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30 de octubre de 1647

Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad al que asisten Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, el P. Lamberto aux Couteaux, asistente de Vicente, y varias hermanas. El primer asunto tratado es si se pueden aceptar niños en los colegios de las Hijas de la Caridad. Tanto las directrices reales como las arzobispales se oponen a cualquier carácter mixto de los colegios. Tras analizar las razones a favor y en contra, Vicente de Paúl se atiene a las ordenanzas en vigor en el Reino. El segundo asunto se refiere a la acogida de niños pensionistas en las casas de las Hijas de la Caridad. De nuevo se examinan los pros y los contras y Vicente de Paúl concluye la reflexión diciendo que no conviene acogerlos ni en París ni tampoco, aunque Luisa de Marillac lo vea en este caso casi como una necesidad, en los campos. A continuación se acuerda que, dado que en las conferencias ordinarias algunas hermanas no se acusan de todas las faltas que han cometido, se encargará a una hermana de informar a Luisa sobre las faltas que vea para que redacte una memoria que se leerá al principio. Se pasa a considerar si se despide a tres hermanas. La primera es de Mans y, por algo que había ocurrido en una parroquia en la que estuvo, había pedido salirse, guardándola para ver si se readaptaba y, en efecto, ahora está bastante dispuesta a seguir, pero, por ser de humor melancólico, tan pronto como algo le choca, deja de comer y hablar y se pone enferma, como ocurre desde hace dos meses, sin que tenga fiebre aunque si tristeza y pena, a lo que se une que parece tener un pulmón afectado. Se acuerda despedirla. La segunda hermana es de Normandía, es una buena muchacha que había deseado más de una vez pertenecer a la Compañía antes de ser recibida, muy dócil, pero extremadamente lenta y pesada, muy enfermiza, que está enferma desde el retiro y lo estuvo antes de venir a la Compañía. Vicente manifiesta que es muy importante observar la fuerza de las muchachas y no aceptar ninguna que pueda suponer una carga para la casa. Si no tienen tanta fuerza, deben tener algún talento que las haga útiles, que puedan llevar el colegio o hacer otros servicios, y pregunta si sabe leer. Considerando que lo poco que sabe no da lugar a esperar que pueda rendir servicio mucho tiempo, principalmente por su lentitud, se acuerda despedirla. La tercera hermana está en la Compañía desde hace cuatro o más años, ha estado siempre enferma, sin que se supiera a menudo lo que tenía, y además no ha dado nunca testimonio de amar su vocación, acercándose siempre a las descontentas, no siendo nada inclinada ni cuidadosa en la observancia de sus reglas, y queriéndose y conservándose de tal modo que hace pensar, que de haber encontrado una ocasión mejor en otra parte, se habría comprometido. Hay que temer dejarla más entre las hermanas por el mal ejemplo que les da no haciendo nada de nada. Ante la observación de que el tiempo que lleva en la Compañía podría hacer que algunas hermanas pensasen que se echa a las enfermas, Vicente dice que no se puede esperar nada de una persona que se porta relajadamente y persevera y no se corrige en absoluto, y añade que las comunidades deben guardar a las enfermas que hayan sido ejemplo de regularidad, virtud y modestia. Sostiene que debe despedirse a la hermana, pero como lleva mucho tiempo y no manifiesta abiertamente que quiera irse, abría que proponérselo e intentar que desee marcharse haciéndole ver sus enfermedades y que en otro lugar con menos trabajo podría portarse mejor. Vicente concluye, que sea como sea, hay que deshacerse de ella. Finalmente, Vicente destaca la importancia del recién creado cargo de directora del Seminario Interno de las Hijas de la Caridad, que será desempeñado por sor Juliana Loret.