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Enciclopedia:Efemérides/17 de octubre

1644. En Chartres, Luisa de Marillac establece a la Virgen como Madre y Guardiana de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

1659. Conferencia de Vicente de Paúl a los misioneros paúles sobre la verdaderas luces y las falsas ilusiones, en la que desarrolla el artículo 16 del capítulo segundo de las Reglas Comunes, que dice: "Y puesto que este espíritu maligno se cambia a menudo en ángel de luz, y a veces nos engaña con sus ilusiones, nos guardaremos bien de dejarnos sorprender por ellas, y pondremos esmero en aprender los medios de discernirlas y superarlas. Y como la experiencia nos hace ver que el medio más presente y más seguro en este caso es el de decirlo prontamente a los que Dios ha destinado para ello, desde que alguno tenga pensamientos sospechosos de ser ilusiones, o cualquier pena interior, o tentación notable, se lo dirá, tan pronto como pueda, al superior, o al director delegado para ello, a fin de que aporte el remedio conveniente, que cada uno recibirá y aceptará como salido de la mano de Dios, y se someterá al mismo con confianza y respeto. Sobre todo evitará hablar de ello a otros distintos, ya sea en casa, ya fuera de ella, pues la experiencia nos hace ver que diciéndoselo a otros, se empeora el propio mal, se infecta a los demás y que incluso se produce, a la postre, un gran perjuicio a toda la congregación". Vicente comienza dando las razones de darse a Dios para distinguir las verdaderas luces de las falsas ilusiones: porque nos jugamos nuestra salvación o condenación; porque las ilusiones afectan más a las personas que se han separado del mundo; porque las personas espirituales deben saber distinguir las unas de las otras. Vicente da algunas de las señales que permiten ver si se trata de una luz verdadera o de una ilusión: las que se desprenden del examen de la substancia de la cosa y de todas las circunstancias que la acompañan. Una señal de que es una ilusión es que haya en ella algo de supersticioso. Otra que produzca opresión, turbación o inquietud, porque el espíritu de Dios no nos inquieta nunca, es un espíritu de paz, una luz suave que se insinúa sin violencia. Una última señal de que es una luz falsa es no querer someterla al superior o al confesor, porque el espíritu del Evangelio Dios es un espíritu de obediencia, y se debe aceptar con calma y tranquilidad el consejo que aquellos nos den. Vicente añade que piensa que las demás señales se pueden remitir a estas. Como medios para evitar las ilusiones y ayudar a los que son atacados por ellas, Vicente propone: pedirle a Dios esa gracia; no ser demasiado curiosos en discernir estas falsas luces, porque nos lleva a reflexionar sobre nuestras acciones y lo aprovecha el espíritu maligno para hacernos caer. Vicente dice que de ordinario Dios castiga con ilusiones a los que quieren comprender de los milagros y penetrar lo que debería quedarles oculto. Por ello hay que huir de toda curiosidad y aplicarse en humillarse y no tener ninguna estima de nosotros mismos y, cuando se haya hecho todo lo que se tenga que hacer, decir somos siervos inútiles. Para terminar Vicente insiste en que estas penas solo se deben comunicar al superior o al padre espiritual, que son los que Dios ha establecido para ello.

1818. Justino de Jacobis, con dieciocho años, entra en el seminario interno de Nápoles.

1926. En la basílica de San Pedro, en Roma, ciento noventa y un mártires de la Revolución francesa son beatificados. Entre ellos los paúles Luis José François y Juan Enrique Gruyer, asesinados en el seminario de San Fermín el 3 de septiembre de 1792.

1946. Un decreto de la Sagrada Congregación para los Religiosos reconoce la exención de la Compañía de las Hijas de la Caridad, que ha sido confirmada el 12 de agosto de 1946 por el papa Pío XII. La exención existe desde los orígenes de la Compañía, pero ha sido cuestionada en varias ocasiones, sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX. La exención no consiste en la sustracción de los religiosos a cualquier autoridad distinta de la de sus superiores, sino en la afirmación de su estricta e inmediata dependencia del soberano pontífice. En palabras del papa Pablo VI: "La exención garantiza la unidad de dirección y de espíritu del Instituto más allá de las fronteras diocesanas y nacionales. No es un principio de independencia, la justificación de una autonomía que pueda dificultar la obra común, sino la afirmación de la catolicidad en el mismo seno de un apostolado inscrito en la pastoral diocesana".