Jesús es la compasión de Dios hecha carne. Nos toca, por lo tanto, a los cristianos ser compasivos y perdonar a los que nos ofenden.
Ya es generoso Pedro al sugerir que hasta siete veces hay que perdonar a un hermano que nos ofende. Mas Jesús va más allá de tal generosidad. Pues nos manda él perdonar hasta setenta y siete veces, es decir, siempre.
Se nos da a entender, pues, que el perdón está más allá de las tasas legalistas humanas. En otras palabras, hay que pensar, sentir y hacer al igual que Dios en cuanto a la cuestión de perdón: así como nos perdona nuestro Padre que está en el cielo, así también hemos de perdonar a los que nos ofenden. Loca ha de ser nuestra compasión, una gracia que no impone condiciones ni se le niega al que la rechaza.
Y no perdonar a los que nos ofenden como Dios nos perdona quiere decir ruina propia, ser entregado a los verdugos. Es que no perdonar a los hermanos o hermanas es no tener compasión. Y no tener compasión es carecer de humanidad, es ser peor que las bestias (SV.ES XI:561). Es rehusar ser humano de forma plena, no llegar a la autorrealización.
No tener compasión quiere decir también ser cristiano en pintura no más. Y, por supuesto, un tal cristiano no puede vivir ni morir para Cristo.
Señor Jesús, danos un corazón nuevo y infúndenos un espíritu nuevo. Arranca de nuestra carne el corazón de piedra y danos un corazón de carne. Así, lograremos perdonar a los que nos ofenden. Y concédenos a los que celebramos tu Cena recordar la alianza del Altísimo y pasar por alto la ofensa.
13 Septiembre 2026
24º Domingo de T.O. (A)
Eclo 27, 30 – 28, 7; Rom 14, 7-9; Mt 18, 21-35








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