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2 de noviembre de 1655

Conferencia de Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad sobre las máximas de Jesucristo y las del mundo, en que desarrolla el artículo cuarto de las Reglas Comunes, que comienza: "Tendrán horror a las máximas del mundo y abrazarán las de Jesucristo". Vicente argumenta que las reglas han sido inspiradas por Dios. Como máximas del mundo, cita: la estima del bien, el honor y la gracia; la huida de la pobreza y la miseria y el aprecio de las cosas mundanas como la prosperidad, los honores y las alabanzas; la estima de las compañías; la búsqueda de la propia satisfacción en todas las cosas, incluso en la virtud, por lo que, si se hace algo bien, se quiere que se conozca. Vicente afirma que una acción buena en sí misma se vuelve mala cuando no se busca la complacencia de Dios sino la propia. Destaca el servicio a los pobres como fin principal de la Compañía y añade que por eso las Hijas deben tener más virtud que las religiosas. Otra máxima del mundo es la burla y otra es inducir a engaño, trampear y ocultar lo que se piensa para sorprender a los demás. Vicente dice que nunca hay que burlarse de las hermanas que se portan como es debido y que hay que contar a los superiores las propias disposiciones interiores cuando lo pidan e incluso antes, sobre todo si estas nos apenan. También se aprecia mucho en el mundo la gracia, el ingenio, saber hablar bien y replicar a propósito. Vicente dice que deben tener horror de todo lo que se acerque por poco que sea a las máximas del mundo, combatir cualquier inclinación hacia ellas y evitar el trato con las personas mundanas. No hay que alabar nunca las gracias naturales en una persona que se ha entregado a Dios, ni censurar a las que no tienen tantas. No hay que hablar de si una persona escribe o canta bien, que son cosas indiferentes, sino de su virtud y fidelidad a las reglas. Lo que hay que estimar en una hermana es que ama la pobreza, escoge lo peor para ella y guarda lo mejor para el prójimo y no quiere hacer nada en contra de las órdenes de sus superiores. Otra máxima del mundo es que para ser algo hay que hacerse valer. Para imitar a Nuestro Señor hay que huir como de la peste de todo lo que podría darnos gloria u honor. Como máximas de Jesucristo, Vicente enumera las bienaventuranzas. La regla continúa: "abrazarán las de Jesucristo; entre otras las que recomiendan la mortificación, tanto exterior como interior, el desprecio de uno mismo y de las cosas de la tierra, escogiendo más bien los empleos bajos y viles que los honorables y agradables, cogiendo siempre el último lugar y guardando el mejor para el prójimo". Vicente explica que Nuestro Señor nos enseñó la mortificación interior, sufriendo en su alma que los hombres cometiesen tantos pecados contra su Padre, y exterior, soportando grandes tormentos por todo su cuerpo. La exterior consiste también en no mirar las cosas bellas; en ir con la vista baja. Hay que mortificar los ojos y los oídos, que se complacen en oír canciones, músicas, alabanzas, noticias y el canto de las aves. Hay que preferir las comidas groseras a las que están bien sazonadas. Hay que sentir horror de tocarse las manos mutuamente y de dejarse tocar por los hombres. La mortificación interior, se refiere a las facultades del alma. Hay que mortificar el entendimiento que quiere saber todas las cosas curiosas, que no son necesarias. No hay que saber tanto porque, como dice san Pablo, la ciencia envanece y solo la caridad edifica. No hay que dejar que la memoria se recree en los placeres que se sintieron en la familia de procedencia ni fijarse ya en las cosas que se dejaron. Hay que pedirle a menudo a Dios que nos conceda el desprecio de nosotros mismos, de modo que nos guste ser tenidos por pobres y miserables, que amemos todo lo que nos lleve a ese desprecio y que cojamos siempre lo peor, si se nos permite escoger: la ropa peor, la toca peor, la camisa más basta, o sea, que corramos a lo que sea más vil y que deseemos que nos ocurra, pues ésta es la máxima de Nuestro Señor, que siempre ha despreciado las cosas de la tierra.