Lo que ocurrió en Ceuta a finales de julio duró apenas unas horas en su momento más dramático. Sus consecuencias, sin embargo, se han prolongado durante semanas.
Los días 30 y 31 de julio, decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos hasta Ceuta, la ciudad autónoma española situada en la costa norte de África. Algunas atravesaron la frontera terrestre; otras se lanzaron al mar y nadaron alrededor de los espigones que separan el territorio marroquí del español. El movimiento fue de tal magnitud que el número de personas que entró durante aquellos dos días se aproximó al conjunto de la población residente en Ceuta.
Seis semanas después, las escenas son distintas, pero la emergencia no ha desaparecido. Ya no hay grandes multitudes atravesando la frontera como en el momento culminante de la crisis, pero miles de migrantes continúan en Ceuta. Se han multiplicado los espacios de acogida temporal, policías y funcionarios de asilo tramitan cada caso individualmente y el Gobierno sigue intentando sacar a personas de campamentos improvisados y de las calles.
Entre quienes acudieron a ayudar se encuentran seis Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Su presencia comenzó discretamente durante la primera mitad de agosto y se ha mantenido integrada en una red mucho más amplia formada por administraciones públicas, Cruz Roja, organizaciones eclesiales y personas voluntarias. Su aportación es pequeña si se mide frente a las dimensiones de la crisis. Es deliberadamente personal si se mide desde las vidas atrapadas en ella.

Refugios improvisados utilizados por migrantes en la playa de Benítez, en Ceuta (España), el 2 de septiembre de 2026, varias semanas después de la llegada masiva desde el vecino Marruecos.
Foto: Xemenendura / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Una frontera europea en África
Para un lector internacional, la geografía de Ceuta es fundamental para comprender lo sucedido. La ciudad pertenece a España, pero se encuentra en la costa septentrional africana, frente al estrecho de Gibraltar y fronteriza con Marruecos. Es, por tanto, al mismo tiempo una frontera española y una de las fronteras terrestres exteriores de la Unión Europea con África.
La presión migratoria en torno a Ceuta no es nueva. Desde hace años hay personas que intentan entrar a través de las vallas fronterizas o nadando alrededor de los espigones del Tarajal y Benzú. Lo ocurrido a finales de julio de 2026 tuvo, sin embargo, una dimensión completamente distinta.
La presión ya había ido aumentando durante julio. El 8 de julio, el Tribunal Supremo español confirmó que el procedimiento especial conocido como «rechazo en frontera», habitualmente denominado «devolución en caliente», no podía aplicarse a los migrantes interceptados en el mar mientras intentaban alcanzar a nado Ceuta o Melilla. Estas personas sí podían ser devueltas, pero mediante el procedimiento ordinario establecido por la legislación de extranjería.
Esa distinción no tardó en difuminarse en los mensajes que circulaban por las redes sociales. La documentación de los servicios de inteligencia españoles hecha pública posteriormente indica que redes y grupos digitales presentaron de forma engañosa aquella sentencia y alentaron la idea de que alcanzar aguas españolas garantizaba, en la práctica, la entrada. Las convocatorias para intentar cruzar se intensificaron en los días anteriores al 30 de julio, Fiesta del Trono en Marruecos.
Los documentos desclasificados han mostrado posteriormente que el Centro Nacional de Inteligencia español, el CNI, estaba siguiendo esta actividad y emitió advertencias antes de la entrada masiva. La documentación también ha suscitado interrogantes sobre la limitada reacción inicial de las fuerzas de seguridad marroquíes. Las razones exactas por las que la presión fronteriza llegó a alcanzar unas proporciones tan extraordinarias siguen siendo objeto de disputa política y de investigaciones judiciales.
El Gobierno español afirma que no ha encontrado pruebas de que Marruecos organizara deliberadamente aquel movimiento masivo. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, ha responsabilizado públicamente a Marruecos. Son interpretaciones notablemente diferentes y la investigación de lo sucedido antes y durante el 30 de julio continúa abierta.
