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Documento: La asesoría laica en JMV

JESUCRISTO, MODELO DEL ASESOR


INTRODUCCIÓN

La respuesta libre a la llamada de Dios, en cualquier estado de vida, tiene como resultado una conversión a la persona de Jesucristo y al Reino del Padre. Esta es la finalidad de todo proceso formativo en los movimientos eclesiales y, desde luego, la finalidad de la formación y del acompañamiento en la Asociación de Juventud Mariana Vicenciana [1], por lo tanto, lo más importante en el servicio de asesoría; sin lo cual, todo lo demás sería “construir sobre arena” (cfr. Mt 7, 26).

La asesoría en JMV tiene que ver con saber acompañar al joven en esta experiencia de encuentro personal con Jesucristo, sin la cual no se es cristiano, pues “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” [2]. La asesoría tiene que ver con saber acompañar en el camino a los jóvenes para que lleguen a optar por Cristo como centro de sus vidas y razón de su fe, lleguen a asumir su propuesta evangélica y acepten su invitación a seguirle. Seguir a Jesús es sentirse deseado por El y, desde esa experiencia, desearle a Él, aspirando a una relación lo más personal y afectiva posible, que llegue incluso a querer identificarse con su vida. Seguir a Jesús conlleva también hacer propios los deseos de El respecto al proyecto del Padre para con toda la humanidad.

Sería muy arriesgado decir que este trabajo aborda todos los elementos a tener en cuenta en la asesoría y todo lo que implica ser asesor laico en JMV; más bien intenta ser un acercamiento al tema desde algunos elementos claves en el acompañamiento que descubrimos en Jesucristo. El objetivo que nos hemos propuesto con estas reflexiones es que los Asesores vean en Jesucristo su modelo de acompañante en el itinerario de la vida de los jóvenes. Sabemos perfectamente que no estamos elaborando un material que supere lo propuesto por el documento “Rol y Tareas de los Asesores en JMV” [3], tenemos la seguridad de que en él se tienen ya muy claros los lineamientos que permiten a todos aquellos que brindan este servicio tenerlo como un excelente material de referencia para mejorar la vivencia de este servicio en la Asociación. Allí podremos encontrar algunos elementos claves tales como:

  • ¿Qué entendemos hoy por “asesor”?
  • ¿Quién puede ofrecer asesoría en JMV?
  • Estilo pedagógico de la asesoría en JMV.
  • Perfil del asesor.
  • Misión del asesor.
  • Tareas concretas del asesor.
  • Algunos aspectos prácticos.
  • Y otros…

Desde este punto de vista, proponemos poner nuestra mirada en el modelo que nos presenta Jesús en los Evangelios. Hay infinidad de textos en el Nuevo Testamento que pueden orientar la reflexión de la asesoría de laicos en JMV. Un ejemplo claro de lo que el encuentro con Jesús de Nazaret puede provocar en una persona es el testimonio que nos da la mujer samaritana en el evangelio de Juan. Este texto nos permite descubrir un elemento clave: la apertura a las palabras del Maestro que le iba develando su propio ser, y el respeto de Jesús hacia la libertad de esta mujer para acoger o no su Palabra. La samaritana se convirtió en una auténtica seguidora de Cristo, anunciadora de la Buena Noticia del Reino. Su experiencia la llevó a salir de sí y salir al encuentro del otro, para contagiarlo de su alegría, don maravilloso que brota del corazón, agua viva que brotó del encuentro con Cristo y que compartió con otros.

Así como el texto de la mujer samaritana, la riqueza del evangelio es inagotable. Hemos optado por el texto de los discípulos de Emaús Lc. 24, 13-35 como trasfondo de este trabajo. El pasaje es un icono del proceso de acompañamiento y transformación que se da en quien se encuentra con el Resucitado.

El punto de partida es bíblico porque queremos suscitar la reflexión en torno al papel del asesor laico en JMV desde Jesucristo como modelo, quien acompaña en el camino a los discípulos.

Proponemos la figura del “camino”. El ministerio de la asesoría se fundamenta en Jesucristo servidor (cfr. Mt 20, 28), en Jesucristo que se hace uno a nuestro lado para caminar como lo hizo con los discípulos de Emaús. En el pasaje resaltamos seis actitudes concretas que Jesucristo vivió al caminar con estos discípulos y que nos dan pautas para comprender el servicio de asesoría en JMV:

  • Saber acompañar en el camino.
  • Saber dialogar.
  • Saber discernir a la luz de la Palabra.
  • Saber crear fraternidad.
  • Saber celebrar.
  • Saber desaparecer.
  • Saber nutrirse

Cada uno de estos aspectos concluye con una pregunta que tiene la finalidad de suscitar el diálogo y la reflexión de los asesores. No pretendemos hacer una lista de requisitos o elaborar un perfil para quien presta el servicio de la asesoría, para ello ya se cuenta con el documento “Rol y tareas de los Asesores en JMV”. Sabemos que cada asesor tiene en su personalidad, en su experiencia en JMV y en la vivencia de su compromiso eclesial mucha riqueza; es justamente esta riqueza lo que ayuda a los jóvenes de JMV a vivir su identidad desde la diversidad.

Una segunda parte de este documento trata más bien de un acercamiento al papel del laico en la Iglesia y en mundo expresado en los Documentos Conciliares y la Exhortación apostólica Christifideles Laici, es sencillamente un acercamiento a tema que bien sabemos es inagotable por la amplitud y profundidad del mismo.

Seguida de la reflexión eclesial insertamos una acerca de la misión apostólica del laico vicenciano y terminamos esta propuesta de documento con algunas cuestiones prácticas en el nombramiento y formación del asesor laico en JMV.


SABER ACOMPAÑAR EN EL CAMINO

“Dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (Lc. 24, 13-16).

El “camino” como metáfora de la vida del hombre es un clásico en los escritos de cualquier tipo. El hombre es un ser en camino. Ese camino algunas veces puede ser pedregoso, donde se hace difícil caminar. Otras puede ser más llano, donde el caminar se hace más sereno. Algunas veces es en subida y se requiere más fuerzas para transitarlo, y otras es en bajada y hay que ir regulando el paso. Hay muchos caminos y cruces de caminos y, en ellos, nos encontramos con muchos otros caminantes y peregrinos. Algunos van solos, otros van en grupos, otros con pocas personas más, pero todos estamos en el camino. Algunas personas están detenidas, como descansando un poco para seguir andando. Otras veces están mirando hacia atrás con cierta nostalgia del camino recorrido. En el camino podemos encontrar algunos compañeros para algunos tramos y, entonces, vamos conversando y compartiendo la vida. En otras oportunidades vamos renegando con quienes nos acompañan porque no todos caminamos a un mismo ritmo… pero todos estamos en el camino. No es posible transitar la vida fuera de él. Podremos querer tomar desvíos pero ya estamos haciéndonos nuevos senderos, nuevos caminos. No es posible recorrer la vida fuera del camino y siempre estamos sobre él.

