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25 de junio de 1656

Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad que se celebra este Domingo por orden de Vicente de Paúl, con asistencia de Luisa de Marillac y las tres oficialas. Vicente ha convocado también a los padres Antonio Portail y Renato Alméras para realzar la importancia de la asamblea. La reunión es para tratar de las bendiciones que Dios hace a la Compañía y el deseo de que esta no se haga indigna de que continúen. Vicente dice que todas las cosas que contribuyen a la perdición de los hombres se reducen a tres capitales: la concupiscencia de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida. Esta última se ve en los hábitos del mundo, los lujos y todo el resto, pero las hermanas han dejado todo para entregarse a Dios. La concupiscencia de la carne comprende todas las satisfacciones y placeres ilícitos que se tienen y es de esperar que las hermanas no sean de ese tipo de gentes, pues han elegido una Compañía en la que no solo no se tienen placeres contrarios a los mandamientos de Dios sino que incluso se privan voluntariamente de los permitidos; en lo que a la bebida y comida se refiere, llevan una vida frugal; del matrimonio es un crimen hablar solamente entre las hermanas y no deben hacerlo nunca. La codicia de los ojos no es otra cosa que el deseo de tener riquezas, de estar bien acomodado, bien alojado, etc. Vicente dice que le parece que hay dos cosas importantes para conservar el espíritu y el buen orden de la Compañía, guardarse de los bienes temporales superfluos y mantener la pureza. Respecto a esta última, alude a varios artículos de las reglas que se orientan a ello, como la recomendación de la modestia y el no dejar entrar a nadie, especialmente hombres, en la habitación. Vicente se interesa por otros medios como el invento de una puerta que se usa en algunas parroquias. El P. Portail explica que consiste en una puerta partida en dos, lo que permite abrir la parte superior sin abrir la inferior. Vicente pregunta a las hermanas y estas contestan que tienen algunas dificultades en guardar la regla porque parece faltar al respeto debido a los sacerdotes tenerlos en la puerta y que, cuando el confesor ha entrado, no queda bien hacerle salir a la entrada para hablar. También mencionan que cuando el médico viene a hacer las recetas tiene que entrar en la habitación de las enfermas y que, como se entra fácilmente en la Casa de la superiora, no queda bien hacer en las parroquias lo que no se hace en la Casa. Vicente dice que estas dificultades no le parecen importantes: en lo que se refiere al confesor, se le puede hablar en la iglesia y se puede poner un timbre en las habitaciones de las hermanas para que bajen a hablar con él en lugar de que suba a las habitaciones. En lo que se refiere a la Casa de la superiora, dice que es un caso distinto del de las parroquias, en las que normalmente hay solo dos hermanas, y que las personas que tienen que relacionarse con Luisa de Marillac son numerosas por los muchos asuntos de caridad que atiende, lo que no debe usarse como pretexto para dejar de cumplir la regla.