Una entrada extraordinaria y mortal
En el momento de máxima intensidad, las personas llegaron a pie, a través de la zona fronteriza y por el mar. La ministra de Defensa, Margarita Robles, explicó posteriormente en el Parlamento que en determinado momento el ritmo fue de aproximadamente 5.200 personas por hora y que entre 45.000 y 55.000 se encontraban ya dentro de Ceuta al caer la tarde del 30 de julio.
El Ministerio del Interior fijó posteriormente en 72.000 su estimación oficial del número de personas que entraron durante la llegada masiva, aunque instituciones españolas y europeas han manejado también estimaciones de alrededor de 80.000. La magnitud y el desorden del movimiento hicieron extraordinariamente difícil realizar un recuento exacto, y las cifras posteriores sobre cuántas personas habían entrado, salido o seguían en la ciudad fueron cambiando repetidamente.
El coste humano fue aún más difícil de asumir. Hubo personas que se ahogaron al intentar alcanzar Ceuta a nado y otras que murieron en situaciones de presión y aplastamiento en los puntos de paso. La organización de seguimiento migratorio Caminando Fronteras documentó 141 fallecimientos entre el lado español y el marroquí. Organizaciones marroquíes de derechos humanos llegaron posteriormente al mismo balance global, y el propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, utilizó en septiembre la cifra de 141 fallecidos.
Familias de ambos lados de la frontera han seguido buscando a parientes desaparecidos durante aquellas horas.
El retorno masivo no puso fin a la crisis
La situación cambió casi con la misma rapidez con que había comenzado. Ya en la tarde del 30 de julio y durante los días siguientes, un número muy elevado de personas empezó a regresar voluntariamente a Marruecos.
Las autoridades españolas calcularon inicialmente que alrededor de nueve de cada diez personas que habían cruzado habían regresado durante los primeros días. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, declaró el 4 de agosto que aproximadamente 70.000 de las 72.000 personas estimadas habían vuelto.
Sin embargo, aquellas primeras cifras no desembocaron en la rápida recuperación de la normalidad que parecían anunciar. Miles de personas seguían apareciendo por distintos lugares de Ceuta, mientras continuaban los procesos de identificación y nuevos movimientos complicaban los recuentos. El propio Gobierno español acabó reconociendo que ni la Administración central ni el Ejecutivo ceutí podían determinar con precisión cuántos migrantes permanecían todavía en la ciudad.
Lo que sí quedó claro es que la población restante era lo suficientemente numerosa como para desbordar la capacidad ordinaria de acogida. Hombres y mujeres dormían bajo árboles, sobre cartones, en zonas industriales y junto a las playas. Una de las concentraciones más visibles apareció en la playa del Trampolín, donde fueron surgiendo refugios improvisados y las organizaciones humanitarias comenzaron a repartir comida y agua y a ofrecer asistencia sanitaria.
El 20 de agosto, las autoridades trasladaron desde aquella playa a unas 1.700 personas hacia espacios temporales. Pocas horas después, alrededor de 500 habían regresado a la zona, lo que ponía de manifiesto una de las dificultades principales de la respuesta: la acogida no consistía simplemente en encontrar camas, sino también en diferenciar situaciones jurídicas, registrar a las personas, tramitar solicitudes de asilo y responder de manera distinta a familias, adultos que viajaban solos y menores.
Durante septiembre, el Gobierno aceleró considerablemente la ampliación de plazas. De las apenas varios cientos existentes antes de la crisis se pasó a miles de plazas temporales, con el objetivo de alcanzar aproximadamente 6.000. Solo el 13 de septiembre, 864 personas que dormían a la intemperie fueron trasladadas a unas nuevas instalaciones junto a Los Rosales, mientras en el puerto de Ceuta se preparaban grandes carpas destinadas a alojar a más de 1.000 personas adicionales.
Incluso entonces continuaban quedando personas en las calles y en los alrededores del Trampolín.
De una emergencia fronteriza a miles de casos individuales
La naturaleza de la crisis ha cambiado. La cuestión central ya no es el movimiento masivo de personas atravesando la frontera en un solo día. Ahora es la lenta tramitación de miles de seres humanos individualmente.