Cuando caminamos con otro al lado el camino se hace más atractivo. Vamos conversando sobre lo que vemos y vamos viviendo. Podemos ir compartiendo experiencias y visiones. Cuando el camino se hace pesado y cansador, un compañero nos lo hace más llevadero. Caminar con alguien más al lado nos brinda la oportunidad de tener una visión más amplia. Yo puedo compartir lo que veo y el otro compartir conmigo lo que puede ver. A la vez, nuestras diferentes miradas enriquecen la percepción del paisaje. Juntos podemos encontrar nuevos senderos y caminos por donde caminar.

El asesor laico en JMV es alguien que sabe acompañar en el camino. No es un guía que ya ha recorrido todo el camino, como un lugareño puede conocer todos los senderos y escondites del lugar donde vive y por eso mismo, dice, indica y camina delante, por donde hay que ir. El asesor ha recorrido muchos caminos y ha adquirido mucha experiencia pero no conoce el camino que va a acompañar, a recorrer. Por su experiencia, porque ha aprendido a afinar su mirada, a interpretar los peligros que hay, puede ser un buen compañero en el camino de otros. Él camina al lado y ayuda a descubrir y caminar el propio camino.

Evidentemente Jesús es el modelo de compañero de camino. En el texto de los discípulos de Emaús él toma la iniciativa de acercarse a estos caminantes que vienen cargando sus propias alegrías y tristezas, que cargan con sus preocupaciones y decepciones. Ellos van haciendo su camino. En lo concreto vienen de una experiencia que les ha dejado más preguntas que respuestas y regresan, tal vez, a sus vidas de antes. Los dos están un tanto cegados por el dolor, por la decepción, por la tristeza, por la ilusión matada por los recientes acontecimientos. Comparten entre ellos sus desesperanzas. En ese contexto Jesús se les acerca, como un compañero de viaje más, y sigue caminando con ellos. No les marca que están equivocados, no les quiere imponer un rumbo, no quiere imponer lo que él piensa sobre el camino que recorren. Simplemente camina con ellos, se hace un compañero de viaje.

“El camino es la meta; caminar es llegar” dice una popular frase hindú que puede despertar ciertas sospechas porque, ¿es acaso la meta el camino?, ¿No es acaso la etapa intermedia que debe llevar a una meta final, como una carretera lleva a una ciudad? Evidentemente que “andar no es lo mismo que llegar. Al caminar nos movemos, mientras que al llegar descansamos… El camino que andamos, en cada paso de nuestra peregrinación y en cada aliento de nuestra vida, es en sí mismo –durante ese alado y fugaz instante, pero en auténtica verdad y profundidad- meta y termino de nuestra actividad, cumplimiento de nuestros fines y plenitud de nuestro ser. Caminar es llegar, porque cada paso llega a una marca en nuestra vida que es la única a la que podía y debía llegar. Caminar es llegar… por ahora, pero ese ‘por ahora’ es el único tiempo que existe en el momento de llegar, y así la acción es toda y completa en su instantánea existencia” [4].

El asesor laico en JMV es alguien que sabe acompañar en el camino para disfrutarlo y gozarlo como meta. Es alguien que ayuda a mirar con ojos nuevos el camino, no como algo a transitar rápidamente sino como observador de él porque está convencido que el camino enriquece y es donde Dios se revela.

A ejemplo de Jesús, el asesor laico en JMV sabe acercarse a los jóvenes, caminar con ellos, no pasa de largo, se coloca en un plan de igualdad para escucharlos, toma en serio sus preocupaciones y alegrías, sus angustias, temores y miedos. El asesor es otro Cristo que sabe acompañar el camino de los jóvenes, ellos lo ven presente y caminando a su lado y esa presencia es consoladora. Acompañar en el camino es transitar junto a ellos.

El asesor primerea al joven, se involucra, lo acompaña. “Primerear es experiencia de la iniciativa del Señor, que nos ha primereado en el amor (cfr. 1Jn. 4, 10), y como El, busca a los lejanos y exluidos, para brindar la misericordia” [5].

Pauta de reflexión:

  • ¿Cuál es la novedad que Jesús nos plantea en el estilo de acompañar a los jóvenes?


SABER DIALOGAR

“Él les dijo: ‘¿Qué comentaban por el camino’? Ellos se detuvieron, con el semblante triste y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: ‘¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! ¿Qué cosa?’, les preguntó. Ellos respondieron: ‘Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera el quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron” (Lc. 24, 17-24).

Jesús los invita a contar su historia y los escucha. Hace las preguntas justas y necesarias para suscitar el dialogo. No está pensando qué les va a responder, simplemente los escucha y deja que ellos se expresen y cuenten lo que les está preocupando, los entristece o alegra.

El camino es un lugar para la conversación, para el dialogo, es un lugar de intercambio de impresiones, emociones y revelaciones.

Jesús toma la iniciativa porque quiere conocer sus historias, le preocupa verlos con el semblante triste y le interesa saber lo que les pasa. No interrumpe el diálogo que ellos tienen, primero solo camina y escucha sus historias. Solo después participa de la conversación a través de preguntas, procurando sacar del profundo del corazón de cada uno de los discípulos lo que más les preocupa. Se interesa por conocer en profundidad sus sentimientos y anhelos.

El asesor laico en JMV sabe poner su mirada en la pedagogía de Jesús. No le preocupa dar respuestas sin oír antes cuáles han sido las preguntas de los jóvenes. No está bien enseñar lo que se considera necesario sin antes oír lo que está en el corazón de ellos. El asesor sabe estar atento a las preguntas, interrogantes, preocupaciones y alegrías que tienen los jóvenes. Sólo entonces vendrá una palabra consoladora, una palabra que ayude a comprender la situación actual, a interpretar lo que está sucediendo. Las respuestas dependerán de las preguntas.

Es interesante que en el relato de los discípulos de Emaús uno de ellos tenga nombre, se llama Cleofás. El dialogo de Jesús se da con personas concretas, con nombre y origen. Toca acompañar y asesorar a jóvenes concretos con historias y situaciones concretas. No son nombres en una lista de un grupo u oídos alguna vez. Son personas con las cuales se comparte la vida y quien recibe como compañeros de viaje.

Saber dialogar es meterse no solo en el camino de los jóvenes y caminar con ellos, sino también saber meterse en sus palabras y en sus historias. Como Jesús, el asesor en JMV mira con enorme respeto la vida del joven al que esta acompañando y sabe inquietar con alguna palabra, sabe crear dinamismo en el camino. Sabe escuchar sus preocupaciones, sabe dejarse afectar por las palabras de los jóvenes, sabe conectarse con la persona que habla y sabe callar para comprenderla.

Como Jesús, el asesor laico busca acortar distancias entre los jóvenes y él o ella, se involucra en sus situaciones de vida para estar con ellos siendo compañero de camino. Los acompaña en todos sus procesos, por más duros y prolongados que éstos sean [6].

Pauta de Reflexión:

  • ¿Cuál es la metodología de Jesús para conocer la interioridad de la persona?

SABER DISCERNIR A LA LUZ DE LA PALABRA

“Jesús les dijo: ‘¡Hombres duros de entendimiento, como les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?’ Y comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explico en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc. 24, 25-27).

