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Enciclopedia:Efemérides/2 de noviembre

1644. Carta de Vicente de Paúl a la superiora de la Visitación de Metz, en la que le dice que, a la vista de la pobreza del monasterio, le envía cien libras que le ha entregado la superiora del primer monasterio de París para ellas. Y añade: "si pudiese, destinaría para ustedes algo de lo que envían para los pobres de Metz, pero no se nos permite entregar nada a los que no sean pobres mendigos, para ayudarles e impedir que mueran de hambre".

1651. En Varsovia, a principios de noviembre, llega el primer equipo misionero enviado por Vicente de Paúl. Responde así a la carta de la reina Luisa María de Gonzaga que le ha suplicado que entregara algunos de sus hijos a Polonia. Antes de casarse con los reyes de Polonia, Ladislao IV Vasa, en 1646, y Juan II Casimiro Vasa, en 1649, Luisa María había tenido ocasión de conocer bien a Vicente de Paúl en París, habiendo sido una de las Damas de la Caridad de la época. El equipo está formado por el superior, P. Lamberto aux Couteaux, el P. Guillermo Desdames, los hermanos Nicolás Guillot, subdiácono, y Casimiro Zelazewski, clérigo, y el hermano coadjutor Santiago Posny. La reina los aloja en su palacio hasta que adquiere una pequeña casa cerca de la Iglesia de la Santa Cruz. El equipo se encuentra con la oposición de los Jesuitas que, al parecer, temen que sean jansenistas. En 1655, los Jesuitas de París escribirán una carta atestiguando la ortodoxia de los hijos de san Vicente. Mientras tanto, el equipo tiene que hacer frente a una epidemia de cólera en la que mostrarán su entrega.

1652. Conferencia de Vicente de Paúl en San Lázaro sobre la asistencia a los difuntos, en que se tratan las razones para ello, especialmente en el día de su fiesta, y de los medios.

1655. Conferencia de Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad sobre las máximas de Jesucristo y las del mundo, en que desarrolla el artículo cuarto de las Reglas Comunes, que comienza: "Tendrán horror a las máximas del mundo y abrazarán las de Jesucristo". Vicente argumenta que las reglas han sido inspiradas por Dios. Como máximas del mundo, cita: la estima del bien, el honor y la gracia; la huida de la pobreza y la miseria y el aprecio de las cosas mundanas como la prosperidad, los honores y las alabanzas; la estima de las compañías; la búsqueda de la propia satisfacción en todas las cosas, incluso en la virtud, por lo que, si se hace algo bien, se quiere que se conozca. Vicente afirma que una acción buena en sí misma se vuelve mala cuando no se busca la complacencia de Dios sino la propia. Destaca el servicio a los pobres como fin principal de la Compañía y añade que por eso las Hijas deben tener más virtud que las religiosas. Otra máxima del mundo es la burla y otra es inducir a engaño, trampear y ocultar lo que se piensa para sorprender a los demás. Vicente dice que nunca hay que burlarse de las hermanas que se portan como es debido y que hay que contar a los superiores las propias disposiciones interiores cuando lo pidan e incluso antes, sobre todo si estas nos apenan. También se aprecia mucho en el mundo la gracia, el ingenio, saber hablar bien y replicar a propósito. Vicente dice que deben tener horror de todo lo que se acerque por poco que sea a las máximas del mundo, combatir cualquier inclinación hacia ellas y evitar el trato con las personas mundanas. No hay que alabar nunca las gracias naturales en una persona que se ha entregado a Dios, ni censurar a las que no tienen tantas. No hay que hablar de si una persona escribe o canta bien, que son cosas indiferentes, sino de su virtud y fidelidad a las reglas. Lo que hay que estimar en una hermana es que ama la pobreza, escoge lo peor para ella y guarda lo mejor para el prójimo y no quiere hacer nada en contra de las órdenes de sus superiores. Otra máxima del mundo es que para ser algo hay que hacerse valer. Para imitar a Nuestro Señor hay que huir como de la peste de todo lo que podría darnos gloria u honor. Como máximas de Jesucristo, Vicente enumera las bienaventuranzas. La regla continúa: "abrazarán las de Jesucristo; entre otras las que recomiendan la mortificación, tanto exterior como interior, el desprecio de uno mismo y de las cosas de la tierra, escogiendo más bien los empleos bajos y viles que los honorables y agradables, cogiendo siempre el último lugar y guardando el mejor para el prójimo". Vicente explica que Nuestro Señor nos enseñó la mortificación interior, sufriendo en su alma que los hombres cometiesen tantos pecados contra su Padre, y exterior, soportando grandes tormentos por todo su cuerpo. La exterior consiste también en no mirar las cosas bellas; en ir con la vista baja. Hay que mortificar los ojos y los oídos, que se complacen en oír canciones, músicas, alabanzas, noticias y el canto de las aves. Hay que preferir las comidas groseras a las que están bien sazonadas. Hay que sentir horror de tocarse las manos mutuamente y de dejarse tocar por los hombres. La mortificación interior, se refiere a las facultades del alma. Hay que mortificar el entendimiento que quiere saber todas las cosas curiosas, que no son necesarias. No hay que saber tanto porque, como dice san Pablo, la ciencia envanece y solo la caridad edifica. No hay que dejar que la memoria se recree en los placeres que se sintieron en la familia de procedencia ni fijarse ya en las cosas que se dejaron. Hay que pedirle a menudo a Dios que nos conceda el desprecio de nosotros mismos, de modo que nos guste ser tenidos por pobres y miserables, que amemos todo lo que nos lleve a ese desprecio y que cojamos siempre lo peor, si se nos permite escoger: la ropa peor, la toca peor, la camisa más basta, o sea, que corramos a lo que sea más vil y que deseemos que nos ocurra, pues ésta es la máxima de Nuestro Señor, que siempre ha despreciado las cosas de la tierra.

1838. Muere en Pekín Mons. Cayetano Pires Pereira. Nació en Cerdeira, Portugal, el 18 de agosto de 1769, e ingresó en el seminario de Lisboa siendo ordenado sacerdote de la Congregación de la Misión, el 15 de marzo de 1794. El 12 de agosto de 1800 llegó a Macao y el 20 de agosto de 1804 fue nombrado obispo de Nankín. Llegó a Pekín donde el obispo Mons. Alejandro de Guvea lo consagró en 1806. Su título de mandarín del tribunal de las matemáticas y sobre todo la persecución impidieron a Mons. Pires llegar a Nankin. Desde agosto de 1827 hasta su muerte fue administrador apostólico de Pekín.

1880. Muere en París, sor María Juhel en el segundo año de su generalato (1878-1880) en el que trabajó con el P. Antonio Fiat como superior general y con el P. Pedro Bourdarie como director.