A mediados de septiembre, más de 5.000 personas habían solicitado protección internacional. Policías y especialistas en asilo habían realizado más de 1.800 procedimientos de triaje y alrededor de 90 funcionarios trabajaban en tareas de identificación, evaluación de vulnerabilidad y tramitación de solicitudes.
El procedimiento es importante porque jurídicamente no se puede tratar a estas personas como un grupo indiferenciado. El triaje incluye reconocimiento médico, evaluación de posibles situaciones de vulnerabilidad, identificación y registro biométrico. Las autoridades deben determinar si una persona es menor de edad, posible víctima de trata, alguien que requiere protección especial, solicitante de asilo o un adulto susceptible de ser devuelto.
El número de niños y adolescentes ha resultado especialmente difícil de establecer. A comienzos de septiembre, el Gobierno español informaba de que más de 2.000 menores estaban siendo atendidos en 15 recursos diferentes. Sus casos requieren procedimientos específicos de protección de la infancia y se ha señalado como prioridad la reagrupación familiar siempre que sea posible y compatible con el interés superior del menor.
Mientras tanto, los retornos han continuado. El 13 de septiembre, el Gobierno comunicó que más de 5.300 migrantes adicionales habían regresado voluntariamente a Marruecos desde el 10 de agosto, mientras alrededor de 300 personas habían sido expulsadas tras los correspondientes procedimientos administrativos. Estas cifras son posteriores al enorme retorno espontáneo que se produjo inmediatamente después del 30 de julio y no deben interpretarse como una simple resta respecto a la estimación inicial de 72.000 entradas, porque los propios datos iniciales de entradas y salidas eran aproximados.
Ceuta bajo una presión prolongada
Las consecuencias han ido mucho más allá de la administración migratoria. Los servicios sanitarios, los centros educativos, la policía, los servicios sociales, los comercios y los barrios de Ceuta se han visto afectados.
Continúa activo un dispositivo sanitario especial. El 13 de septiembre, los servicios de salud contabilizaron 291 atenciones a población migrante en un solo día y 13 personas permanecían hospitalizadas. Las autoridades también han tenido que intervenir ante peleas y episodios violentos en algunos de los asentamientos improvisados, mientras que los propios migrantes han sido víctimas asimismo de robos y agresiones.
Al mismo tiempo, la crisis ha generado miedo, cansancio y tensión política entre los habitantes de la ciudad. Ceuta se ha caracterizado durante mucho tiempo por la convivencia de comunidades cristianas, musulmanas, judías e hindúes, y numerosos vecinos y organizaciones locales respondieron a la emergencia aportando alimentos, ropa y trabajo voluntario. Sin embargo, la permanencia durante semanas de miles de personas en circunstancias precarias ha sometido ese tejido social a una presión considerable.
El Gobierno central declaró el 25 de agosto la situación de interés para la Seguridad Nacional, estableciendo una estructura reforzada para coordinar los recursos del Estado. El 1 de septiembre, Madrid anunció un paquete de 309 millones de euros para Ceuta destinado a seguridad, recursos de acogida, servicios y apoyo económico.
La Unión Europea añadió el 9 de septiembre otros 114,7 millones de euros en financiación de emergencia. Los fondos están destinados a ampliar la capacidad de acogida, reforzar la vigilancia fronteriza y las infraestructuras y financiar retornos, mientras Frontex, Europol y la Agencia de Asilo de la Unión Europea han movilizado también su apoyo a las autoridades españolas.
La respuesta, por tanto, ha ido mucho más allá de la emergencia inicial en la frontera. Lo que comenzó como un movimiento extraordinario de personas se ha convertido en una prueba para el sistema de asilo, la protección de menores, la gestión europea de las fronteras, las relaciones entre España y Marruecos y la capacidad de Ceuta para soportar una alteración prolongada de su vida cotidiana.
