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22 de agosto de 1655

Conferencia de Vicente de Paúl a los misioneros paúles sobre las cinco virtudes fundamentales, en la que trata sobre el artículo 14, capitulo II, de las Reglas Comunes, que dice: "Si bien debemos hacer todo lo posible para guardar todas estas máximas evangélicas, como muy santas y útiles, y puesto que las hay entre ellas que nos son más propias que las otras, a saber las que recomiendan especialmente la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas, la Congregación se aplicará a estas de una manera más particular, de modo que estas cinco virtudes sean como las facultades del alma de toda la Congregación y que las acciones de cada uno de nosotros estén siempre animadas por ellas". Vicente, para ceñirse al método que siguen en las predicaciones, divide la conferencia en tres puntos: motivos de darnos a Dios para renovar en nosotros el afecto a la práctica de las máximas evangélicas; cuáles son las reglas y máximas más propias de nuestra vocación; los medios. Vicente da como motivos: primero, que el autor de las máximas es Nuestro Señor Jesucristo, que vino a la tierra para anunciar la voluntad del Padre y enseñarnos lo que había que hacer para serles más agradables; segundo, Nuestro Señor observó las máximas; tercero, la santidad y utilidad de las máximas. Vicente dice que la santidad consiste en "retraerse y alejarse de las cosas de la tierra y al mismo tiempo en una afección a Dios y una unión a la divina voluntad" y las máximas tienen por fin desprendernos de "los bienes, placeres, honores, sensualidades y propias satisfacciones", por lo que nos llevan a la santidad. El que práctica las máximas se libra de la pasión de tener bienes, placeres y libertad, entendida como la propia voluntad, y alcanza la perfecta libertad de los hijos de Dios. Vicente resume así las tres máximas evangélicas más conformes con el estado de los misioneros: "la primera es la sencillez, que se dirige a Dios; la segunda, la humildad que se dirige a nuestra sumisión; por ella que somos un holocausto para Dios, al que debemos todo honor y en presencia del cual debemos anularnos y hacer que tome posesión de nosotros; la tercera es la mansedumbre, para soportar a nuestro prójimo en sus defectos". Vicente dice que la mortificación es el medio para tener las tres virtudes anteriores y que sin ella no sería posible vivir en comunidad y soportar los sufrimientos que nos producen los demás. El celo consiste en "un puro deseo de ser agradable a Dios y útil al prójimo. Celo para extender el imperio de Dios, celo para procurar la salvación del prójimo ¿Hay algo más perfecto en el mundo? Si el amor de Dios es un fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo". Dice que el celo es necesario para mortificarse porque nos hace pasar por encima de toda clase de dificultades. Vicente invita a los misioneros a examinar si tienen estas cinco virtudes y a pedir a Dios para ser sencillos, humildes, mansos, mortificados y celosos para la gloria de Dios y termina proponiendo dedicar la oración matinal del día siguiente a ello.