El texto de pronto se torna desconcertante. Este extraño que caminaba casi en silencio con estos dos viajeros, después de escuchar durante un largo rato todo lo que ellos tenían para decir, después de oír sus historias, sus expectativas e ilusiones; luego de oír sus decepciones y tristezas; ahora que ya conoce lo que aprieta el corazón de estos hombres, llega el tiempo en que Jesús diga una palabra e ilumine la situación de dolor por la que están pasando.

Mirando al Jesús del relato de Emaús, el asesor laico en JMV ayuda a ver con ojos nuevos las situaciones que están viviendo los jóvenes. Hay veces en que el árbol no deja ver con claridad el bosque. La dificultad presente no deja ver el camino que se ha recorrido. No permite reconocer como Dios ha ido obrando a lo largo de la vida. Como asesor y después de conocer en profundidad la situación de los jóvenes viene el momento de ayudar a tener una mirada diferente y sanadora de la propia historia.

“Como les cuesta creer todo lo que anunciaron los Profetas” les reprocha Jesús. Aquí el asesor tiene una oportunidad enorme de evangelizar la mente y el corazón de cuantos aún les cuesta creer. Cuando la Virgen María visita a su prima Isabel una de sus palabras de bienvenida fueron “Feliz de ti porque has creído” (cfr. Lc. 1,45). No es porque ella haya tenido plena comprensión del misterio que Dios le confiaba que dijo “Sí”, sino por su gran actitud de fe. En los pocos textos que Lucas pone en escena a la Madre del Salvador unas de las actitudes que más sobresalen es su fe. María es la mujer que guarda todo en su corazón para ir rumiándolo y rezándolo poco a poco. Acepta el plan que Dios le preparó y los acontecimientos que se le van sucediendo, pero no con facilidad, no porque los busque, sino porque cree en Dios, tiene fe en aquél que le dió la vida.

María “nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. El Magnificat está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así, se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios” [7].

El asesor es una persona de fe que sabe mirar su propia historia a la luz de la Palabra, a la luz de la presencia de Dios en su vida y por eso mismo es que sabe acompañar a los jóvenes a tener una mirada de fe de la propia vida. Esto a veces se logra con un fuerte llamado de atención, como la de Jesús a estos discípulos: “Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer…”. No tienen que ser necesariamente palabras melosas sino aquellas necesarias para despertar de cierto estado de adormecimiento. El asesor en JMV sabe usar las palabras necesarias para suscitar una reacción nueva y sanadora.

“Y comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él”; Jesús sabe poner en su justo punto la vida del hombre, y así, como El, el asesor no esconde la alegría del mensaje del Señor porque sabe que la “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” [8].

“El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia autentica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás… Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: ‘El amor de Cristo nos apremia’ (2Col. 5,14); ‘¡Ay de mi si no anunciara el Evangelio!’ (1Col. 9,16)” [9]. El asesor laico es una persona que se ha encontrado con Dios y lo reconoce como su liberador y salvador. Sabe que su vida puede ser mirada y leída a la luz de la Palabra y por eso mismo es capaz de acompañar al joven en esta travesía.

Saber discernir a la luz de la Palabra es abrir los caminos para mostrar todos los que pueden ser transitados para ser fieles al proyecto de Dios sobre cada uno. Es analizar la historia en clave de esperanza y misericordia. Es presentar otras formas de entender la historia, otras miradas que sirvan para superar los miedos, las angustias, las desesperanzas. Es saber transcender la situación actual para mirar con ojos esperanzados la propia historia.

Cuando el asesor es capaz de animar a los jóvenes para que vean sus historias a la luz de la Palabra de Dios, y cuando él mismo deja iluminar su vida con el Evangelio, entonces va a ser testigo de cómo los corazones de los jóvenes comienzan a arder poco a poco, de cómo las energías se van restableciendo y de cómo los jóvenes comienzan a soñar de nuevo y el semblante triste que tenían al principio comienza poco a poco a llenarse de alegría por el anuncio del mensaje del evangelio.

“Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo” [10]. El Papa Benedicto XVI decía, en referencia a la Palabra de Dios: “Es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que por su propia experiencia vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (Jn. 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios” [11].

Pauta de reflexión:

  • ¿Cómo Jesús ayuda a releer los acontecimientos de la propia vida?


SABER CREAR FRATERNIDAD

“Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademan de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: ‘Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba’. El entró y se quedó con ellos” (Lc. 24, 28-29).

Después del camino recorrido, los discípulos ya han abierto su corazón a aquel peregrino que, en un principio, era un extraño. Su presencia silenciosa y respetuosa, sus preguntas confrontadoras, sus palabras iluminadoras, fue suscitando poco a poco la confianza en él y, al anocher, quieren que se quede con ellos, lo invitan a entrar en su casa para seguir compartiendo la vida. Es interesante el proceso que han podido hacer estos discípulos que iniciaron el encuentro con el semblante triste, que iban desesperanzados y tristes pero que ahora sienten resurgir las esperanzas.

Más interesante aun es la sabiduría de Jesús para saber ganarse un lugar entre ellos. Su silencio, compañía y palabras tuvieron su efecto en los discípulos. Dejaron de considerarlo un extraño para considerarlo un hermano, un amigo. Jesús supo ganarse su confianza y su admiración con su actitud. Las palabras de estos dos hombres son una invitación a quedarse con ellos, sin embargo, tiene un tono a súplica apremiante. Es una oración dirigida a aquél que supo llevar luz a sus corazones oscurecidos por la tristeza.

Jesús es un modelo para el asesor laico. Éste no va a poder ser compañero de viaje si no sabe crear fraternidad, si no sabe ganarse la confianza y el corazón de los jóvenes, si no sabe hacer surgir la inquietud de invitarlo a quedarse con ellos para compartirle sus sentimientos más profundos. “Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien” [12].

Saber crear fraternidad exige vivir la proximidad, la actitud del samaritano. Es sentirnos hermanos en igualdad de condiciones. Es tomar a los demás en serio. Es que “el evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo… El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” [13]. Por eso el asesor, impulsado por el evangelio que anima su propia vida, en cada encuentro siente al joven como su hermano y lo ayuda a que él también lo sienta como un hermano en quien pueda apoyarse y en quien puede confiar. No lo siente como un extraño que acompaña la vida del grupo o que simplemente está ahí, sin saber bien para qué, el asesor se va convirtiendo en una presencia necesaria y referencial.

Hay visitas que no solo son agradables sino realmente deseables. Son personas a las cuales nos encanta acoger en nuestras casas. Y cuando se regresan a sus hogares, sentimos nostalgia por su partida y quisiéramos que pronto nos volviéramos a encontrar. El evangelio que estamos reflexionando dice que Jesús “entró y se quedó con ellos”. Visitar a alguien, entrar en su casa, es sentir deseos de verle, de hablar con esa persona, de saber de su vida y compartirle la nuestra.