Seis Hijas de la Caridad responden a la llamada
Las Hijas de la Caridad ya habían hablado públicamente de la tragedia humana de Ceuta antes de enviar hermanas hasta allí. El 3 de agosto, su Provincia de España Este difundió un llamamiento en el que insistían en que las personas que llegaban a la frontera debían ser vistas, ante todo, como personas con un nombre, una historia y una dignidad inviolable.
La respuesta práctica llegó poco después.
Cinco Hijas de la Caridad llegaron a Ceuta durante la primera mitad de agosto, quedando establecida la misión el 11 de agosto. Poco después se incorporó una sexta hermana. A comienzos de septiembre, la comunidad interprovincial estaba integrada por sor Mari Carmen, sor Clara, sor Araceli, sor Julia, sor Cristina y sor Vicenta.
La iniciativa reunió a hermanas de las distintas provincias españolas de la Compañía. Su modelo interprovincial e itinerante no nació específicamente para Ceuta. Las Hijas de la Caridad en España han ido desarrollando esta forma de presencia precisamente para poder desplazarse con rapidez hacia lugares donde aparece una nueva situación de pobreza o necesidad humanitaria, incluidas las rutas migratorias en Marruecos y otras zonas fronterizas.
No llegaron con la intención de crear un dispositivo asistencial paralelo. Sor Mari Carmen Sapiña explicó que su primera tarea consistió en comprender lo que estaba ocurriendo, conocer a las organizaciones que ya trabajaban sobre el terreno y ponerse a su disposición allí donde hicieran falta más manos.
Aquella decisión resultó importante. En una situación en la que miles de personas podían concentrarse rápidamente alrededor de cualquiera que repartiera alimentos o suministros, la ayuda humanitaria tenía que realizarse de forma organizada y coordinada, no improvisadamente.
Por la mañana en San Antonio; después, las calles y la playa
Una parte importante del trabajo de las hermanas se ha desarrollado en el centro de acogida San Antonio, perteneciente a la Red de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta y gestionado por los misioneros escalabrinianos con el apoyo de voluntarios.
En condiciones normales, San Antonio dispone de unas diez plazas para jóvenes. Durante la emergencia amplió su capacidad hasta aproximadamente medio centenar de personas, incluidas familias, y creó servicios adicionales destinados a quienes no podían alojarse en el centro.
Allí, las Hijas de la Caridad han colaborado acogiendo a quienes llegan, sirviendo desayunos, organizando el acceso a duchas, ayudando con el lavado de ropa y ofreciendo cuidados de enfermería. También han impartido clases de español y ayudado a mantener esa acogida personal y ordenada que resulta tan difícil cuando la demanda supera enormemente los recursos disponibles.
Es un trabajo deliberadamente cotidiano: una ducha limpia, ropa lavada, una herida curada, algo que comer, unas primeras palabras en un idioma que alguien empieza a comprender. En una crisis que públicamente se expresa mediante cifras de miles de personas, estos encuentros suceden de uno en uno.
Durante las primeras semanas, algunas hermanas pasaban las tardes trabajando con Cruz Roja en la playa del Trampolín. En el momento de mayor intensidad de aquella operación se distribuían allí cerca de 5.000 comidas al día. Con los chalecos de Cruz Roja, las hermanas se incorporaron al grupo de voluntarios que repartía alimentos, en lugar de organizar un dispositivo vicenciano separado.
Otras recorrían las calles, las playas y los asentamientos improvisados simplemente para encontrarse con las personas. Escuchaban a migrantes que desconocían si conseguirían entrar en un centro de acogida, si su solicitud de asilo tendría posibilidades de prosperar o si serían devueltos próximamente a Marruecos.
Y escuchaban también a los habitantes de Ceuta, preocupados y agotados por la situación.
Una pequeña comunidad sostenida por otras comunidades
Incluso el alojamiento de las hermanas terminó convirtiéndose en un ejemplo de colaboración. En un primer momento, un vecino de Ceuta les proporcionó un lugar donde quedarse. Posteriormente, las Misioneras de la Inmaculada Concepción pusieron a disposición de las Hijas de la Caridad unos pisos, permitiendo que la misión pudiera continuar sobre una base más estable.
