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Enciclopedia:Efemérides/14 de noviembre

1646. En San Lázaro, Vicente de Paúl trabaja en la composición del Reglamento de las Hijas de la Caridad que el Arzobispo de París aprobará el 20 de noviembre. Hace trece años que, con Luisa de Marillac, algunas muchachas han comenzado a servir en común a los pobres. Para guiarlas a ellas y a aquellas que se les unirán, Vicente de Paúl sólo a formulado hasta ahora reglamentos provisionales, algunos específicos de alguna clase de sirviente de los pobres, como las que se ocupan de los hospitales, o las de los colegios. Hace ya tiempo que Luisa de Marillac y sus Hijas le piden unas Reglas. A esta tarea dedica Vicente de Paúl estos días del mes de noviembre, aunque no pretende escribir frases definitivas. El resultado de su trabajo, aprobado por primera vez en 1646, lo volverá a presentar en 1655, con modificaciones al Arzobispo de París, el Cardenal de Retz.

1655. Carta de Luisa de Marillac a Vicente de Paúl en la que le dice: "Permítame que le diga que es absolutamente necesario que su pierna no esté más de medio cuarto de hora colgando y que no sienta el calor del fuego. Si se le enfría, habrá que calentarla con algún paño caliente por encima de los calcetines. Y si le parece a usted bien probar esta pomada dulce que le envío, frotando con ella ligeramente y poniendo encima un paño mojado en dos dobleces con agua tibia, espero que podrá sentarle bien. Cuando el paño se enfríe, habrá que recalentarlo, pero que el agua no esté del todo caliente ni del todo fría. Las sangrías le han debilitado el cuerpo, junto con ese mal; y cuando pone usted el pie en tierra, el calor y los humores acuden allí como a la parte más débil. Me gustaría que no bebiera usted tanta agua y que dejase a las entrañas templarse y refrescarse, para no enviar tan violentamente el calor a la pobre pierna enferma. Con el consejo del médico, quizás con medio escudo de sales minerales en el primer vaso de agua que se tome por la mañana podría usted pasar mejor el día, ¿No seré un poco temeraria al hablarle de este modo? Pero sé que me lo dispensará usted".

1659. Conferencia de Vicente de Paúl a los misioneros paúles sobre la pobreza, en la que trata de los dos primeros artículos del capítulo III de las Reglas Comunes. El primero es: "Jesucristo, verdadero señor de todos los bienes del mundo, habiendo abrazado la pobreza de un modo tan particular que no tenía donde reposar la cabeza, y habiendo puesto a los que le siguieron en su misión, esto es, sus apóstoles y sus discípulos, en un estado semejante de pobreza, hasta el punto de no tener nada propio, para que estando desprendidos así, pudieran combatir y vencer mejor y más fácilmente el espíritu de las riquezas, que va perdiendo a casi todo el mundo, cada uno procurará según sus fuerzas, imitarlo en la práctica de esta virtud, asegurándose de que será como el fuerte inexpugnable, que debe, con la ayuda de Dios, conservar siempre la Congregación". El segundo: "Aunque los empleos en las misiones, por tener que ejercerlos gratuitamente, no nos pueden permitir hacer profesión de pobreza de todas las maneras, intentaremos no obstante guardarla con la voluntad y el afecto, y, tanto como podamos de hecho, y principalmente en relación con las cosas que se nos ordenan aquí". Vicente distingue dos clases de pobreza: la que consiste en renunciar a todos los bienes que se posean y la que consiste en renunciar a uno mismo, al juicio, voluntad, inclinaciones, deseos y pasiones propios. Dice que la Congregación debe abrazar las dos clases de pobreza. Después se da lectura al breve del papa Alejandro III confirmando y aprobando la interpretación que la Congregación hace del voto de pobreza. Vicente explica que los miembros de la Congregación retienen el dominio sobre sus bienes, pudiendo disponer de ellos en favor de sus parientes, pero renuncian, por el voto, al uso de los mismos, siendo atendidas sus necesidades por la Congregación. Las rentas de esos bienes se utiliza para obras piadosas o, si lo necesitan, para atender a los parientes. Si alguno se sale de la Congregación con permiso del papa o del superior general, puede recoger sus bienes y sus beneficios. Entonces Vicente, ante todos puestos de rodillas, pide perdón a Dios y a la Congregación por el escándalo que da al haber tenido un caballo y tener una carroza, una habitación, un fuego, una cama con cortinas, un hermano y recibir tantos cuidado que no le falta de nada. Les pide a los presentes que lo soporten en su vejez y a Dios que le de la gracia de corregirse. Una vez levantados, Vicente pasa a tratar de las dificultades y comenta que puede parecer que la Congregación falta a la pobreza cuando no acepta nada al hacer las misiones, alimentándose por si misma en lugar de recibir los alimentos y demás cosas necesarias. Explica que esto se hace por dar gratis lo que se ha recibido gratis. Se acostumbra a dar todos los días la limosna, no se recibe nada de las misas que nos hacen decir, se contribuye un poco a la colecta de la cofradía de la caridad. Esto parece contrario al voto de pobreza. Pues bien, dice, en misiones hay que guardar al menos el espíritu de pobreza; se hace profesión de ella y hay que demostrarla en la sobriedad y austeridad en el vivir y en el vestir, y estar dispuestos a dejarlo realmente todo, si fuera necesario. Son las nueve por lo que Vicente deja para la siguiente conferencia la continuación.

1791. Desde París, a pesar de las muertes y de las ruinas que la Revolución acumula en la capital, el superior general, el P. Félix Cayla de la Garde, dirige una carta a la Congregación de la Misión en la que anuncia la erección de la provincia del Palatinado, que cuenta con dos casas: los colegios de Heidelberg y Manheim, donde, a petición del Príncipe Elector, los Paúles han sucedido a los Jesuitas en 1781. En ese mismo año se ha abierto un seminario interno en Heidelberg, con nueve seminaristas alemanes. Además, en 1788, el superior general ha podido enviar a Manheim, para hacerse cargo de la dirección del Observatorio, a un misionero que ha seguido en París los cursos de Astronomía del ilustre Lalande. Si el superior general ha decidido erigir el Palatinado en provincia, a pesar del reducido número de casas, se debe a la situación religiosa en Francia, ya que piensa que la nueva provincia podrá recibir a los misioneros que Francia no quiera. Él mismo, en su día, encontrará refugio en Manheim. Pronto se crearán dos nuevas casas, pero los efectos de la Revolución se extenderán hasta las orillas del Rhin y, en 1809, no quedarán más que tres misioneros franceses en Heidelberg.