El asesor es, como Jesús, alguien que es invitado por el joven a la casa de su vida. Es bien recibido y se lo invita a sentarse y a conversar. El asesor está invitado a entrar y quedarse con ellos porque la casa, es el origen de nuestra fe. Las primeras comunidades cristianas se reunían en las casa para confesar y celebrar su fe. La casa, la vida de los jóvenes, es una tierra sagrada a la cual el asesor va a entrar con los pies descalzos (cfr. Ex. 3,5).

“Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica… Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” [14].

Pautas de reflexión:

  • Crear fraternidad es también ayudar a formar comunidad entre jóvenes… ¿De qué manera Jesús consigue la confianza de los que acompaña?


SABER CELEBRAR

“Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc. 24, 30-31a).

No es cualquier pan el que Jesús comparte con estos dos discípulos, sino un pan tomado, bendecido, partido y compartido. Un pan para la vida de aquellos que lo reciban en sus vidas.

Como Jesús, el asesor laico en JMV es capaz de animar a los jóvenes a transformarse en pan para los demás. Él mismo es una ofrenda para la vida de los jóvenes y de tantos otros que están hambrientos de la vida que viene de Dios. Ser un pan que se parte y reparte en bien de los que sufren, de los que esperan nuestra comprensión y ayuda.

Cuando se encuentran para celebrar, es mucho más que encontrarse para comer y, comer, es mucho más que un acto biológico. Celebrar y comer es un acto de compartir lo que se es y lo que se tiene.

Saber celebrar lleva a partir y repartir el pan para calmar el hambre de alimento y el hambre de Dios. El celebrar es lo que da sentido a la mesa como lugar de encuentro. En la celebración y el encuentro descubrimos la presencia de Dios en medio de nosotros, descubrimos al otro como un hermano.

Saber celebrar es totalmente opuesto al encerramiento de la vida. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” [15]. Por eso el asesor es una persona que celebra la vida en clave de ofrenda de su propia vida para generar vida en los demás. Y sabe animar a los jóvenes a poner su mirada en Jesús que celebra su vida compartiéndola con los demás, en especial con los más pobres y desprotegidos.

Saber celebrar es partir el cuerpo del Señor para los demás y esto es comprometerse a partir y repartir la vida, dones, tiempo y bienes. Es quebrar la soledad, el aislamiento, el egoísmo con el compartir porque “todo lo que hagan a uno de esos mas pequeños, que son mis hermanos, a mí me lo hacen” (Mt. 25,40). Y esto es lo propio de la espiritualidad vicenciana, ya que nace de la experiencia viva y profunda con la persona de Jesucristo. La experiencia fundante de la que ha brotado nuestra espiritualidad, es sin duda alguna el encuentro transformador que vivieron Vicente de Paúl y Luisa de Marillac con Jesucristo.

Saber celebrar, desde la espiritualidad vicenciana, es “dar a conocer a Diosa los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca del Reino de los Cielos y que ese Reino es para los pobres” [16].

Pautas de reflexión:

  • ¿Cuál es el estilo celebrativo que propone Jesús?


SABER DESAPARECER

“Pero él había desaparecido de su vista” (Lc. 24, 31b).

Luego de todo el proceso que hemos venido reflexionando, llega el momento en que este peregrino desconocido, reconocido en la celebración como el Señor, este Maestro, acompañante, desaparece. No se ausenta para nunca más estar en medio de ellos, sino que a partir de aquí surge un nuevo modo de presencia. Jesús resucitado no se fue, se quedó con ellos, interactuando pero de otro modo.

Como compañero de camino, ya había conocido la profundidad de sus corazones, los había acompañado, los había escuchado y ayudado a tener una mirada más amplia y misericordiosa de su propia historia. Ya estaban capacitados para incorporarse como discípulos y misioneros, como testigos de lo que habían visto y oído. Su fe había renacido y su esperanza reanimada. Habían descubierto la presencia del Viviente en su historia y en sus vidas. Ahora podían caminar con la presencia del Señor pero desde otro lugar. Habían llegado a cierta adultez de sus itinerarios de fe y era hora de que se conviertan ellos mismos en ardorosos testigos de la experiencia del resucitado acompañando la vida de otros hombres y mujeres con semblantes tristes o desilusionados y cansados.

El asesor acompaña durante un tramo en el camino de la vida de los jóvenes. No puede estar siempre al lado de ellos. Es necesario que sepa soltar las riendas para que ellos solos puedan andar y vivir el proyecto de Dios en sus vidas.

El mismo asesor ha sido uno de estos discípulos que ha sido acompañado por el Señor y ha experimentado la sabiduría del Maestro que desaparece para estar presente de otro modo. El mismo Maestro lo ha preparado para acompañar a otros y el mismo ahora se convierte en formador de tantos jóvenes para que estos, a su vez, sean compañeros de viajes de otros jóvenes más.

Saber desaparecer implica dejar que la semilla que se sembró crezca. No se trata de irse, sino de tener una presencia diferente. Se trata de saber dejar huella, saber poner cimientos. Como Jesús, conviene que el asesor desaparezca de la vida de los jóvenes (cfr. Jn. 16,7) porque no hay que agotar la verdad ni adelantarla. Porque no hay que cortar la mirada trascendente de los jóvenes. Porque es necesario creer en ellos como personas, es necesario tenerles confianza.

Pautas de reflexión:

  • ¿En qué momento del camino desaparece Jesús?, ¿Para qué?


SABER NUTRIRSE

“… se decían: ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: ´Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!´. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc. 24, 32-35).

El encuentro con Jesús es un regalo. No es iniciativa de los discípulos, no hacen nada para provocarlo sino que es él quien toma la iniciativa. Es él quien les impone salir de cierto desconcierto e incredulidad. “Nadie está esperando a Jesús resucitado. Es él quien se hace presente en sus vidas desbordando todas sus expectativas. Aquello es una gracia de Dios” [17]. El encuentro con Jesús resucitado transforma la vida de los discípulos, no sólo de estos caminantes de Emaús, sino también la de los que tomaron otros rumbos, la de los que dejaron de caminar, la de los que quedaron hundidos en sus tristezas y desesperanzas.

“El relato de Emaús describe como ningún otro la transformación que se produce en los discípulos al acoger en su vida a Jesús resucitado. Caminaban con aire entristecido y, al escuchar sus palabras, sienten arder su corazón; se habían derrumbado al comprobar la muerte de Jesús, pero, al experimentarlo lleno de vida, descubren que sus esperanzas no eran exageradas, sino demasiado pequeñas y limitadas; se habían alejado del grupo de los discípulos, frustrados por todo lo ocurrido, y ahora vuelven a Jerusalén a contar a todos lo que les ha pasado en el camino” [18].

Los discípulos son conscientes que cuando se alejan del fuego se enfrían, por eso, al sentir como el Resucitado les hace arder el corazón deciden volver con la comunidad, para seguir avivando el fuego del amor de Dios en sus vidas y en las vidas de los demás. El encuentro con Jesús provoca discípulos y misioneros. Discípulos que quieren sentarse a los pies del Maestro para oírle, para dejar iluminar sus vidas por la Palabra de Dios. Ellos saben que cuando oyen la Palabra sus vidas cobran sentido y orientación. Han experimentado esto en el camino. Saben que pueden ver con claridad la vida y la historia. Por esto regresan a Jerusalén para encontrarse con la Comunidad de los discípulos, de los hambrientos de la Palabra, de los sedientos de Dios.