Dos miembros del equipo general de esa congregación, Mercè Montells y Lucía Medina, viajaron a Ceuta el 16 de agosto y permanecieron allí más de una semana compartiendo la misión. Acompañaron a las Hijas de la Caridad en San Antonio y conocieron las largas filas de personas que esperaban comida, una ducha o atención sanitaria.
La colaboración transformó una necesidad práctica de alojamiento en una respuesta intercongregacional. También reflejó el patrón general de la emergencia: ninguna organización, comunidad religiosa o institución pública ha tenido capacidad para afrontarla por sí sola.

Grupo de Hijas de la Caridad y Misioneras de la Inmaculada Concepción, en Ceuta. Fuente: https://misionerasinmaculadaconcepcion.org/
«Una gota de alivio»
Las seis hermanas no pretenden que su presencia pueda resolver la crisis. Su propia forma de expresarlo ha sido mucho más modesta.
Sor Mari Carmen describió su tarea como ofrecer a cada persona con la que se encuentran «una gota de alivio». La expresión resume tanto los límites como el sentido de su misión. No pueden resolver solicitudes de asilo, crear miles de plazas de acogida, negociar con Marruecos ni decidir la política migratoria europea. Sí pueden contribuir a que la persona que espera todas esas decisiones no sea tratada simplemente como un número.
Para las Hijas de la Caridad, esa diferencia es profundamente vicenciana. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac configuraron una forma de servicio consagrado que enviaba a las mujeres hacia las personas necesitadas, no lejos de las calles donde se encontraba la pobreza. Las propias hermanas de Ceuta han recordado la tradicional imagen vicenciana de las calles de la ciudad convertidas en su claustro.
Su servicio es práctico y relacional al mismo tiempo. La comida tiene que repartirse realmente, las heridas deben curarse de verdad y la ropa ha de lavarse. Y, al mismo tiempo, la persona que recibe esa ayuda debe ser vista, escuchada y respetada.
De ahí que la pequeña dimensión de San Antonio tenga también un significado propio. Mientras las instituciones se ven obligadas a utilizar el lenguaje inevitable de las estadísticas —72.000 entradas, 6.000 plazas, miles de solicitudes de asilo, miles de retornos—, el centro de la Iglesia intenta conservar algo que las grandes emergencias borran con facilidad: los nombres.
Una crisis que ha entrado en una fase diferente
La Ceuta de mediados de septiembre no es la Ceuta del 30 de julio. La entrada masiva y descontrolada se ha detenido, la capacidad de acogida ha aumentado considerablemente, miles de personas han regresado a Marruecos y la maquinaria administrativa que hace seis semanas apenas existía en la escala necesaria se encuentra ahora en funcionamiento.
Sin embargo, la crisis no ha terminado. Miles de personas siguen atrapadas entre alojamientos temporales, procedimientos de asilo y posibles devoluciones. Las autoridades continúan habilitando espacios de acogida. Los habitantes de Ceuta siguen esperando recuperar la normalidad. Y las preguntas sobre los acontecimientos que condujeron a la entrada masiva siguen abiertas en investigaciones judiciales y políticas.
En ese contexto, seis Hijas de la Caridad siguen haciendo algo mucho más pequeño que gestionar una frontera y, desde otra perspectiva, igualmente fundamental. Acogen, lavan ropa, curan heridas, sirven comidas, enseñan algunas palabras de español y escuchan.
Con el tiempo, las estadísticas acabarán siendo más precisas. Las investigaciones judiciales podrán aclarar cómo fue posible que los extraordinarios acontecimientos del 30 de julio llegaran a producirse. Los gobiernos seguirán discutiendo sobre responsabilidades, seguridad y política migratoria.
Mientras tanto, las personas que están en Ceuta —las que llegaron y aquellas cuya ciudad las recibió— viven las consecuencias en tiempo real. Las Hijas de la Caridad han elegido vivir allí con ellas, en ese espacio entre una emergencia que ya ha desaparecido de muchos titulares y una crisis humana que todavía no ha terminado.









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