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8 de septiembre de 1655

Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad en San Lázaro. Asisten Vicente de Paúl, Luisa de Marillac y las otras tres oficialas que han sido elegidas por él el 8 de agosto anterior. La Compañía había sido aprobada por el Cardenal de Retz y Arzobispo de París, Juan Francisco Pablo de Gondi, al comienzo del año, el 18 de enero, siendo erigida oficialmente el 8 de agosto. Vicente da lectura a lo que en los documentos de aprobación se refiere a las oficialas. La superiora debe disponer de todas las hermanas, con el superior general, es decir, llamarlas, retenerlas y enviarlas a donde sea necesario; además debe recibir a las que se presentan cuando, con el superior general o un delegado suyo, las juzgue apropiadas e instruirlas sobre lo que deben saber para ejercer sus empleos y para la virtud. Añade que, por ser la cabeza o el alma que anima a todos los miembros de la Compañía, la superiora es una regla viviente que debe mostrar con su buen ejemplo, más que con palabras, lo que las demás deben hacer. La hermana asistente representará a la superiora en su ausencia, le servirá de consejo, cuidará de que todo vaya bien en la comunidad, velando de que cada hermana haga bien su oficio y se guarden las reglas, será la primera en todos los ejercicios de la comunidad, por no poder estar la Señorita a causa de los asuntos y la enfermedad, y cuidará del progreso y la instrucción de las hermanas, que la obedecerán, en ausencia de la Señorita, como si fuese ella misma. La tercera oficiala es la tesorera, por lo que guardará el dinero, junto con la Señorita, en un cofre con dos llaves distintas, una para cada una. Dará cuenta, mensualmente, a la superiora y esta, anualmente, ante las tres oficialas, al superior. Antes de explicar el oficio de despensera, Vicente, comenta que hay que seguir haciendo lo que se hacía y que se tiene la gran ventaja de que hace más de dieciocho años que han comenzado a practicar lo que está escrito. Vicente dice que deben cuidar los bienes que tienen como dados por Dios para mantener a sus servidoras y que la Señorita ha llevado tan bien los asuntos de la Compañía que no conoce ninguna casa en París que esté tan bien como la de ellas, pues todas se quejan de sus deudas, como las Hijas de Santa María y hasta cree que las Hijas de Dios. Exhorta a dar gracias a Dios por el buen gobierno de la Señorita. Ella replica que si algo ha hecho ha sido siguiendo las órdenes que él le ha dado. Vicente insiste en que deben conservar los pocos bienes que tienen, pues ni las rentas de los coches de la duquesa de Aiguillon ni la renta del dominio de Gonesse dada por el Rey están aseguradas. Dice que las Hijas de Santa María no reciben a nadie que traiga menos de mil doscientas libras y que todas las demás comunidades religiosas cogen grandes dotes, pero ellas no tienen nada si no es sus pobres y la providencia de Dios, que es mucho. Prosigue la exposición sobre las oficialas, dice que la cuarta cuidará de la despensa, dará cuenta semanal a la tesorera y representará a la superiora en ausencia de esta y de las otras dos asistentes. Como medios para desempeñar bien sus oficios, Vicente propone la humildad, desprecio de uno mismo, celo por la gloria de Dios, desprecio del mundo, renuncia a los parientes y el buen ejemplo. Tras consultar con Luisa les dice que deben comulgar al día siguiente para pedirle a Dios las gracias que necesitan. Tras esto pasa a tratarse sobre la solicitud de los administradores del hospital de Nantes que quieren despedir a tres hermanas y que se envíe solo a una, con lo que pasarían de ocho a seis. Hay división de opiniones sobre si conviene esperar a que vuelvan las tres hermanas antes de enviar a la nueva o no por lo que Vicente aplaza la decisión final diciendo que hay que recomendar el asunto a Dios. Al haber una oficiala que es nueva en el Consejo, Luisa pregunta si se debe guardar secreto de lo tratado en el mismo, lo que es confirmado por Vicente que reitera la petición en ese sentido que ya ha hecho otras veces.