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31 de julio de 1659

Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad en la que se trata de la recepción de dos mujeres, una de alrededor de treinta años y otra de poco más dieciséis, procedentes de Serqueux. Luisa de Marillac expone las cualidades de cada una. La mayor está enferma desde que a los doce años tuvo una la fluxión en un muslo, por lo que solo puede ponerse de rodillas sobre una pierna. Su padre ha propuesto, en primer lugar, que se la recibiera para el colegio y promete asignarle una renta vitalicia de cincuenta libras. La más joven no presenta ninguna dificultad; sus padres son ricos y es bastante fuerte para su edad. Vicente de Paúl plantea si se debe recibir a la mayor como Hija de la Caridad o como pensionista. Las hermanas presentes creen que, vistas sus enfermedades, no es en modo alguno apropiada para la Compañía y que recibirla como pensionista sería caridad, pero es de temer que, si se molesta con alguna hermana, cuente fuera de la casa los pequeños desacuerdos que pudieran tener, lo que dará mal ejemplo. Luisa de Marillac dice que es hija de una de las personas principales de Serqueux y que necesitan de alguien que las sostenga en ese lugar, que la mujer es muy buena y dulce, que sería gran caridad hacer algo por ella, pues solo le queda el padre y que podría ser recibida como pensionista e instruir a los niños, pero que ya tienen una hermana muy enferma en aquel lugar. El P. Antonio Portail dice que se la podría dejar un año a prueba y decidir después. Vicente se opone a las dos posibilidades. Dice que Dios le ha enviado su enfermedad, por lo que hay motivos para creer que no la llama a ser Hija de la Caridad. Expone las dificultades que la Compañía siempre ha tenido para recibir pensionistas y que hacerlo ocuparía a una hermana en atenderla y que sería de temer que pusiese inconvenientes de querer cambiársela y fuera motivo de discordias entre las hermanas. Visto lo cual Vicente decide despedirla. En cuanto a la más joven, todos están a favor de intentarlo. Luisa pregunta si, por ser muy ricos los padres, se debe pedir una cantidad mayor que la acostumbrada para pagar su primer hábito. Vicente de Paúl pregunta si es de desear que entren personas ricas en la Compañía, a lo que todos responden que no hay que desearlo para nada. Luisa dice que la providencia divina nunca les ha fallado. Vicente expresa el gran consuelo que le produce que la Compañía prefiera la pobreza a la riqueza, los pobres a los ricos, la providencia divina a la prudencia humana. Dice que hay que pedir a Dios para que la Compañía mantenga esa santa práctica y, que de no hacerlo, podría ocurrirles lo que el diablo le dijo a san Francisco: que pondría en su orden hombres sabios y ricos para arruinarla.