En la primera parte de esta historia conocimos Vicentinos Despertando Talentos, un proyecto puesto en marcha por la Sociedad de San Vicente de Paúl en Nacarôa, Mozambique, para acompañar a niños que viven en situaciones de vulnerabilidad. A través de la danza, las actividades culturales, la agricultura, el servicio y la formación vicenciana, el proyecto está ayudando a unos 45 niños a descubrir sus dones, ganar confianza y aprender que ellos también pueden servir a los demás. Todo esto está sucediendo con recursos muy limitados, pero con un fuerte sentido de comunidad y esperanza.*.
Regresamos a Nacarôa y a Vicentinos Despertando Talentos, el proyecto iniciado por la Sociedad de San Vicente de Paúl el 3 de marzo de 2026.
Algo ha cambiado desde aquella primera vez que vimos a los niños.
Esta vez están presentes sus padres y tutores.
Observan mientras los niños interpretan las danzas y coreografías que han estado aprendiendo. Para unas familias que afrontan dificultades económicas cada día, este momento no hace desaparecer sus problemas. Pero les permite contemplar a sus hijos e hijas de otra manera: no principalmente a través de los problemas que los rodean, sino a través de sus capacidades, disciplina, creatividad y potencial.
Los niños no están simplemente entreteniéndose. Algo está despertando en ellos.
Después de la actuación, todos se reúnen sobre el suelo de cemento para participar en la formación. Los niños se sientan juntos, pero esta vez sus padres se unen a ellos. Poco a poco, el proyecto se está convirtiendo en algo más que una actividad infantil. En torno a ellos comienza a tomar forma una pequeña comunidad.
Durante este encuentro, los niños y sus familias conocen a María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Aprenden sobre la Medalla, rezan juntos y los niños se acercan para recibir una bendición y una Medalla propia.
Es un sencillo momento de fe, pero también una señal de que las distintas dimensiones del proyecto comienzan a entrelazarse: talento, servicio, familia, formación vicenciana, oración y un creciente sentimiento de pertenencia a la Familia Vicenciana en sentido más amplio.
Entonces surge una cuestión muy práctica.
Los organizadores desearían que los niños tuviesen un uniforme sencillo para el proyecto: camisetas iguales que les proporcionasen un signo visible de identidad y unidad. Las familias quieren ayudar. Sin embargo, para muchas de ellas, incluso aportar una pequeña cantidad para una camiseta queda fuera de sus posibilidades actuales.
Este podría convertirse fácilmente en otro pequeño sueño aplazado por la pobreza.
En cambio, se convierte en otra lección.
Se invita a los padres y tutores a pensar juntos en actividades capaces de generar ingresos. El propio proyecto ya está explorando la agricultura, la producción de hortalizas, las actuaciones culturales y otras formas de alcanzar una mayor sostenibilidad económica. El objetivo no es añadir una carga más a unas familias que ya tienen muy poco, sino descubrir qué podría ser capaz de crear la comunidad trabajando unida.
Nadie pretende que sea fácil.
Sin embargo, los padres ya están percibiendo algo que valoran todavía más que un uniforme. Algunos explican que, antes de que comenzara el proyecto, veían a sus hijos salir de casa sin un propósito claro. Ahora los ven participando en actividades organizadas, aprendiendo, desarrollando sus talentos, sirviendo a los demás y formando parte de una comunidad.
Esa transformación resulta difícil de medir en términos económicos, pero es real.
Vienen a la mente las palabras del beato Federico Ozanam, escritas a su amigo Louis Janmot el 13 de noviembre de 1836:
«Vosotros sois para nosotros las imágenes sagradas de ese Dios a quien no vemos…»
Ozanam hablaba del encuentro con las personas pobres, un encuentro que transforma no solo a quienes reciben ayuda, sino también a quienes se acercan a ellas desde la amistad y el servicio.
Aquí parece estar sucediendo algo parecido.
Sin duda, estos niños están siendo acompañados. Pero ellos también se están convirtiendo en compañeros de otros. Visitan a los enfermos. Trabajan juntos. Cultivan hortalizas. Aprenden a servir. Sus padres se implican. Los vicencianos buscan maneras de sostener el proyecto. La fe se conecta con la vida cotidiana.
La distinción es importante.
Los niños de Vicentinos Despertando Talentos no están siendo formados simplemente para convertirse en receptores agradecidos de la generosidad de otros. Se les anima a reconocer que ellos mismos tienen algo que aportar.
Quizá esta sea una de las dimensiones más profundamente vicencianas de todo el proyecto.
Pero las dificultades materiales permanecen.
Las camisetas siguen haciendo falta. Los recursos son escasos. Las familias no pueden sencillamente producir un dinero que no tienen. El deseo de alcanzar una mayor sostenibilidad es real, pero también lo son los obstáculos que se interponen en el camino.
¿Qué sucede cuando una pequeña comunidad tiene una idea, una necesidad y una enorme determinación, pero casi nada de dinero?
En Nacarôa, los vicencianos comenzaron a mirar a su alrededor buscando algo que pudieran utilizar.
Encontraron bambú.
Y aquel descubrimiento acabaría llevándolos a un viaje mucho más largo de lo que nadie habría imaginado.
¿Puede el amor vicenciano crecer por encima de las dificultades?
La respuesta estaba a punto de implicar 31 kilómetros a pie, nueve horas de camino y 1.000 piezas de bambú.
Sor Ellen Marie Hagar, H.C.








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