Si todo comienza con el encuentro con la persona de Jesús, surge la pregunta fundamental cuya respuesta nutre la vida de los discípulos (y el Asesor lo es): “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn. 1,38), ¿dónde se lo encuentra de manera adecuada para abrir un auténtico proceso de discipulado y misión? “¿Cuáles son los lugares, las personas, los dones que nos hablan de ti, nos ponen en comunión contigo y nos permiten ser discípulos y misioneros tuyos?” [19]. ¿Dónde se nutre el discipulado?

El Papa Benedicto XVI dice: “¡La Iglesia es nuestra casa! ¡Esta es nuestra casa! ¡En la Iglesia Católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo! ¡Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida!” [20].

El mismo Episcopado Latinoamericano enumera las fuentes de donde nutrir la vida del discípulo de Jesucristo [21]:

  • En la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia. Desconocerla es desconocer a Jesucristo.
  • En la Sagrada Liturgia, de un modo privilegiado, la Eucaristía.
  • En los demás Sacramentos.
  • En la oración personal y comunitaria. Lugar donde se cultiva la relación con Dios.
  • En la Comunidad (cfr. Mt. 18,20).
  • En los pobres, afligidos y enfermos (cfr. Mt. 25,37-40).

Cuando el discípulo se alimenta, nutre su encuentro con el Resucitado, todo se transforma, su vida, sus acciones, su mirada… todo cobra un nuevo sentido y razón de ser. “Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” [22].

No hay verdadero encuentro con la persona de Jesucristo sino provoca el deseo y llamado a ser testigo de su persona y de lo transformante del encuentro. Esto vivieron los discípulos y, sin pensarlo, regresaron a Jerusalén para contagiar de su alegría a los demás que habían quedado tristes. No guardaron para sí su alegría. Sintieron profunda necesidad de comunicarla y repartirla. El encuentro provoca la alegría del anuncio. Todos los relatos de encuentro con el Resucitado insisten en lo mismo: el gozoso anuncio que Jesús está vivo y en medio del pueblo. “El discípulo, fundamentado en la Roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (cfr. Hch. 4,12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro” [23].

Pautas de reflexión:

  • ¿Cuál es la manera cómo Jesús nutre la vida y vocación de los discípulos?, ¿Qué provoca en sus vidas?


SEGUNDA PARTE

El camino como se ha visto en sentido figurado, significa la vida humana. La existencia de toda persona es una peregrinación, un camino que tiene su inicio gratuito en el nacer y su éxodo final en el morir. Y mientras tanto, en el caminar cotidiano de la vida, el encuentro con el Dios que se acerca, acompaña y se hace amigo, el Dios encarnado Jesucristo que es Camino, Verdad y Vida [24].

Un día también cada miembro de la Iglesia, cada miembro de JMV ha iniciado este caminar, ha atravesado “desiertos” y “paraísos”, ha trabajado con alegría, superando momentos de tristeza, preocupaciones y tensiones, pero tratando siempre de no perder de vista que el camino recorrido no es el que se va trazando por sí mismos, sino aquel que se va construyendo junto con Dios, el camino que va construyendo con El, como se ha visto con los discípulos de Emaús.

Se ha recorrido con Jesús modelo del asesor la primera parte de este documento. En esta segunda parte pasamos del tono bíblico al tono más doctrinal. Se intenta hacer un acercamiento a los documentos eclesiales y rescatar algunos aspectos esenciales de la vocación y misión de los laicos en ellos formulados.

Los apartados finales proponen una pequeña reflexión sobre la misión del laico vicenciano y algunos elementos prácticos que pueden ayudar en la experiencia del asesor laico en JMV.


LA MISIÓN DEL LAICO EN EL CONCILIO VATICANO II

El Concilio Vaticano II reconoce que los laicos son el elemento central de la acción de la Iglesia en el mundo, sujetos activos y responsables de la comunidad eclesial. Esta condición laical tiene su raíz en los sacramentos, sobretodo en el Bautismo, es a partir de la experiencia de los sacramentos que hacen a los seglares ontológicamente iguales a todos los cristianos, sin diluir la diversidad de carismas y de ministerios que se dan en la Iglesia.

El Concilio define a los laicos como “todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobados por la Iglesia, es decir, aquellos fieles que incorporados a Cristo por el bautismo, incorporados al pueblo de Dios, y hechos participes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano, en la parte que a ellos corresponde” [25].

Un elemento trascendental que ayuda a comprender mejor la misión concreta de los laicos y que recupera el Concilio es sin duda alguna, la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios ya que fortalece su identidad. Al expresarla como Iglesia - comunión les da un protagonismo y un actuar esencial en el trabajo eclesial.

En el núm. 32 la Lumen Gentium ayuda a tomar conciencia de que los laicos, “están llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos” [26]. Y es en este sentido, donde emerge con fuerza la vocación de los laicos, «llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo» [27]. Este ser fermento y este camino de santificación se vive desde una participación activa y responsable desde la comunión eclesial.

El apóstol Pedro exhorta a la comunidad eclesial a fortalecer su sentido de pertenencia a la Iglesia – Pueblo de Dios: “ustedes, en cambio, son descendencia elegida, reino de sacerdotes, y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que los llamó de la oscuridad a la luz admirable. Los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios” [28].

El Concilio Vaticano II retoma este sentido profundo de Pueblo de Dios en dónde todos y cada uno de los bautizados se involucran en la misión común iniciada por Cristo. Así “los laicos pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía” [29], y es en esta colaboración con la jerarquía y con todos los actores eclesiales donde “Los laicos pueden y deben realizar una acción preciosa en orden a la evangelización del mundo” [30]. “Los laicos son protagonistas de pleno derecho en la evangelización” [31]; “la participación en el apostolado y en la vida interna de la Iglesia es un derecho de todo cristiano y no una concesión jerárquica” [32].

“Porque en la Iglesia hay ministerios diversos” [33], el laico “participa de la vida de la Iglesia de forma corresponsable y complementaria con la jerarquía y con los religiosos” [34], “para la edificación de la Iglesia en el mundo y la inspiración cristiana del orden temporal” [35].

Cada laico necesita sentirse involucrado y tomado en cuenta para realizar la misión evangelizadora de la Iglesia, y ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo. Todos en conjunto y cada uno en particular ya sea a través de una Asociación como es el caso de la Juventud Mariana Vicenciana o en otros grupos eclesiales, están llamados a ofrecer al mundo los valores, la mirada, la manera de pensar y de actuar de Jesús de Nazaret. En una palabra “lo que es el alma al cuerpo, estos han de ser los cristianos en el mundo” [36].


