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29 de febrero de 1658

Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad al que asisten Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, el P. Antonio Portail y las tres hermanas oficialas, después de que Vicente haya aclarado que de ordinario basta con ellas y no hace falta convocar a las antecesoras inmediatas de estas ni a las hermanas antiguas salvo para casos extraordinarios o si el superior general lo considerara necesario. Lo primero que se hace, sin pedirle permiso a Vicente, es exponer que, al haberle preservado Dios de resultar lesionado al volcar su carroza, toda la Compañía se ha dado cuenta de que no ha usado bien de las gracias que Dios le ha dado por medio de él. Vicente contesta que es un gran pecador, que lo único que hace es estropearlo todo y añade que si ha habido algún defecto en la Compañía es por su causa. El primer asunto que se trata es si se debe darle el hábito o despedir a una muchacha que ha venido de Troyes recomendada por una buena religiosa. Las razones para despedirla son que, desde su llegada, ha demostrado tener mucha ligereza de espíritu, una gran curiosidad por enterarse de todas las cosas, poca disposición a la sumisión, más bien obstinación y otras muchas pequeñas costumbres contrarias a las máximas de la Compañía. A favor de darle el hábito está que tiene cierta instrucción, no se nota ninguna costumbre peligrosa, tiene mucha sencillez y quizás tras muchas advertencias podría formarse. Vicente advierte la necesidad que hay de recibir en la Compañía solo a las personas que tengan vocación. A veces, las mismas aflicciones y el cansancio del mundo dan ganas de dejarlo y, si se añaden las debidas disposiciones, es una buena señal de verdadera vocación. Otras son llamadas de una forma más pura, atendiendo solo al deseo de servir a Dios y para salvarse. Pero cuando es solo por el interés y buscan solo su seguridad, es muy difícil que resulte bien. Salvo la primera hermana que interviene y opina que, por ser aún muy joven, quizás podría corregirse aunque no se atreve a decir si se la debe retener por más tiempo, todos coinciden en que se la debe despedir. Una hermana dice que está muy lejos de las disposiciones de espíritu que deben tener las Hijas de la Caridad; otra, que no se preocupa de nada de lo que se le dice ni deja de hacer lo que quiere; Luisa cree que no está llamada a la Compañía y que no parece tener capacidad de razonamiento suficiente para desprenderse de sus hábitos e inclinaciones. Vicente dice que no se observa en ella ninguna vocación y que un espíritu ligero carece de firmeza en sus resoluciones, que son siempre vacilantes, por lo que no puede haber seguridad alguna. Luego pasa a tratarse el caso de una joven de Montmirail, que ha venido tan pequeña y con un espíritu tan infantil que se ha creído conveniente no darle el hábito. Además, no se le ve vocación y se ha sabido que ha venido obligada por su padre, que es viudo. Vicente pide el parecer de los presentes y la primera hermana dice que le parece que es verdad lo que ha dicho Luisa. Entonces esta le hace notar que lo que se espera de ella es que diga su parecer y, dirigiéndose a Vicente, manifiesta que a veces las hermanas, en lugar de decir su opinión, se inclinan ante la de los superiores. Vicente aclara que deben dar sus opiniones sobre los temas propuestos con libertad ya que, si no, se dejaría de ser un consejo de personas que se reúnen en nombre de Nuestro Señor y añade que Dios les da su gracia a los consejeros para que ayuden a gobernar a la comunidad, por lo que están obligadas a decir con toda sencillez su opinión, aunque no siempre se siga por razones que podrán darse o que no será conveniente decir. El resumen que se conserva del Consejo, debido a la propia Luisa de Marillac, concluye aquí.