En nuestros días —tanto como en 1833—, jóvenes y ancianos enriquecen mutuamente sus vidas: los jóvenes aportan su entusiasmo y su asombro ante todas aquellas cosas que para ellos resultan novedosas; los ancianos, por su parte, ofrecen la perspectiva y la serenidad de saber que todo saldrá bien.