LA MISIÓN DEL LAICO EN LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA CHIRISTIFIDELES LAICI

Con la parábola de la viña del Señor de trasfondo, la Exhortación Apostólica inicia diciendo que los laicos pertenecen al pueblo de Dios representado en los obreros de la viña [37] y la viña es el mundo entero que necesita ser transformado de acuerdo al proyecto de Dios, es el espacio vital donde desarrollar la propia vocación a la cual han sido llamados: “Los laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo” [38].

Esta vocación se vive plenamente en el ámbito eclesial, "Sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión se revela la identidad de los fieles laicos, su original dignidad. Y sólo dentro de esta dignidad se puede definir su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo" [39]. En este sentido refuerza la idea de que “los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y cuerpo de Cristo” [40] y todos llamado a trabajar en comunión en esta viña.

Hay dos ideas claves que no se pueden separar: El llamamiento de Dios y el sentido de pertenencia a la Iglesia expresada como pueblo de Dios. “La plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios» [41].

Al plantear el mundo como la viña, la exhortación lanza a los laicos a ir más allá, a ver esa realidad en todas sus dimensiones, eclesial, político, económica, cultural, con sus problemáticas y sus valores, sus inquietudes y esperanzas porque es allí donde se está llamado a vivir la vocación y misión, es el tiempo del compromiso laical, a nadie le es lícito permanecer ocioso [42]. Es esta tierra el lugar de la siembra, pero es necesario mirarla, conocerla, analizarla. Este es el espacio para vivir o no el compromiso cristiano. Y al mismo tiempo expresa que los laicos no son solamente los obreros que trabajan en la viña, sino forman parte de la viña misma [43]. De allí la importancia que da el Documento a la formación integral para todos, abrir espacios para que la formación llegue a todos y a todos los niveles. “La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión” [44].

Plantea en primer lugar el aspecto de la intimidad con Jesús, en la conformidad con la voluntad del Padre, la entrega a los hermanos en la caridad y en la justicia. La formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia y sin restarle importancia un crecimiento personal en los valores humanos [45].

“La participación de los Laicos en la vida de la Iglesia puede ser de cada persona singular [45] y a través de asociaciones de fieles [47], que es un derecho [48] lo que no pueden perder de vista es el llamado a participar de manera responsable y en comunión con todo el pueblo de Dios a la misión común. Los vínculos que unen a los miembros del nuevo Pueblo entre sí —y antes aún, con Cristo— no son aquellos de la «carne» y de la «sangre», sino aquellos del espíritu; más precisamente, aquellos del Espíritu Santo, que reciben todos los bautizados [49].

Con insistencia llama a tomar conciencia del llamado a la santidad no como una obligación, sino como un aspecto fundamental del propio bautismo y elemento esencial de su dignidad [50]. El laico «no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir esta santidad en un continuo intercambio con los demás, con un vivo sentido de fraternidad, en el gozo de una igual dignidad y en el empeño por hacer fructificar, junto con los demás, el inmenso tesoro recibido en herencia [51]. Dios llama a cada uno a aportar lo que es y lo que tiene porque en ello está la variedad y riqueza para toda la Iglesia.

LA MISIÓN DEL LAICO VICENTINO

Para todo cristiano es desde la práctica del discernimiento en el Espíritu donde se comprende y se asume el don del bautismo y sus implicaciones en la vida diaria. El discernimiento es una herramienta con la cual se va clarificando la presencia del Espíritu de Jesucristo en la propia vida, en la propia historia y se busca desde allí descubrir y hacer la voluntad de Dios.

El carisma vicentino surge de la relectura que Vicente de Paúl y Luisa de Marillac hacen de su propia experiencia bautismal. Es a partir de esta relectura dónde descubren y asumen su misión de servicio a Cristo en los pobres. Es la experiencia viva y profunda con la persona de Jesucristo quien los hizo capaces de irradiar la alegría de haberse encontrado con Él y descubrirlo en los pobres y marginados de la sociedad de su tiempo. Desde entonces hasta nuestros días, este carisma lo hacen presente hombres y mujeres de muchos países y manifestado a través de una gran diversidad cultural.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac creyeron profundamente en la fuerza transformadora que tienen los laicos en la Iglesia y en el mundo cuando éstos toman conciencia de la llamada a vivir en profundidad su bautismo y se lanzan a vivir en comunión la misión a la que han sido llamados.

Desde hace más de tres siglos la Iglesia se ha beneficiado de la inmensa riqueza que han aportado una gran cantidad de laicos que se han tomado en serio su bautismo y se han comprometido a anunciar la buena nueva del reino a los pobres y desde los pobres tratando de hacer presente el reino desde actitudes concretas de humildad, de sencillez y de caridad.

Este carisma se concreta en el aquí y ahora de cada momento histórico. Si vemos el actual, se puede decir que se vive no en una época de cambio sino en un cambio de época donde uno de los principales problemas de la sociedad es la falta de liderazgo que genere credibilidad, asertividad, la necesidad de vivir de valores que promuevan la libertad y búsqueda de la verdad, la capacidad de vivir no sólo desde la razón sino donde se promueva una vida más digna, donde la integralidad de la persona sea lo más importante.

El Documento de Aparecida dice que todos los ámbitos de la vida de nuestros pueblos son influenciados en esta era de globalización: “La cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión”. El interés de la Iglesia es discernir la incidencia de este cambio epocal en la dimensión religiosa y ética de las personas que buscan a Dios, puesto que “sin una percepción clara del misterio de Dios, se vuelve opaco el designio amoroso y paternal de una vida digna para todos los seres humanos” [52].

El cristiano y concretando más al laico vicentino vive en un mundo muy agitado por diversas corrientes de pensamiento, sometido a ideas que le llegan a diario por diversas fuentes y muchas veces estas ideas son contradictorias entre sí y muy alejadas del mensaje evangélico. Ante este panorama no siempre es fácil la toma de conciencia de la presencia de Dios en las diversas realidades del mundo y en la propia historia personal y acoger esa presencia que da sentido a lo que se es, se hace, se sufre o se goza, a lo que da sentido a la esperanza. La espiritualidad vicentina se desarrolla en el mundo y busca su transformación a partir de los principios de la fe cristiana y no desde una ideología social o política determinada.

El Papa Francisco dice que: “Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad" [53].

Por tanto, es un desafío para la Iglesia y en ella para JMV ayudar a que más laicos tomen conciencia de su bautismo, que los lleve a identificarse con el Evangelio del Señor Jesús, y sean responsables en sus realidades, competentes y conscientes de dar testimonio cristiano, en una palabra, acompañar a los laicos para que el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo sea lo que da sentido a su vida y a su misión. El Papa dice:

“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” {54}.

La situación mundial, la situación eclesial y se puede concretar a la Asociación de la Juventud Mariana Vicenciana requiere colaboración de todos. En los continentes de mayor presencia cristiana hemos tenido una Iglesia de multitudes y para multitudes, más bien anónimas y sin compromiso. La fe de la Iniciación cristiana es muy débil. La mayoría de cristianos no tiene casi sentido de pertenencia eclesial. El testimonio y liderazgo de los cristianos en la vida social es muy elemental. No se ha desarrollado un auténtico cristianismo en medio de una sociedad de conflictos y problemas, y una cultura de contestación a los valores cristianos. Hay ruptura entre la fe y la vida.

