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28 de abril de 1856

Sor Catalina Labouré escribe al P. Juan María Aladel sus visiones del corazón de san Vicente en 1830, mientras se encontraba con otras hermanas en la capilla de San Lázaro, en los días de la novena que siguió al traslado solemne de las reliquias del santo: "Cada vez que volvía de San Lázaro lo hacía con mucha pena. Me parecía que encontraba en la Comunidad a san Vicente o al menos su corazón... Tenía el suave consuelo de verlo encima de la pequeña urna en la que las reliquias de san Vicente estaban expuestas... Se me apareció tres veces distintas, tres días seguidos: blanco, color de carne que anunciaba la paz, la calma, la inocencia y la unión: y después lo he visto rojo fuego, lo que debe encender la caridad en los corazones: me parecía que toda la Comunidad debía renovarse y extenderse hasta los confines del mundo; y después lo he visto rojo negro, lo que me ponía la tristeza en el corazón. Me venían entonces tristezas que me costaba superar, no sabía por qué ni cómo... esta tristeza se refería al cambio de gobierno. Sin embargo no he podido evitarme hablar de ello a mi confesor que me ha calmado lo más posible apartándome de todos estos pensamientos". Cinco años después, siguiendo las instrucciones de Catalina Labouré, el pintor Lecerf evocará este recuerdo en un cuadro que se conserva en el Seminario de la Casa Madre y reproduce exactamente la capilla de la época.