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25 de abril de 1830

Tiene lugar en París el traslado solemne de las reliquias de san Vicente de Paúl. La urna de plata que contiene los restos ha sido llevada en la tarde anterior del arzobispado a la catedral de Notre-Dame, que por orden del rey ha sido engalanada para la ocasión. A las tres de la tarde de hoy el cortejo sale de Notre-Dame. Numerosas asociaciones de hombres, numerosos hermanos de las Escuelas Cristianas, los seminarios de San Sulpicio, de Issy, de San Nicolás, del Espíritu Santo y de los Irlandeses, los sacerdotes diocesanos, ochocientas Hijas de la Caridad con cincuenta huérfanas preceden la urna que, rodeada por Sacerdotes de la Misión es llevada por diez hombres. Tras ella avanzan doscientas hijas de la Caridad con cincuenta huérfanos, los canónigos, los capellanes del rey, diecisiete obispos y el arzobispo. Cuatro compañías de granaderos y otras cuatro de tiradores marchan junto al clero y un pelotón de gendarmes cierra el cortejo. La procesión, entre cánticos y con músicas militares, discurre por el Petit-Pont, la calles Taranne y del Dragón y el cruce de la Cruz Roja, hasta llegar a la calle Sèvres. En la capilla de la Casa Madre, en la que solo pueden entrar, con arreglo al ceremonial, las Hijas de la Caridad, los párrocos, el capítulo de la catedral y los obispos, la urna es instalada sobre un estrado en medio del coro. El Arzobispo de París, Mons. Jacinto Luis de Quélen, en su alocución declara que le hace entrega con alegría del precioso depósito al superior general de la Congregación de la Misión, P. Domingo Salhorgne. Tras la contestación de este último, son las seis de la tarde, por lo que se suspende el panegírico que debía pronunciar el obispo titular de Carysto y canónigo de San Denis, Mons. Pedro María Cottret. La jornada termina con la bendición pontificia. En tiempos de menor agitación política y si la prensa no hubiera alentado la animosidad contra el rey Carlos X y, en cierta manera, indispuesto contra una manifestación religiosa autorizada por el gobierno, la multitud de curiosos seguramente habría cambiado el respeto y la frialdad con que han contemplado el paso del cortejo por entusiasmo.