El tiempo actual, la postmodernidad requiere nuevas respuestas, de todos los bautizados, el asesor laico, en respuesta a su bautismo está invitado a ser sal y luz, ser fermento en los distintos ámbitos de la sociedad: cultural, social, económico, político, laboral animar con espíritu evangélico el mundo en que vive desde una opción concreta por los pobres brindando un servicio corporal y espiritual.

En la vida cotidiana del joven, es decir, en el ambiente familiar, escolar, laboral para quienes lo ejercen, con los amigos, es dónde se concreta la vivencia de la fe y se vive la identidad cristiana y la identidad vicentina. Es todo un reto para los jóvenes de JMV vivir esta dimensión testimonial en los diversos ambientes donde se desenvuelve. No es posible que la cultura capitalista – neoliberal absorba a los jóvenes cristianos en su telaraña del individualismo y comercio desenfrenado.

La persona creyente, hombre o mujer, tiene que ser una persona contemplativa, pero con una contemplación que pasa por mirar al mundo y por hacer del dolor y el sufrimiento de nuestros hermanos oración y contemplación [55].


El asesor laico en JMV

Tradicionalmente el papel de asesor y asesora lo han realizado los sacerdotes de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, sin embargo, esta responsabilidad puede ejercerla también un cristiano adulto llamado por Dios para ejercer este ministerio de acompañamiento en la educación de la fe de los jóvenes que hayan culminado su proceso formativo en la asociación o una persona laica vinculada a los grupos de la familia vicentina capacitada para desempeñar este servicio.

En el documento Rol y Tareas del Asesor en JMV se hace mención a esta posibilidad siempre y cuando: ”cuente con la aprobación de la autoridad del lugar donde dicho centro o grupo tiene su domicilio social y siga los pasos establecidos por los estatutos Internacionales y nacionales” [56].

Un elemento clave que es necesario que los Consejos Nacionales cuiden en los asesores laicos ya el Documento Procesos Formativos y Desembocadura en JMV lo expresa de manera profunda y detallada es indudablemente la formación.

“Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, ecuménica, política y cultural” [57].

La formación a los asesores laicos implica una pedagogía que los conduzca a una verdadera experiencia de Dios; una experiencia fundante que unifique la vida. Que los disponga a conocer y experimentar el amor de Dios; a creer en ese amor que no cambia y no termina; a saborear el amor personal, gratuito y entrañable de Dios. Un proceso pedagógico que los enseñe a dejarse amar por Dios; a acoger gozosamente el amor de Dios y a asumir la misión de la asesoría y la opción por los jóvenes como la misión clara y concreta encomendada por Dios.

El fin último de la formación es mostrar la belleza de una vida de fe y ayudar a cultivarla dándole unas bases sólidas. La Palabra de Dios, la eucaristía, la vida sacramental la oración, y el interés por los pobres deben ocupar un lugar central en la vida de los asesores desde los comienzos de su servicio.

Es de gran ayuda que el asesor laico dentro de su proceso formativo llegue a “elaborar y vivir un proyecto personal de vida y contar con el acompañamiento espiritual de una persona adulta en la fe como medio para integrar las diferentes dimensiones de su persona y dar pasos firmes en su camino de preparación” [58], en su camino de conversión hacia ser discípulos y misioneros del Señor Jesús.

Es a partir de la experiencia de acompañamiento y formación del asesor laico la que va permitir que los jóvenes a quienes acompaña descubran a Jesucristo, su persona, su mensaje, su misión, y de la mano de María ofrece al joven la oportunidad de un encuentro personal con Cristo vivo y resucitado, para que puedan experimentar que “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). La meta es que cada joven opte personalmente por creer, vivir, anunciar y celebrar a Jesucristo vivo y presente en la comunidad de los creyentes.

Por lo tanto corresponde al Consejo Nacional y de manera más directa a los asesores nacionales ir abriendo espacios que concreten esta formación a los asesores laicos, espacios de diálogo, oración, organización, unificación de criterios, y evaluación en torno a la asesoría.

Nombramiento del asesor laico:

Consideramos que en un primer momento los miembros del centro local después de dialogar entre sí y con los que consideran pueden prestar el servicio de asesoría, presentan al Consejo Nacional de JMV una terna con los nombres de los candidatos y un panorama general de su caminar en la Asociación de JMV o en su caso de algún movimiento eclesial.

En el caso de un asesor laico para una Diócesis es el coordinador diocesano después de recoger el parecer y aportaciones de los coordinadores de los centros locales a su cargo quien presenta la terna al Consejo Nacional.

El Consejo Nacional después de un proceso de discernimiento y diálogo entre ellos y con los interesados da el nombramiento al nuevo asesor laico. Corresponde al Consejo Nacional confirmar este nombramiento a la autoridad del lugar.

El nombramiento del asesor laico debe tener un plazo determinado. Consideramos un tiempo de tres años con posibilidad de renovar otros tres. En caso de no asumir las funciones propias como asesor, de ser motivo de escándalo en la Iglesia y/o en la sociedad es necesario que se retire el nombramiento.

Funciones del asesor laico:

  • Mantener constante comunicación con el Consejo Nacional de JMV para informar del caminar de la Asociación.
  • Mantener constante comunicación con los coordinadores de los grupos, así como los consejos respectivos.
  • EN colaboración con los asesores nacionales promover y favorecer espacios de formación integral para todas las etapas de la formación
  • Buscar en colaboración con coordinadores y los distintos consejos maneras nuevas y creativas para integrar nuevos miembros a la JMV
  • Buscar la integración de los distintos grupos a su cargo con la familia vicenciana, eclesiales y sociales, sobre todo con aquellos que trabajan en favor de la juventud y de los más desfavorecidos de la sociedad.
  • Acompañar en el proceso de integración de los programas de formación con los proyectos pastorales diocesanos y parroquiales.
  • Buscar espacios y/o servicios concretos donde los jóvenes puedan vivir su compromiso cristiano, al estilo vicenciano, es decir de manera organizada, y desde la propuesta de cambio sistémico.
  • Promover momentos para el acompañamiento personal de los jóvenes, que permitirá ayudarlos en la elaboración de su proyecto personal de vida y descubrir su vocación hacia una opción concreta de servicio vicenciano.
  • Mantener una formación continua, profundizando en la espiritualidad propia de la asociación, documentos de la iglesia y temas de actualidad vinculados a la realidad juvenil.


CONCLUSIÓN

A manera de conclusión y sin pensar que el tema está agotado, podemos decir que todo asesor laico en JMV al iniciarse en este servicio necesita, en primer lugar, un espacio para conocer, reflexionar e internalizar su propia experiencia de encuentro y de caminar al lado de Jesús. En segundo lugar, reflexionar a la luz de su compromiso eclesial y en seguimiento a Jesucristo la misión a la que la Asociación de la Juventud Mariana Vicenciana lo envía como asesor.

