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30 de agosto de 1658

Conferencia de Vicente de Paúl a los misioneros paúles sobre la indiferencia hacia los empleos. Entre los motivos para mantenerse en ese estado, Vicente cita: la gloria que se da a Dios con ello; que el que no está en él está en un estado de demonio; que es necesario para guardar el voto de obediencia; que el que no lo tiene es infeliz. Vicente dice que ni ser viejo, ni sabio o santo eximen de obedecer al superior, incluso si es menos perfecto que uno mismo o tiene defectos. Nada de esto exime de la indiferencia a los empleos: de ir al campo o quedarse en casa, dirigir un seminario o ir de misiones, estar en esta casa o en esta otra, ir a un país lejano o no, obedecer a un superior o a otro. Cita que la elección por los once apóstoles del que debía sustituir a Judas, estos se fijaron en Barsaba, llamado el justo, y en Matías, pero Dios, viendo que este último era apropiado para gobernar, quiso que la suerte recayese sobre él. Vicente dice que los santos no siempre tienen el don de dirigir. Sigue razonando que tampoco la ciencia o la vejez son necesarias para el gobierno. Vicente añade que tiene la experiencia de que quien ha tenido un cargo y guarda este espíritu y deseo de dirigir nunca ha sido ni buen inferior, ni buen superior. Vicente plantea que más excelente que pedir ir a un país lejano para trabajar en la salvación de las almas, es mantenerse continuamente en disposición de ir, pero sin pedirlo, según la máxima: no rechazar nada y no pedir nada, y permanecer donde la obediencia nos haya puesto hasta que ella nos saque de allí. Los medios para ponerse en estado de indiferencia son: la humildad y el desprecio de uno mismo; en caso de tener alguna indisposición para ejercer el cargo que se nos da, acudir ante el Santo Sacramento para pedirle al Señor la gracia de saber si debemos decírselo al superior y, si ese es el caso, decírselo y hacer lo que este ordene.