás pensando Vicente “estaba muy activamente en la conversación…”.

8) Si hay una palabra capaz de captar la esencia de Vicente compartir “en la conversación”, sería esta: Equilibrio. Sentado en esa mesa de la Última Cena, escuchó la palabra de Dios y actuó con las acciones de Dios. Por un lado impaciente con actos descarnados de piedad que no daban resultados prácticos y en el otro actividad superficial no fundamentada en Dios, Vicente es un modelo de cómo la contemplación y la acción pueden alimentarse una a otra en vez de competir. Su frecuentemente citado aforismo “Dejar a Dios por Dios”, toca directamente esto.

Una vez aconsejando a las Hijas de la Caridad quienes estaban teniendo problemas de conciencia por no dedicar suficiente tiempo a la oración él escribió:

“Si en el tiempo de oración de la mañana tenéis que llevar la medicina, id tranquilamente y sin ninguna preocupación. Si cuando estáis de vuelta podéis hacer un poco de oración o de lectura espiritual, muy bien. Pero no tenéis que inquietaros por ello, ni creer que habéis faltado a cuando la perdáis, porque no se la pierde cuando se la deja por un motivo legítimo. Y si hay algún motivo legítimo es el servicio del prójimo. El dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios. Dejáis la oración o la lectura por asistir al pobre; pues sabed que eso es servir a Dios” (Orando con Vicente P.117).

¿Cuál es el punto? La conversación de la Trinidad es como un círculo giratorio de escuchar y actuar. Tomamos del corazón de Jesús ambas, mientras habla con su Padre en la mesa, también se levanta de la misma mesa y va al mundo a hacer el trabajo del Padre. Y la oración de Vicente es un ejemplo de gracia de cómo esta escucha y actuación se alimentan y moderan entre sí.


Conclusión

Claramente hay muchas maneras de aprovechar los conocimientos de Vicente en la oración. Hemos tomado una manera que lo lleva a la oración en la Última Cena, que abre un intercambio abierto e inclusivo que llevó a los discípulos al mismo corazón de Jesús mientras él se ofrecía a sí mismo al Padre por amor a nosotros. Por supuesto, Vicente es uno de los participantes ese evento siempre renovado. Ojala que nosotros, en nuestra oración estando sentados en esa mesa, lleguemos a conocer más profundamente la contribución en esta conversación salvadora.