Conocer las necesidades actuales de los jóvenes que llegan a nuestros centros y en justicia con ellos, y con la Iglesia, tomar en serio tanto los procesos, los itinerarios formativos, como la autoformación. El acompañamiento a los jóvenes en JMV implica un proceso gradual, continuo, reciproco y consensuado, cuya finalidad es que los jóvenes asuman los valores del Evangelio en sus vidas, y desde allí vivan la identidad vicenciana en este momento histórico; pero este proceso de transformación requiere un camino largo, doloroso y no fácil, porque implica la transformación interior.

Los jóvenes actuales vienen muchas veces con experiencias negativas, heridas profundas, pero al mismo tiempo con un deseo profundo de conocer y responder a la llamada del Señor Jesús, de allí la importancia de ofrecer un acompañamiento lo más integral posible, donde cada uno de los aspectos que conforman al ser humano se desarrollen y los lleven a crecer en madurez y a vivir con alegría su seguimiento a Jesús.

La experiencia personal con Jesucristo no es un conocimiento teórico, abstracto [59]. Es un acontecimiento que modifica nuestra vida. Se tiene la experiencia de ser referido, remitido fundamentalmente a Dios. La profundidad de la experiencia no viene, por tanto, del conocimiento, sino del amor [60]. El asesor podrá ver el fruto de su acompañamiento cuando los jóvenes expresen esa experiencia de amor de Dios en acciones de amor al hermano, especialmente al pobre, al marginado y al excluido.

Cuando Dios da una misión, da también la gracia de amar esa misión. Amar nuestra misión como asesores laicos; no tanto porque sea fácil, gratificante o brillante, sino porque es la misión que Dios nos ha dado.

“Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí» ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista, haciéndolo exultar en el seno de su madre. Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor. Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable y recibiste el alegre consuelo de la resurrección, recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte. Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga. Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas, intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo, para que ella nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya” [61].

FOOTNOTES

[1] A partir de ahora la abreviaremos con sus siglas JMV.

[2] Deus Caritas Est, N° 1.

[3] Publicado por el Consejo Internacional de JMV en el 2002.

[4] AL ANDAR SE HACE CAMINO…. El Arte de vivir el Presente, Carlos G. Valles, Ed. Sal Terrae, 1991, 248 pag.

[5] Papa Francisco (2013) Exhortación Apostólica EVANGELII GAUDIUM, N° 24.

[6] Cfr. EG, N° 24.

[7] APARECIDA, Documento Conclusivo, N°. 271.

[8] EG, N° 1.

[9] EG, N° 9.

[10] Documento de Aparecida, N° 247.

[11] DA, N° 247.

[12] EG, N° 87.

[13] EG, N° 88.

[14] APARECIDA, Documento Conclusivo, N° 156.

[15] EG, N° 2.

[16] COSTE. SVP, XI, 387.

[17] José Antonio Pagola. “JESUS, Aproximación Histórica”, Ed. PPC, 2013, 574 pag.

[18] Ídem.

[19] APARECIDA, Documento Conclusivo, Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, N° 245.

[20] BENEDICTO XVI, Discurso al final del rezo del Santo Rosario en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, 12 de mayo de 2007.

[21] APARECIDA, Nros. 250ss.

[22] EVANGELII GAUDIUM, N° 11.

[23] Papa Benedicto XVI DISCURSO INAUGURAL DE LA V CONFERENCIA, APARECIDA , N°. 3.

[24] Jn 14,6

[25] Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Dogm. Sobre la Iglesia Lumen Gentium N°.31

[26] LG. N° 32

[27] LG. N° 31

[28] 1 Pe. 2, 9-10a

[29] LG N°.32

[30] LG N° 35

[31] AA N°18; AG N° 11

[32] AA N°3

[33] LG. N° 32

[34] Documentos Conciliares LG. Nros. 30. 37, APOSTOLICAM ACUOSITATEM, sobre el apostolado de los laicos N° 25. PRESBYTERORUM ORDINIS, sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros N°9. GAUDIUM ET SPES N°9

[35] LG. N° 43; AA N° 5

[36] LG N° 38

[37] Papa Juan Pablo II (1989). Exhortación Apostólica post- sinodal, Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo, Christifideles Laici. Ediciones Paulinas, México, 202 pags.

[38] CFL N° 2

[39] CFL N° 8

[40] CFL N° 28

[41] CFL N° 9

[42] CFL N° 3

[43] CFL N° 8 párrafo 1

[44] CFL N° 58

[45] Christifideles Laici N° 60

[46] CFL N° 28 párrafos 4 y 5

[47] CFL N°29 párrafo 2

[48] CFL N° 29 párrafo 7 y 8

[49] Cf Jl 3,1; CFL N°. 19

[50] CFL N°. 17

[51] CFL N°.20

[53] APARECIDA, Documento Conclusivo, Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, N° 35.

[54] EVANGELLI GAUDIUM N° 102

[55] EG N°120

[56] INSTITUTO SUPERIOR DE PASTORAL ( 2007), Hablan los laicos. XVII Semana de Estudios de Teología Pastoral. Madrid, España, 276 pags.

[57] Rol y Tareas del Asesor en JMV pag 4

[58] Documento de Aparecida N° 212

[59] Manual y Estatutos de JMV Venezuela

[59] Cfr. de ttp//www.svicentemartir-abando.org.

[60] Cfr. Mt.25.

[61] EG N° 288

BIBLIOGRAPHY

APARECIDA. (2006) Documento Conclusivo. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. México, Ediciones CEM, A.R. 263 pags.


DEUS CARITAS EST. (2006) Carta Encíclica del Santo Padre Benedicto XVI. México, Ediciones CEM, A.R. 59 pgs.


DE DIOS, VICENTE CM (2006) ESPIRITUALIDAD VICENTINA,. Asesoría Nacional de Laicos Vicentinos. México, 152 pgs.

DOCUMENTOS COMPLETOS DEL VATICANO II (1966). Ed. Sal Terrae, Bilbao, España, 474 pgs.


EL LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS. Extraído de www.vatican.va


EVANGELII GAUDIUM, (2013) Exhortación Apostólica del Papa Francisco, México, Ed. Buena Prensa, 223 pags.


G. VALLES, CARLOS (2001). AL ANDAR SE HACE CAMINO. El arte de vivir en el presente. Santander, Ed. Sal Terrae, 248 pgs.


JUVENTUD MARIANA VICENCIANA, MANUAL Y ESTATUTOS DE VENEZUELA.


JUVENTUD MARIANA VICENCIANA, ESTATUTOS INTERNACIONALES


PAGOLA, José Antonio (2013) JESUS, Aproximación Histórica., Ed. PPC, 574 pgs


CONSEJO INTERNACIONAL DE JMV (2002). Rol y Tareas de los Asesores en JMV. Madrid, España


VOCACIÓN Y MISION DE LOS LAICOS EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO. Chirstifideles Laici. (1989). Exhortación Apostólica del Papa Juan Pablo II, México, Ed. Buena Prensa, 202 pgs.